El Real Zaragoza, con Rober González como único fichaje, medirá una vez más su distancia con la salvación frente al vistoso y voraz Castellón
El Real Zaragoza saldrá de este partido reforzado en su pugna por la salvación sólo si derrota al Castellón (18.30). Aunque sume los tres puntos, se quedará una jornada más entre los barrotes de los cuatro últimos puestos, pero ese hipotético triunfo supondría un impacto enorme para sus aspiraciones de supervivencia en la categoría. No sólo por la victoria, sino por conseguirla frente a uno de los mejores equipos de la competición, en estos momentos en ascenso directo después de ganar ocho de sus últimos once encuentros. El partido es de una dificultad mayúscula y servirá de termómetro para medir una vez más cuál es la distancia física y moral del conjunto aragonés, cuyo rendimiento en el Ibercaja Estadio, de mantenerlo, augura los peores presagios. Es mundialmente sabido que actuando de local es un desastre porque entre sus limitaciones para llevar la iniciativa y el conocimiento de sus adversarios de cómo explotar esas carencias han hecho de su campo el paraíso del visitante. Será interesante descubrir qué dictado aplica para esta ocasión Rubén Sellés, quien ha recibido el único fichaje de Rober González pese a lo extremo de la situación. En Santander, ante el líder, reventó a los cántabros con un plan ultradefensivo que adornó con una estupenda eficacia ofensiva que firmó en tres ocasiones Kodro. Siete días después, la Real Sociedad B se adueñó del modular con descaro y piernas frescas y jóvenes. El Castellón es otra cosa, posiblemete el equipo más vistoso y capaz del torneo de la mano de Pablo Hernández, relevo de Plat y técnico que le ha dado a los albinegros la firmeza defensiva que echaba de menos antes de su meteórico ascenso a las alturas.
El miedo se ha instalado en el Real Zaragoza y en su afición porque la expulsión del fútbol profesional nunca tuvo una forma tan reconocible. Sellés trabaja para que las emergencias no bloqueen a sus chicos, para que asuman que el peligro existe sin dejar por ello de competir en cada cita al margen de quién esté enfrente. Con ese espíritu va aguantando el tipo y la dignidad, pero al final el talento que no tiene le instala en la realidad. Hoy, además, deberá solventar un problema añadido: la salud que encendía sus motores en los contextos más hostiles, por lo general arrancar por detrás en el marcador, empieza a pasarle factura. Aunque regresa Aguirregabiria, Soberón ha ingresado en la enfermería donde siguen Paulino y Radovanovic. Justos de centrales y a la espera de que Txema Indias capte uno en el mercado de invierno antes de que sea demasiado tarde, la delantera, con Bazdar esperando cerrar su cesión al Jagiellonia Bialystock polaco y Pau Sans y Dani Gómez en la puerta de salida, se ha quedado con Kodro y Roberto González. También con Bakis para que toque la flauta en los los bises de los partidos, una decisión del entrenador, quizás la única, incomprensible por cómo desentona el turco en ese papel de falso reanimador.
Tampoco el centro del campo está para exhibir músculo con el Castellón. Keidi Bare y Guti van con la gasolina justa, mirando siempre de reojo el depósito siempre lleno de Francho y esperando a que aparezca el monótono Valery, que podría quedarse fuera a favor de un Cuenca con menos nombre pero más profundidad, y a que Moya tenga la deferencia de echarles una mano. Este último, utilizado de enlace entre la medular y el ataque cuando se ha apostado por un solo delantero, podría dejar su puesto a Rober González para debutar sin más dilación. Sellés maneja variantes para intentar domesticar a la bestia albinegra. Tachi tiene opciones de sentar a Saidu, central por accidente, y el lateral derecho, un quebradero de cabeza pese a la buena predisposición de Gomes, espera a Aguirregabiria si es que tiene ya la luz verde para jugar. El técnico valenciano ve claro cómo emplearse en este segundo compromiso consecutivo en casa. Para el resto de la humanidad, toda una incógnita saber cómo resolverá el jeroglífico que se le presenta contra un Castellón con una maquinaria perfectamente engrasada para dominar, combinar en largas y profundas secuencias y lanzar oleadas de ataques con una participación colectiva apabullante y el punto de mira puesto en el gol. Por fuera y por dentro es una orquesta armónica y voraz. Da pánico.

