La temporada desemboca en el descenso a Primera RFEF con 14 partidos pendientes y la suficiente información para asegurar que el técnico ha sido el único signo de decencia en un Real Zaragoza deshonroso en presente y en futuro
Uno, y disculpen que hable en primera persona aunque me traen al pario las opiniones al respecto, está muy vacunado. Una veces por decisión personal y otras seguramente por la obligación de evitar las consecuencias de todas las pandemias que se han cebado con esta profesión y este deporte, en concreto con el Real Zaragoza y el fútbol en el que ahora malvive. No son los años ni la experiencia, sino algo más profundo y simple: estudiar y nunca dejar de aprender incluso de los ignorantes. Ese filtro viene de fábrica y me ha ayudado a distinguir, no sin haber caído en el error en algunas ocasiones que para eso somos seres humanos como los árbitros, entre lo que más cerca está del bien y del mal. Porque el núcleo, la pureza de ambos, no existe. Aun así, sí puedo asegurar que lo sucedido esta temporada en este club, por acotar una crítica extensible a décadas, está relacionado con la concatenación de actores que han ido subiendo al escenario sin director alguno hasta hacerse con la obra y representarla desde la ordinariez de alguien que considera virtud su limitación.
La temporada desemboca en el descenso a Primera RFEF con 14 partidos pendientes y la suficiente información para asegurar que Emilio Larraz ha sido el único signo de dignidad en un Real Zaragoza deshonesto en presente y en futuro. La única verdad en el estiércol. Por eso duró tan poco en cartel, porque no encajaba en semejante representación nauseabunda y de egos liliputienses. El entrenador va a descender con el Deportivo Aragón, sin honores y despojado de la posibilidad de competir por el mal uso de los canteranos por parte del primer equipo, pero también con su aura silenciosa y a la vez atronadora de honestidad y sobre todo de verdad en el lupanar de la mentira que regenta Jorge Mas como madame de la gran farsa. Ahora toca rasgarse las vestiduras, silbar un rato en el Ibercaja Estadio como pájaros en jaula, exigir cabezas y urgentes cambios estructurales y humanos para recuperar la esencia del Real Zaragoza. Perdonen que les amargue todavía más, pero esa fragancia no volverá nunca. Porque la institución se rocía a sí misma con sus propios perfumes, elaborados para satisfacer los intereses de los propietarios, no para placer de la afición, desplazada a segundo plato.
Si no sería incomprensible la presencia en puestos de responsabilidad o adyacentes de Juan Forcén, Fernando López, Txema Indias, Mariano Aguilar, Gabi o el bueno de Rubén Sellés, cuya correcta lectura de la situación deportiva no le ha impedido acabar abrasado por un ecosistema carnívoro por analfabetismo. Emilio Larraz ha estado entre todos ellos y sin embargo nada tiene de coincidente. Nunca se sabrá si fue interino o si de ganar a la Cultural se habría quedado sentado en su gran y sincero sueño, a los mandos de un Real Zaragoza con los motores ardiendo en pleno vuelo incendiados por los jugadores y ni un paracaídas a bordo. Poco importa ya ese pasaje, traumático para el técnico no por que afectara a su prestigio sino por lo inoportuno de la gran oportunidad de su vida. Larraz se irá como se han ido marchando otros profesionales muy cualificados bien sea por destierro o agotamiento. Es duro mirar a tu alrededor y comprobaren lo que se ha transformado el Real Zaragoza, un vertedero que ahora quiere reciclarse con los desechos de los que se deshizo. De verdad, miro cada fin de semana los partidos y sólo sé que estuve en ese planeta hoy devastado porque distingo a Alberto Belsué de único y último jardinero fiel luchando contra la deforestación inevitable.

