El Real Zaragoza, con el mercado sin estrenar, se cobija en la figura del buen entrenador para la salvación en una segunda vuelta que se inicia en el pobre Ibercaja Estadio ante el Sanse
Desde que Rubén Sellés tomó tierra en Zaragoza con el equipo dentro de un carruaje funerario, se detectaron en el fiambre latidos tímidos pero tangibles. La ciudad y la afición vestían de luto, pero el técnico, tacita a tacita y sin un gramo de azúcar, ha hecho que llueva café en el campo. Aunque el Real Zaragoza es penúltimo y todavía sigue inédito en un mercado que necesita como el comer, emite señales de fútbol bastante sólido como para luchar por la salvación, un objetivo que, sin embargo, no será sencillo por el terreno perdido en una primera vuelta de birria que deberá mejorar por mucho en la segunda que empieza esta tarde contra la Real Sociedad B (18.30). La victoria en Santander en la gran noche de Kodro, que confirmó las excelencias de Sellés como estratega y malabarista de la sensatez, hace que el encuentro ante el filial donostiarra adquiera esa tonalidad ambigua y peligrosa de la facilidad, estado injustificado de euforia que el entrenador ha apaciguado pidiendo la excelencia en este y cualquier partido de los que restan. Esa es la actitud correcta ante las bajas dosis de aptitud de una plantilla que respira todavía por los poros del valenciano.
La cruzada por la permanencia se ha asumido desde la mayoría de los frentes como una especie de fiesta de la morbosidad. Esto es lo que queda del Real Zaragoza antes de que fuera ingerido por el imperio del mal hace casi dos décadas. Para unos es una motivación; para otros, una injuria. Mientras tanto, el presente va decolorando el pasando y encontrando adictos a la droga del conformismo como bandera que agitar con orgullo. Por lo tanto la actualidad ordena y manda en la dictadura del tiempo, un ahora que de traducirse en tres puntos dejaría al conjunto aragonés muy cerca de la frontera de posiciones menos angustiosas, fuera, por el momento, del infierno de las últimas cuatro plazas. No será este fin de semana, pero hay que seguir recargando la batería psicológica en un Ibercaja Estadio que está siendo una pesadilla. Sólo dos triunfos, ante Mirandés y Leganés. Sólo 8 puntos de 30 posibles, una barrera que hay que romper sí o sí y lo antes posible con las gradas a tope de ilusionados y cada año más jóvenes hinchas. Porque el Real Zaragoza vive al día, jugando finales, intentando mejorar y competir desde su modestia. Es otro bien distinto desde el relevo en el banquillo. Suficiente en ocasiones, no tanto en encuentros convulsos.
La Real Sociedad B, un visitante juvenil y humilde en los desplazamientos que acude tras dos salidas que ha resuelto con un 0-3 en La Coruña y un 1-1 en León, se halla también en una situación delicada, por otra parte prevista y para la que están preparados. No, no es un chollo. Ion Ansotegi dirige un filial con la filosofía que corresponde a un grupo en formación que mira hacia delante con atrevimiento y riesgos. Jon Balda, Mikel Rodríguez, Tomás Carbonell, Ochieng y Gorka Carrera, este con siete goles, son futbolistas con considerables recursos y velocidad en la toma de decisiones, por lo general bastante verticales. El Real Zaragoza, que recupera a Valery después de la gripe que le impidió estar en El Sardinero, Tachi tras cumplir un partido de sanción y Akouokou y no puede contra con Radovanovic, Aguirregabiria y Paulino , apunta a una alineación calcada a la que ganó al Racing. La forma de afrontar la cita, sin embargo, no será idéntica, y en ese contexto de un mayor protagonismo en el hogar es donde se examina para desprenderse del fantasma de actuar como local. Sellés, sin refuerzos, se blinda en sí mismo. Posiblemente no haya mejor escudo protector por el momento.

