El descenso a Primera RFEF se está despachando desde la prensa como un renacimiento sin reflexionar el perjuicio laboral que causará a trabajadores del club y de los propios medios de comunicación
Los grandes damnificados del inminente descenso a Primera RFEF pese a que todo aquel que lo considere oportuno crea que la salvación aún es posible serán la afición como único guardián moral del Real Zaragoza y, sobre todo, la estructura laboral de la entidad, que se verá mermada en número de trabajadores. El actual tejido profesional será insostenible en una categoría donde los ingresos se reducen bruscamente, por lo que habrá que realizar ajustes a todos los niveles. La catástrofe deportiva causará una considerable ultraje en el prestigio y manchará la historia de este gigante de la sociedad aragonesa, pero en ese mar de lágrimas de indudable sinceridad y mixtura sentimental se están sorteando daños colaterales humanos en la economía doméstica de personas directamente afectadas por el tsunami. Por inconsciencia o idiotez, por una aleación de ambas, la prensa tradicional, mientras se aproxima ese destierro del fútbol profesional, está despachando la tragedia como un renacimiento, un kilómetro cero desde el que formatearlo todo para volver lo antes posible no ya a Segunda, sino a la élite. En ese dispendio de cinismo teledirigido en muchos casos no han tenido en cuenta tampoco que sus propias casas valorarán la reducción de personal frente a coberturas informativas con mucho menos interés pese a que el equipo no pierda su atractivo connatural.
La figura de Lalo Arantegui concentra ese regreso a la tierra prometida. Es un director deportivo con un pasado en el club y conocimiento de su idiosincrasia. Sin embargo se enfrenta a retos ocultos y por mucho que haya subrayado que en esta etapa contará con bastantes más herramientas que en la anterior, su margen de maniobra será menor en un ecosistema muy complicado y con la misma propiedad que prometió a su llegada un rápido ascenso a Primera División y que seguirá con su hoja de ruta aunque se produzca algún ligero lavado de cara. El director deportivo va construyendo poco a poco su equipo de trabajo que, en principio, no admite comparación con la cualificación de quienes han constituido durante años y éxitos el núcleo de la base formativa. Su función es ingente en el marco de una primera plantilla nueva de norte a sur, un organigrama deportivo con cierta niebla estructural por la falta aún de cargos y funciones concretas y en la elección del entrenador adecuado, con Ibai Gómez como principal candidato al banquillo… Todo es una incógnita en un universo donde el producto aragonés no demasiado caro y muy vinculado entre sí prima sobre la calidad contrastada, un cambio forzado sin duda por el contexto de economía de guerra que generará el descenso y por una buena dosis de colegueo.
Esta tragedia en capítulos comenzó con una visualización apenas crítica, adquirió un timbre más duro tras el fracaso de Rubén Sellés y con David Navarro en pleno derrumbe han imperado la resignación y la permisividad, con los jugadores y los dueños en la diana de la hinchada. A los primeros se les ha acusado, además de su pobre calidad, de falta de actitud, una denuncia muy común en esta tesitura que no se corresponde con el rendimiento global, mientras que a los segundos se les suplica su marcha, un deseo imposible porque la SAD les pertenece y decidirán, si lo hacen en alguna ocasión, cómo y cuándo irse, a qué franquicia o despacho enviar a Fernando López y Mariano Aguilar. Sombrías sombras del pasado se pasean por los pasillos de la Ciudad Deportiva con asesoría incluida en una hipotética revolución y el torrente de novedades están por demostrar galones suficientes para operar en este Real Zaragoza abierto a cualquiera. Mientras, los seguidores más afectados lloran sin consuelo. La prensa se rasga las vestiduras sin perder un botón, rindiéndose a una era de resurrección con una lápida de brutal tonelaje encima, una losa que se costeará con el despido de anónimos jornaleros del club, y con, seguramente, una disminución de redactores en las secciones de Deportes y concretamente del Real Zaragoza. Estamos frente a un desastre colosal institucionalmente, olvidando a las auténticas víctimas de un descenso purificado por la ignorancia.

