Un Real Zaragoza enfermo y baleado

El club, víctima prolongada de lo más innoble de la sociedad y de este deporte, es un cuerpo descompuesto y abandonado, un manjar para carroñeros profesionales y figuras mediocres hasta la médula que lo han liquidado

El fútbol profesional, por lo general y más en estos tiempos donde el romanticismo que regaba sus raíces yace a varios metros bajo tierra, no es buen lugar para la buena gente, para quienes aún creen en el sentimiento de pertenencia, en los valores, en que un club ha de ser el jardín incorrupto de sus sentimientos de bandera, himno y escudo. El Real Zaragoza es, posiblemente, el gran embajador en estos momentos de una enfermedad repugnante y sin cura, un cuerpo descompuesto y abandonado, un manjar para carroñeros profesionales y figuras mediocres hasta la médula que lo han liquidado sin temblarles el pulso. Todos estos grupos, personajes y satélites no han estado solos en este proceso quirúrgico de la maldad, un ejercicio vampírico e hipnotizador para los ingenuos, un rapto del alma y el corazón como aval negociador. Todos y cada uno de nosotros, con silencios, consentimientos y eslóganes repetidos como cacatúas serviles hemos sido partícipes de la traición al pasado, al presente y al futuro. Oligarquía, política, prensa y, seamos sinceros, afición han colaborado a dar de comer a quien asaltaba la despensa. Por interés, amiguismo, estupidez, buenas intenciones o ignorancia.

Repetir el listado de esta fauna de grandes, pequeños e ínfimos depredadores ya no conduce a ninguna parte. Recordar con nombres y apellidos a los principales culpables y sus colmillos lucrativos tampoco sirve salvo para una flagelación inútil. El club ha sido violado por una manada de lobos y sus cachorros mientras la mayoría ha asistido a esa barbarie como espectador más o menos dolido e indignado, pero sin la suficiente implicación ante la falacia moral. Porque una SAD con un máximo accionista no se puede desmontar con manifestaciones o broncas puntuales, mas aún en este contexto de invisibilidad absoluta que se ha aplicado, sin rostros reconocibles en el baile de máscaras del estudiado organigrama de la cobardía. Pese a esa impotencia de una lucha infructuosa contra esta oficialidad malsana, los gestos de reclamación han carecido de contundencia. La hinchada, cuyo cambio generacional no ha reducido la beligerancia necesaria en estos casos, se encuentra muy sola, pero en lugar de alzarse en una revolución incombustible para que se escuche a cada segundo el crimen del que están siendo testigos, ha sido seducida por el síndrome de Estocolmo, por el encanto del raptor.

La petición de ayuda de los potentados, la enésima, para conseguir la salvación ha sustituido la irritación por una respuesta tan ejemplar como errónea de estar a muerte con el muerto baleado por quienes solicitan ahora oraciones y rituales. Esa reactivación de ilusiones, de cánticos, de acompañamiento en la agonía sólo ha sido un floreado funeral publicitario hacia la tumba. Ese respaldo incondicional, en realidad, lo han recibido la meditada gestión catastrófica, los arquitectos de la demolición, los bandoleros de puñal perfumado hasta de aragonesismo del barato. Por el Real Zaragoza han circulado durante estos últimos 13 años auténticos catedráticos del pillaje que se han ganado con favores, relaciones personalizadas u otras ofrendas a los medios de comunicación. Esa alianza ha construido un siniestro panteón deportivo para la institución y para la ciudad. Cualquiera, sin la mínima cualificación profesional o por su simpatía por el diablo, ha ocupado cargos y direcciones por una artería asfaltada por su mediocridad, desapego y el descaro del inculto. Directores generales de bolsillo fácil, futbolistas de medio pelo para competir y llorar las penas, entrenadores sin patria y técnicos sin categoría. El Real Zaragoza no es un león que no se rinde, sino un gato al que le han robado sus siete vidas.

No, no está siendo lo que su afición ha querido porque su afición ha pasado a formar parte del fondo de la postal de la infamia, imperceptible para los dueños, desoída y burlada. Ruidosa en la garganta del estadio pero muda en los tambores de guerra. La gente, pese a todo, es lo poco que le queda al Real Zaragoza. Y de ella depende conservar o no la dignidad, los valores, el sentimiento adquirido o heredado. Le toca elegir si lo hace desde la distancia, alejada físicamente del cadáver, o si prefiere continuar firmando parte de la tragedia aplaudiendo los córners, las ruedas de prensa de héroes o ejecutivos de pacotilla y un empate en casa contra el penúltimo. Quizás, dadas las circunstancias, el abandono sea la más potente y valiente de las respuestas, una alternativa lícita para desunirse de esta historia de corrupción permanente, para pelear con palos y piedras en lugar de carnet, pero para pelear por el orgullo de poner el pecho para evitar que una sola bala más alcance a este Real Zaragoza acribillado.

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