El Real Zaragoza ha hallado un técnico que, más allá del nivel de sus conocimientos y de los tópicos inherentes a su profesión, impregna al equipo una inteligencia emocional sin corsés y una considerable habilidad correctora
«Los halagos debilitan», dijo ayer Ibai Gómez después de que el Real Zaragoza sumara su tercera victoria consecutiva al derrotar al Cartagena, racha que ha situado al equipo en zona de playoff. El técnico aseguró que él y sus colaboradores están vacunados contra la euforia y que van a seguir trabajando como «animales» para conseguir un rendimiento mejor. Otra actitud diferente sería un gravísimo error de cálculo frente a la realidad de este club, obligado a ganar casi por decreto y a ser campeón. Al técnico bilbaíno le falta experiencia, un central titular y un delantero sin medias tintas. La portería y el centro del campo también tienen margen de mejora, y al mercado de invierno habrá que acudir en cuanto abra sus puertas. Sin embargo, el conjunto aragonés ha hallado un entrenador que, más allá del nivel de sus conocimientos y de los tópicos inherentes a su profesión, impregna al equipo una inteligencia emocional sin corsés y una considerable habilidad correctora. Será por su juventud o por su carácter, pero la oportunidad que le ha brindado este deporte de responsabilizarse de una institución monumental históricamente que se certifica con una masa social de Primera división en número y compromiso, la celebra con una pasión contagiosa, sincera, en muchas ocasiones remolcado por unos excesos en sus valoraciones que no molestan aplique en ellos sinceridad o estrategia.
Desde Juan Ignacio Martínez, no se había sentado en el banquillo un entrenador tan creíble, tan cercano. Nadie sabe aún si Ibai Gómez es un genio, un aprendiz o un simple operario más, aunque él mismo se ha encargado de recordar que la primera lección se la sabe de carrerilla: sin resultados se vuelve a Bilbao. También se desconoce todavía cuál será su impacto en un Real Zaragoza de condena por tercera división y económicamente reo de los usureros. «Pau Sans es absolutamente diferencial en la categoría»; «tenemos la mejor plantilla de la categoría; «jugarán Jaume y diez más». Entre estos titulares con eco de principiante que no de novato, ya ha solicitado, cómo no, positivismo ante una atmósfera mediática que hace unos días consideraba muy crítica. Ibai Gómez habla y trabaja sin filtros, creando una complicidad constante con la prensa y la afición, a la que siempre destaca por los padecimientos que está viviendo y a la que quiere ayudar a ser lo más feliz posible. Tiene varios planes para los encuentros y las situaciones que se suceden, pero todos orbitan alrededor del único planeta que le proporciona oxígeno y alegría: jugar lo mejor posible, hacia arriba y tener el balón como aliado permanente. No lo ha logrado en su plenitud, aunque en los cuatro partidos disputados, sobre todo frente al Cartagena, sí se ha detectado que sus deseos se cumplen aun a cuentagotas.
«Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros». Esta frase atribuida a Groucho Marx podría aplicársela, con matices, el entrenador vasco, que por el camino recorrido ha sido capaz de presentar alineaciones y esquemas diferentes, de dejar fuera a futbolistas que parecían fijos y de dar protagonismo a otros que, incluso fichados por recomendación propia, no le servían para un contexto determinado. Este domingo aplicó en toda su plenitud lo más rígido de su flexible forma de interpretar este juego. Salió sin delanteros, con tres extremos, Ureña, Vadillo y Jardí, y con un Rubén Díez con quien había tenido una conversación en la que el centrocampista le sugirió que le situara en una posición más adelantada. Lo hizo y Rubén coloreó el equipo en ataque y en tres cuartos. La revolucionaria apuesta para buscar el gol que se niega por otras vías y esa rectificación con Jamelli descubren a un sujeto capaz de escuchar y de escucharse a sí mismo, dos virtudes que no suelen convivir en un mundo atestado de egos. En Torremolinos Iranzo y González le avisaron de que sus fibras peligraban y los quitó pese a los riesgos, confirmados con una recta final angustiosa sin los dos centrales. Dio galones a Cuenca y entendió que en Vadillo había un «avión» que debía coger. Comprendió que Ademo no es mediapunta y ya trota el nigeriano de volante mucho más productivo y coherente. A Anartz lo trajo del Arenas y pronto se percató de que Westerveld estaba varios escalones por encima. No muchos. Marcó Espiau el gol del triunfo contra el Antequera y no hubo premio este fin de semana para el punta.
La intensidad de sus explicaciones recomienda ir de vez en cuando con traductor técnico a las ruedas de prensa mientras de la cabeza de los periodistas sale humo. Sin embargo, simplifica o reboza de simpatía y optimismo incombustible el mensaje buscando la empatía del auditorio. Ni va de estrella ni de erudito. Ni empapa de paternalismo su ideario. Humaniza su labor con apasionamiento científico y un punto de maniático control. Por el momento no se vuelve a Bilbao este chico que goza con el Real Zaragoza, un equipo venido a menos que Ibai Gómez trata con el mimo y la exigencia de un grande bajo cuya sombra quiere crecer. Esto, no lleve a confusión, no es ningún halago a su figura, sino un descubrimiento pendiente del éxito, el tribunal más alto que juzga justa o injustamente a cualquiera.

