Ni a mala leche se puede hacer peor

Esta ciudad es tan pequeña que en cualquier momento coincides con amigos, conocidos, o personas con las que has compartido tu vida profesional en varias etapas de tu trayectoria. Desde antes de la pandemia no había tenido la oportunidad de darle un abrazo a Víctor Fernández aunque había mantenido alguna conversación a través de whatsapp. Nuestra relación desde 1992 siempre ha sido de respeto y cordialidad aunque no hayamos compartido nunca mesa y mantel en un restaurante, como tampoco con ningún entrenador, director deportivo o presidentes del club y cuando se ha producido, siempre he pagado yo. Ni el medio al que representaba, ni a mi empresa de comunicación; he querido hacerlo de manera personal, sabiendo que yo podía costear la comida pero que ellos podían comprar el restaurante donde habíamos quedado.

Yo estaba anoche junto a médicos, empresarios, sus mujeres y la mía, en una cena donde cada semana nos reunimos en diferentes restaurantes para hablar, meternos con el Gobierno y recordar viejos tiempos. Todos son mayores que yo, entre los ochenta y los noventa años, pero con una mente privilegiada. Me gusta aprender de los veteranos a los que ya no les importa decir lo que piensan y alimentan mi estoica forma de ser, a veces con cierta crueldad con los estultos, vanidosos y soberbios por su falta de autoestima.

Por eso el abrazo con Víctor fue sincero porque siempre he valorado su inteligencia y él también ha sabido de mi forma de proceder en mi trayectoria profesional. Solamente le he mirado a los ojos para entender su compromiso con el club con la llegada de Jawad El Yamiq y que siempre que pueda beneficiar al Real Zaragoza, lo hará. Sufre con la situación del club y se encuentra en condiciones para volver si fuera necesario o actuar desde fuera y de manera anónima. Solamente con unos segundos de mirarnos frente a frente.

Según mis contactos dentro del Real Zaragoza, todos ellos trabajadores y ninguno con un puesto importante en el club, la desorientación alcanza límites insospechados y que provocarían la sorpresa en los seguidores blanquillos de conocerse lo que ocurre dentro de la sociedad anónima deportiva. Parece que confían en la Liga de Fútbol Profesional al ser desde hace años el equipo de Segunda División que más audiencia consigue en la categoría. Dentro de la corrupción que existe en nuestro país todo es posible pero yo no confiaría en esa posibilidad de ser accionista. Eso sí, al Atlético de Madrid le convendría tener un filial en Segunda División aunque haya sido insignificante la ayuda o el interés del primer equipo o del B, entrenado por Fernando Torres del que se habló, en su día, de conseguir experiencia ocupando el banquillo del Real Zaragoza.

Todo es un totum revolutum en una sociedad que solamente está haciendo bien las cosas en lo concerniente a la construcción del nuevo estadio. Desde el Ayuntamiento me han comentado que los plazos se están cumpliendo y que el trabajo realizado no ha escatimado ni esfuerzos, ni aportación económica. La pregunta es para qué necesitan un campo de fútbol que jamás se llenaría aún manteniendo la categoría. ¿Son suficientes los conciertos, las posibles finales de Copa del Rey o el Mundial de 2030 para su rendimiento? Llegadas de la vuelta ciclista a España, certámenes de jota aragonesa, partidos de rugby, encuentros de la NBA, carreras de caballos… ¿Para eso se levanta un estadio?

Es imprescindible que la propiedad explique a los abonados, socios minoritarios y seguidores zaragocistas cuál es su proyecto. El deportivo parece que no, porque ni a mala leche se puede hacer peor.

 

 

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