El equipo de Ibai Gómez, quien más que equivocarse fue víctima de un rival individualmente superior, recibe un aviso del peligro que suponen para su objetivo las tres canteras de la categoría
La Primera RFEF no se rige por un clima uniforme donde hace frío en invierno y calor en verano. La categoría se distingue por una formación de diferentes capas en la que 20 equipos están expuestos a lo imprevisible aun con sus diferencias presupuestarias. La última jornada refleja mejor que nada lo ceñido de la competición: pendiente de lo que haga hoy el Hércules contra el Sant Andreu, de los 15 primeros clasificados sólo el Murcia ha conseguido ganar y por la mínima al Rayo Majadahonda. Las otras victorias han correspondido al Europa y al Teruel para salir de los últimos puestos pero no de la zona de promoción por la salvación. El histórico de la mayoría de los encuentros celebrados hasta la fecha recoge que cada partido implica un alto grado de sufrimiento donde los entrenadores, frente escasez de grandes talentos, se afanan en que la disciplina, la seguridad defensiva y la buena administración de los detalles conduzcan al triunfo sin prisas. El Real Zaragoza se ha aupado al liderato con un estilo futbolístico dominador, pero en absoluto ajeno a situaciones de apuro que ha solventado precisamente por la inspiración de Jaume Jardí, autor de cuatro goles y cuatro asistencias capitales. En Alcalá de Henares, el versátil atacante volvió a resultar fundamental en un contexto muy distinto al de los seis partidos anteriores pero con el denominador común de que este equipo está preparado para hallar soluciones en la superación de situaciones críticas.
El Real Zaragoza sólo puede permitirse el ascenso directo y ha cogido la ruta correcta. Su liderato no es casual. Sin embargo, este domingo el Atlético Madrileño le mostró una de las vetas más ricas y complicadas de conquistar de esta tierra tan hostil, la de los filiales. El conjunto que entrena Fernando Torres fue muy superior en escenarios ofensivos porque cuenta con jugadores insolentes por juventud, ambición y calidad técnica y física. Romeo, su lateral derecho, descuartizó el sistema de seguridad visitante porque su velocidad es supersónica para una tercera división. Dio dos asistencias y se encontró además con Kamate, Domenech o Cubo, otros futbolistas bendecidos. A Ibai Gómez se le ha criticado que optara por los tres centrales para que Diego González, con las ayudas de Pereira y Ademo, robusteciera ese carril. No lo logró y el propio técnico se señaló como culpable del correcalles y los cuatro goles encajados. Quizás la explicación a esa vulnerabilidad no se explique tanto desde la decisión del técnico, que aplicó una alternativa lógica, como en que el Atlético Madrileño dispone de herramientas de alta precisión para rebasar todo tipo de obstáculos. Todos los tantos recibidos se engendraron por la derecha, uno de ellos de saque de esquina, lo que quiere decir que el entrenador había detectado el peligro, una amenaza letal imposible de neutralizar.
El partido lo llevaron al caos los colchoneros en una noche maravillosa de fútbol por ambas partes, de contrastes colosales y defensas inconsistentes, y aunque el Real Zaragoza quisiera huir del alboroto, no le quedó más remedio que abrazarlo con el corazón, un artefacto que este año ha musculado como nunca. La reacción tuvo mucho de emocional, pero en ella intervinieron actores principales, piezas de la plantilla con capacidades competitivas para asumir por su cuenta el liderazgo frente a una inminente derrota e incluso goleada. Iranzo por dos veces y Jardí en otras dos castigaron la indolencia del Atlético Madrileño atrás y la mala gestión de su ventaja a cuatro minutos de final. Ese espectáculo lleva consigo una moraleja para el equipo aragonés: que el campeonato va ser extremadamente duro porque cada partido es un melón o una piedra por abrir y que deberá extremar sus precauciones en la Liga que le espera con los filiales, enfrentamientos que pueden marcar su destino final porque los tres, incluidos Villarreal B y Real Madrid Castilla, juegan a otra cosa que el resto. Su fútbol se desarrolla con protagonistas de un elevado nivel, con exigencia formativa pero sin presión. El empate que se trajo el Real Zaragoza de Alcalá es oro no sólo por las circunstancias. También por la lección aprendida de que contra rivales con individualidades mejores que las suyas la táctica consiste en implantar la madurez dentro y fuera de la pizarra, donde el entrenador no llega siempre.
