Un mal resultado este sábado en Andorra no pondría sobre la mesa la destitución del entrenador, pero seguir sin victorias frente al Burgos abriría otro escenario
Se la juega el Real Zaragoza en Andorra este sábado, que es lo importante, con Rubén Sellés al frente, un buen entrenador aún en rodaje que ha mantenido a duras penas el leve aliento de un equipo malherido en lo estructural y en lo físico pero que, fruto todas esas inclemencias ajenas a su trabajo, no consigue sacar al conjunto aragonés de una dinámica de descenso. También ha sido víctima el técnico de la erosión dentro de una búsqueda de soluciones condicionadas por el aluvión de bajas y en algunos casos por decisiones personales discutibles o directamente equivocadas. En León, además, metió la pata en un terreno que gestiona con habilidad, el de las ruedas de prensa: abofeteó a la «tibia» afición desplazada por mucho que al día siguiente acaramelara el mensaje con la siempre socorrida interpretación de las palabras. No hubo nada táctico en el torpedo a la hinchada y en la petición de unión universal frente al severo pasaje bíblico que le espera al Real Zaragoza. La lectura de los partidos, por lo general correcta, empieza a quemarse en la hoguera de la competitividad sin la leña de los triunfos.
No se encuentra en la cima de la culpabilidad, aunque tampoco se le puede catalogar de inocente. En esa línea fronteriza, Sellés ha conseguido ganarse un buen número de fieles que propugnan recorrer el camino, sea cual sea, a su lado. Firme la salvación o en el libro de oro del infierno. Esa simpatía por el diablo en el peor de los casos se sostiene en su buena praxis después de las tres victorias consecutivas y tras el magnífico lección de estratega que ofreció en Santander. Los simpatizantes, a quienes no le faltan razón, entienden que el contexto en el que se está moviendo, incluido un mercado de invierno a lo pobre para las urgentes necesidades que azotan a la plantilla, es de una dificultad mayúscula y que su continuidad no debería cuestionarse bajo ningún concepto porque un cambio no resolvería nada. El desplazamiento a Andorra le va a proponer otro reto colosal porque la enfermería poco va devolverle para este partido que el Real Zaragoza debe ganar si no quiere acabar la jornada a una distancia abismal de la permanencia. En la peor previsión, podría descolgarse a 8 puntos de la salvación, con los rivales directos haciendo caja en los coeficientes particulares.
En el entrenador no saldrá destituido del Principado, pero su ser o no ser a nivel personal se representará en la visita del Burgos al Ibercaja Estadio. De seguir sin victorias frente al equipo de Ramis se abriría otro escenario bien diferente porque ya no sería una cuestión de gustos, de preferencias, de intuiciones ni circunstancias, sino de una ley que la escribe el fútbol y que transforman en sentencia las directivas pese a que sean las responsables del fracaso, como lo es en el Real Zaragoza de Jorge Mas. Nada garantiza que la contratación de un tercer técnico vaya a evitar la tragedia, pero tampoco la apuesta por Sellés. En esa ciénaga carnívora e inquietante, lo aconsejable es huir del inmovilismo y hallar, si es que existe, a un profesional que quizás disponga de algún tipo de resortes ahora mismo invisibles para todo el mundo. El entrenador valenciano va a disponer de dos oportunidades para seguir en pie en el cuadrilátero, un par de asaltos en los que tiene que sacar lo mejor de sí mismo para llevarse los combates siendo su equipo un peso mosca frente pesos pesados pese a que no lo parezcan en la báscula. Ahora bien, morir con él carece de todo sentido aun con la muerte en los talones. No hay poesía en esta letrina.

