El próximo mercado asoma innegociable para el objetivo de ascenso directo de un equipo que arranca mal los partidos y que se ha quedado corto en la portería, el eje defensivo, la medular y sobre todo el ataque
El Real Zaragoza podía llevar nueve puntos en las tres primeras jornadas pero también cuatro menos de los seis que ha conseguido con sus victorias frente al Antequera y el Juventud Torremolinos. El Nástic le entregó el balón pero se llevó la victoria, y en los dos siguientes partidos ha estado muy cerca del empate para acabar imponiéndose con agonía (un gol de Espiau en el minuto 90 y un 3-4 en El Pozuelo con un final muy pedagógico). Estas formas, la de otorgar más importancia al botín que a la manera de lograrlo, no son de recibo para un aspirante al ascenso directo. Se respira en la atmósfera una satisfacción con cierta dosis de fingimiento, no en un Ibai Gómez que está encantado con todo lo que respira alrededor en una experiencia magnífica para un principiante en su primer día al frente de la sala de máquinas de un portaaviones del fútbol español encallado muy lejos de sus aguas históricas de navegación. En estos encuentros se han detectado grietas que ya se intuían en la pretemporada, pero a las que había que poner en contexto en competición oficial. En el campo de batalla, el ejército reclutado por Lalo Arantegui dentro del marco de una reestructuración masiva y de una nueva propiedad que ha cortado las alas al director deportivo va muy justo de armamento y de profesionales con galones. Se puede justificar por la confluencia de futbolistas nuevos en periodo de ensamblaje a las ideas del técnico bilbaíno y una categoría bandida, aunque esa coartada sería sortear la realidad.
En esa composición se observan cuestiones tan sugestivas como preocupantes. No es un buen cóctel para proclamarse campeón de grupo, la única vía hacia el regreso al fútbol profesional. Si desde dentro el playoff se mira con buenos ojos, tampoco la actual plantilla asegura ese segundo plato envenenado. Si no cambian sustancialmente bastantes cosas, el mercado de invierno será un destino innegociable para recomponer este vestuario. El Real Zaragoza ha comenzado todos sus partidos a un distancia sideral de lo que persigue Ibai Gómez. Las desatenciones defensivas en Tarragona, el baile en el Ibercaja Estadio del Antequera en la primera parte y el desparpajo inicial del Juventud Torremolinos, con gol anulado incluido más cerca de la legalidad que del fuera de juego antes de que Jardí comenzara un espectáculo apolineo, son señales de cortocircuitos colectivos e individuales. Ibai Gómez ha tenido que intervenir siempre para corregir lo previsto en la pizarra, una veces con acierto y otras con decisiones cuestionables. La inestabilidad se ha impuesto a la posesión y al dominio, y los últimos rivales han sido más agresivos en la presión alta durante muchos minutos, un mandamiento que el entrenador vasco considera primordial y que su equipo no termina de expresar con sinceridad. Con las últimas incorporaciones, sobre todo González, Iranzo y Sangalli, se ha ganado en solidez defensiva, si bien, como se comprobó el domingo con la salida anticipada por molestias de los centrales, sus relevos ofrecen muy pocas garantías. En el fondo de armario de esa línea hay un nutrido nido de polillas.
Con Westerveld parecía haberse dado en la diana de un portero correcto. Después de descubrir que Anartz no alcanza ni en sueños para la titularidad que pensaba otorgarle Ibai Gómez, el neerlandés subió a la cima de los intocables. El Pozuelo se tragó el tanto invalidado de Dioni con una salida folclórica, y en el 1-3 se quedó en estatua de sal frente a un balón al que acudió con reuma. Aunque esa doble pájara pueda resultar eventual, el Real Zaragoza afronta las próximas 35 jornadas con un solo portero y ahora en cuarentena, un despropósito. El centro del campo es un lugar pintado de colorines donde predomina el gris perla con Ander Herrera –habrá que conocer el alcance de sus molestias–, impecable en el pase de seguridad y hueco en la trascendencia. Con Lucas Terrer, quien dejó su lugar a Ademo en Torremolinos, el juego se empasta y ralentiza, vulnerable a marcajes severos. Son dos constructores sobre el mismo plano, lo que han detectado todos los rivales. El caso Jamelli no existe pero esta ahí, muy presente, más aún con la entrada de Saidu por delante de un Rubén Díez que ni en la base ni en la mediapunta. En esa parcela Ibai tiene un nudo y por el momento no sabe cómo desatarlo. Ante el Juventud le ayudó Jardí, experto en la tercera división y campos rurales y dueño de una clase que había reservado hasta ese día. Goles, disparos, asistencias… El catalán posee mucho talento. Se le espera con puntualidad a tiempo completo mientras Vadillo, el único burlador con verticalidad, tiene la sombra de Ureña pisándole los talones.
Todo está cogido con los hilos de competir, no con los de ganar con jerarquía y convencimiento. La portería, la defensa, la medular y también la delantera pura. Joaquín Delgado lo ha jugado todo y no ha marcado. Ha salido en la foto inicial para desaparecer bajo un rendimiento de futbolista menor. Ya era un puesto que necesitaba más piezas, porque Espiau tampoco enamora y Pau Sans, el favorito de Ibai Gómez, ha entrado en una profunda depresión participativa. El entrenador disfruta «con la mejor plantilla» del torneo, es feliz sin zonas de avituallamiento y está maravillado con la magnitud del club y su afición. Es un hincha en toda regla. Pero su trabajo, además de rezumar optimismo y alegría, lo que se agradece en este tenebroso pasaje del Real Zaragoza, es hacer un equipo para subir a Segunda. Ahora mismo no lo tiene con los suficientes avales al margen del de la fe. Lalo Arantegui ya hace cola para el mercado de invierno, una ventana siempre fría y más en estas categorías.

