El club vive en un estado inflamable, sin líderes en el campo ni en los despachos, con un técnico en combustión y una enfermería atestada, junto a rivales directos que compiten mucho mejor
El Real Zaragoza podría rodar la toma de su actual situación en la misma playa y con idéntico surrealismo bélico donde el mítico actor Robert Duvall, fallecido ayer a los 95 años, regaló una frase legendaria del cine en la película Apocalypse Now: «Me encanta el olor a napalm por la mañana», dice en una escena donde las bombas y los disparos vadean su enajenación mientras obliga a los soldados a surfear entre las olas y la muerte. El club aragonés es la viva imagen del perturbador teniente coronel Kilgore, haciendo del caos su particular jardín. Sin líderes en el campo ni en los despachos, con un técnico en combustión por mucho que se presente ahora como estratega de la motivación popular, y la enfermería atestada por la inconsciente gestión de una plantilla tronchada físicamente, vive en un constante estado inflamable que afecta a su sacrosanta y vilipendiada Ciudad Deportiva, sobre cuya hierba de pasto empiezan a crecer más bulos sobre los herederos del team Lozano que futuras promesas en busca de otras infraestructuras más decentes. Una cerilla, una derrota e incluso un empate en Andorra amenazan con un incendio de consecuencias definitivas para su futuro pese a que por delante quedarían aún 15 jornadas por celebrarse. El partido del Principado se anuncia así como batalla que es imprescindible ganar por un conjunto que no sabe cómo hacerlo.
A Robert Duvall le olía la colina arrasada a vietnamitas chamuscados, «a victoria», una palabra que el Real Zaragoza ha arrinconado en su diccionario esta temporada porque se ha dinamitado a sí mismo. Forcén, Indias y López han perpetrado una auténtica infamia como militares de baja cualificación de una multipropiedad incorpórea. Los futbolistas, los captados en verano y en invierno, son una extensión de la múltiple aberración deportiva e institucional que estrangula a un equipo que se va directo a Primera Federación sin que nadie levante ni ponga voz alguna. Sin talento, sin corazon, sin ritmo, Rubén Sellés le dio en su momento una identidad que consiste en competir como eje principal para la salvación. Pero competir comporta aplicar muchos más valores que correr hasta consumir la última gota de aliento, porque competir lo hace cualquiera. El Real Zaragoza se escuda tácticamente, sufre y lucha con un ejército desarmado de calidades y balón, lo que como máximo le permite empatar, resultado que en estos momentos de la competición resulta inútil. No pudo con la Real Sociedad B ni la Cultura, tampoco con el Eibar, y el Castellón, aunque no perdió, y el Albacete lo zarandearon. Se aferra a El Yamiq, a Rober o Larios como antes lo hizo con Insua, Paulino o Pomares. El marroquí es un futbolista de verdad, quizás el único junto a Andrada. Los demás son esforzados de la ruta con mala salud.
El entrenador se quejó de la afición en su «momento gatillo», un plan, explicó, para convocar la unión como bandera. Sellés eligió León para lanzar un mensaje con claro contenido de reproche contra una pieza de la maquinaria que nunca se toca. Se equivocó y volvió a errar en su segundo intento de alentar a las masas, de despertar la conciencia colaboradora de quienes precisamente sienten y pagan desde hace 94 años por el escudo para que muchos jugadores lo besen durante seis meses de estancia. La hinchada, aunque escuchara esa proclama, poco o casi nada puede hacer para sumarse a una misión que necesita más argumentos, entre ellos y primordial que entre tanta basura y mediocridad le regalen un triunfo. Parece una solicitud egoísta porque con el viento a favor es muy fácil remar, pero están en su derecho de reclamarlo tras 13 años de desprecios y mentiras. Si alguien quiere sin interés alguno a este club, son esos héroes cotidianos que Sellés acusa de tibios. Competir no es suficiente. La Real Sociedad B ganó al Málaga, el Huesca al Ceuta, al Mirandés se les escaparon dos puntos en el minuto 93 y al Andorra tuvo contra las cuerdas al Almería. Todos ellos rivales directos, todos ellos compitiendo mucho mejor, con el fútbol del que carece el Real Zaragoza. Huele a napalm todas las mañanas en un club abrasado por los proyectiles de la especulación. Y la esperanza surfea, porque siempre lo hace, esta vez encañonada.

