Morrissey toca con el Real Zaragoza

El escenario es el guion de los actores. La interpretación que los humanos hacemos de la vida depende de nuestro entorno, más que de nuestra personalidad. Quizás porque somos lo que vemos, más que lo que hacemos. Así nos construimos, con las experiencias que vivimos, y que vamos adaptando a la herencia que recibimos. El contexto nos envuelve, y sólo necesitamos una espoleta para que la explosión social estalle. Puede ser un encuentro familiar, una celebración de cuatro amigos o un concierto con miles de personas. Es cuestión de calidad no de cantidad.

El pasado sábado coincidían en Zaragoza dos citas que jugaban contra la relatividad de su propia existencia. En la primera, nadie confiaba en ver cantar a Morrissey en su concierto, al lado de la vieja Romareda. La parroquia musical sabía que había comprado su entrada a una decepción, sin posibilidad de devolución, para una frustración anticipada.  Sólo había otro espectáculo que, en la misma tarde, cotizaba con una probabilidad menor, casi inferior a cero: la victoria del Real Zaragoza frente al Almería. Ganaron los nuestros y salió al escenario el artista británico. Esta conjunción astral, futbolística y musical, sólo podía producirse este mismo año en el que veremos en Aragón un eclipse solar total. El inicio del concierto se programó para coincidir con nuestra salida del campo modular. Si hubo algún ser humano que logró presenciar en directo ambos acontecimientos, por favor que se ponga en contacto con los investigadores del proyecto SETI que siguen buscando vida extraterrestre.

Se agotaron las entradas, aunque no los asientos, para imaginar que el sueño de la semana transformaba la ilusión en puntos. Estamos tan acostumbrados a confundir los deseos con la esperanza que ya no sabemos si buscamos ganas o son las ganas las que nos buscan a nosotros. Se dejaron ver los aficionados andaluces que enmudecieron con un final más inesperado para ellos que para nosotros. Bajamos del tranvía con la emoción contenida por si era posible que volviéramos a ver ganar como local a nuestro equipo, tras tanta sequía en un solar que nos dijeron que era nuestra casa. La normalidad de Cádiz se mantuvo y vimos una alineación que, con permiso de sanciones o lesiones, al fin nos vamos a poder aprender de carrerilla. Un planteamiento lógico, una intensidad a tono con el rival, orden y capacidad de mantener la posición para avanzar e iniciativa para ganar sin tener que retroceder si vas ganando. Hacer sencillo lo complicado sigue siendo la principal virtud de Navarro. El entrenador dirige los partidos en vaqueros pero piensa de etiqueta. Aunque al sentarse en la rueda de prensa, habla con jeans aunque piense con frac. La adrenalina no es una excusa sino un neurotransmisor que conviene domar para que nos derribe del potro de la sabiduría. Sus disculpas, tras venirse arriba por la victoria, le devuelven al reino de la mortalidad. Pero si nos preguntan a los aficionados, preferimos un David salvaje con el León, antes que un Sellés domesticado por la propiedad. En la rueda de prensa, David juega con sus pulgares como un niño con equipo nuevo. Sus manos salen de la mesa y no de sus brazos. Lo que nos hace sospechar que su magia tiene mucho que ver con el ánimo de este equipo. Si los blanquiazules se habían vuelto tan catatónicos como su anterior entrenador, ahora han asumido la calidez de Navarro y su sensatez, inocente por fuera pero responsable por dentro y siempre amable. Incluso cuando debe corregir y pegar un grito, que es siempre una advertencia de ayuda y no una amenaza de castigo. Seguro que le felicitan sus pupilos, pasado mañana, porque es el día del entrenador padre.

El Real Zaragoza sigue buceando, desde el fondo, en busca de oxígeno. Se acerca a la superficie y todavía está a un punto de diferencia del Huesca que aparece como primer equipo ahogado en el fútbol profesional. Acaban de despedir a su entrenador, en busca de una reacción similar a la que ha obrado David contra el Goliat de la propiedad. La verdad es que a Jon Pérez “Bolo” se le había quedado cara de Dani Rovira, sin saber qué apellidos colocar en la alineación de los oscenses. Han repetido el mismo modelo, dos en uno, que ha seguido nuestro club. El director deportivo, Martín González, se une al cese del míster. En todo caso, el rival a batir es el Leganés que marca la línea de flotación.

La cocción del encuentro mantuvo una tensión que iba subiendo los bares de presión en la misma medida que los VARES de la decisión incrementaban los decibelios de la afición. Los silbidos de revisión de la válvula de seguridad dieron siempre la razón al fútbol de los nuestros, frente a la arbitrariedad de un colegiado que padecía cierta tendencia a la venganza tras su último encontronazo con nuestro míster. Así transcurrió el partido hasta el gol de Rober. Fue en ese momento en el que podríamos analizar la anatomía de un instante zaragocista. Después de meses de sufrimiento y desidia. Tras muchos minutos 32 de protestas, como el que se vivió también el sábado, en el que sabemos diferenciar unos dueños irresponsables e indeseables frente a un León de nuestra única y exclusiva propiedad, llegó la culminación. Lo que hasta ahora era una cohabitación sin derecho a roce, se consumó en una relación de pasión y amor en la que por fin nos sentimos en casa. Fue en ese momento en el que el campo se convirtió en un estadio. Lo modular en estructural. Y los andamios en tribunas. Se derrumbó la frialdad metálica y creció la emoción sentimental. Hasta que el monitor no corrigió con la verdad de las imágenes las ensoñaciones del árbitro no hubo goce pleno, pero sí satisfacción. Pero el gol de Dani Gómez en el descuento consagró lo que ya se había sentido con el tanto anterior. Esta vez no fue con la angustia de un “lapsus interruptus”, sino con estallido pleno de conexión. Los jugadores sobre el césped, el banquillo que corre, poseso del gol, a celebrar con su invasión una victoria que ya no podía escapar. Y un campo que se había convertido en nuestra casa, nuestro estadio. Al fin habíamos vuelto de nuevo a la Romareda y celebramos los goles pensando en nuestro Real Zaragoza, mientras escuchamos a Morrissey: “He stole our hearts away”.

 

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