El ‘borrón y cuenta nueva’ que intenta implantarse en el Real Zaragoza sugiere una impúdica mirada al futuro enterrando los errores del pasado que siguen presentes
David Navarro pidió al final de la derrota contra el Sporting que subía al Real Zaragoza al tren de descenso a Primera RFEF que no se manchara la camiseta en los partidos contra Las Palmas y Málaga, los dos últimos encuentros antes de salir del fútbol profesional ya no por la puerta de atrás, sino por el desagüe. Lo dijo sin creérselo, abatido por el fracaso general y personal, seguramente sin percatarse de que si se suman dos derrotas más, se igualará el récord nada honroso de seis consecutivas que se produjeron en las temporadas 1946-1947, 2020-2021 y el pasado curso 2025-2026. El técnico no es el único que ha puesto en marcha, en nombre de un zaragocismo ninguneado e insultado por las diferentes propiedades, la vieja lavadora de 13 años de inmundicia en Segunda para que este histórico naufragio se traduzca en el inicio de un crucero de regreso a la élite. Hay a su alrededor una maquinaria muy bien engrasada y sucia abanderando el ‘borrón y cuenta nueva’, el positivismo, la impúdica mirada al futuro enterrando los errores del pasado que siguen presentes.
Nadie, o casi nadie, ha cuestionado la figura del entrenador como responsable de este siniestro. Siendo cierto que por encima de su responsabilidad está la de una directiva miserable en todos sus estancos y que Gabi Fernández, Txema Indias y Rubén Sellés han sido firmes colaboradores de la pérdida de categoría deportiva e institucional, la firma de Navarro aparece en el parte de defunción. Cogió el equipo como colista y a ocho puntos de la permanencia, y con una estrategia emocional activó el perjudicado corazón de la plantilla para lograr un triunfo sanador en Cádiz y dos de prestigio frente a Almería y Racing. Punto final a las victorias y a la esperanza y comienzo de un progresivo descenso a los infiernos, que le abrió las puertas de salida en varias ocasiones gracias al terriblemente desfallecimiento del Cádiz. Entre las lesiones y deserciones, que se han sucedido antes y después, y decisiones muy cuestionables o incomprensibles del técnico como el triple cambio en el minuto 43 ante el Ceuta que supuso que perdiera toda conexión con el vestuario, no ha sabido gestionar una salvación que pasaba por imponerse a cinco rivales directos, empeorando el rendimiento hasta los límites de una pobreza y desgana insolentes.
Buscó culpables en el empedrado –los árbitros y el ‘y si’–, señaló a los jugadores con y sin razón y de aquel Navarro patriota no quedó ni Pinilla, su estandarte sentimental. Entretanto dejó un triste episodio en los prolegómenos de la rueda de prensa posterior a ganar al Almería burlándose de los medios del equipo visitante, insolencia por la que tuvo que pedir disculpas. Su paso por el banquillo encaja en la mínima exigencia de estos tiempos en los que se señala sin pudor hasta al jardinero como responsable de la plaga de lesiones. No se nombra a los servicios médicos, ni al readaptador Ubieto… Sirve su ejemplo para explicar y comprender el actual contexto del club, que le reintegrará en el organigrama de la Ciudad Deportiva antes de tomar el relevo de Sellés por orden superior y consentimiento de Lalo Arantegui, en ese momento director deportivo. ¿Cuál será su función y la de su grupo de trabajo en un escenario donde los cargos y los profesionales deberán reducirse por exigencias de un guion económico muy por debajo del actual? Todo, sin embargo, parece ir sobre ruedas en un mensaje consensuado entre la cúpula que ahora representa el ‘box to box’ Juan Forcén y la mayoría de los medios de comunicación. Partir de cero, renacimiento, renovación, un nuevo amanecer alumbrado por Arantegui, quien está manos a la obra en la construcción de un plantel absolutamente nuevo. Una reconstrucción lógica en las funciones de cualquier ejecutivo puesto que casi todos los futbolistas actuales acaban contrato y otros no tienen cabida con sus nóminas en un plan de guerra económico que, por cierto, permitirá a la propiedad mucha más holgura de la actual en gastos además de los incumplidos.
Deportivo, Málaga, Racing, Oviedo o Eldense son tomados como referencias de clubes que cayeron en el abismo y consiguieron salir de él. A veces se obvia el sufrimiento y el tiempo que les costó y, por supuesto, que las comparativas son inaceptables. El Real Zaragoza, aunque entre ellos haya clásicos de Primera, está a años luz en historia y prestigio. En títulos y pedigrí nacional e internacional. Nadie se detiene ya en esos pequeños detalles posiblemente porque es tal el grado de condescendencia, complicidad y buenas intenciones disfrazadas o asumidas desde el poder y la impotencia que el proceso de jibarizar las obligaciones se ha popularizado. Basta con ser zaragocista, con seguir queriendo a este equipo allá donde esté por muy humillante que resulte. De esa nobleza y fidelidad del aficionado de a pie mal informado pese a que sea testigo desde hace décadas y jornada tras jornada del proceso corrosivo, se han aprovechado patronos caciquiles, ignorantes o ambas cosas, y una legión de personajes simbióticos que han chupado la sangre del club hasta dejarle absolutamente anémico.
Este Zaragoza es un impostor con el mismo escudo de aquel equipo conocido anteriormente como Real Zaragoza que no por vencer al Las Palmas y al Málaga va a limpiar su manchas ni puede sentirse orgulloso de nada. La centrifugadora del optimismo ya está a toda máquina, pero hay tanta porquería en el mantel, entre ella la siempre imborrable de la política. Sí se puede recuperar al Real Zaragoza en un día más lejano que cercano, aunque para ello sería necesario un detergente de altísima pureza que tuviera en su composición profesionales cualificados, honestos, zaragocistas o no que trabajen con los medios adecuados, sin presión, sin favores pendientes y sin fantasmas comisionistas que aparezcan para cobrar su trozo del pastel. Con un modelo común y un completo destierro de los egos. En las antípodas de la vigente fórmula de lavar los trapos sucios con las manos manchadas.

