Tengo la impresión que el nerviosismo cunde en gran parte del zaragocismo y eso provoca, como en todas las sociedades en crisis, una serie de reacciones dispares como autodefensa. Más aún cuando no existe un portavoz del club al margen del entrenador antes y después de los partidos. Hay quienes intentan luchar por la permanencia con la apuesta ciega en favor del equipo animando al resto de la afición a sumarse a ello; también los que opinan que lo mejor es el descenso para terminar con este sufrimiento, incluso hasta la desaparición para alejar a los propietarios actuales, los que siguen husmeando y los políticos partícipes de uno y otro lado desde la presidencia de Soláns recibida de su padre. Entre unos y otros hay grupos que culpan a la prensa de los problemas de estos últimos meses, a los despedidos Cordero y Ramírez, al director general por no dar la cara ni tomar decisiones, al propio Jorge Mas que apostó por el ascenso incluso tras el adiós de Víctor Fernández, al entorno del Atlético de Madrid que controla las entrañas del club y a los arbitrajes adversos.
El caso es que entre unos y otros se produce una situación muy desagradable porque surgen del fondo de miles de personas sensaciones desgarradas que van desde la rendición hasta la creencia de un milagro. Bajar los brazos y dejarse ganar es algo históricamente rechazado por la ciudad; no obstante, también se pierde la guerra aunque se actúe de manera heroica cuando el enemigo o las circunstancias son aplastantes. Esto es un hecho contrastado y que se repite a lo largo del transcurso de la humanidad. Un milagro es un «acontecimiento extraordinario» por el poder de Dios y forma parte del Evangelio de Jesucristo. Desde la aceptación de la Iglesia de la aparición de la Virgen de Lourdes a Bernardette Soubirous en el siglo XIX se han producido un total de 70 milagros y más de siete mil curaciones inexplicables. Mucho antes el Arzobispo de Zaragoza, Don Pedro de Apaolaza, sentenció en 1641 que fue milagro la recuperación de la pierna de Miguel Pellicer, amputada después de que un carro le atropellara. Resulta curioso el negocio que se generó en la población francesa desde que se fundó el Santuario de Lourdes con seis millones de visitantes el año pasado y también que la construcción de la basílica del Pilar se iniciara gracias la donación económica de los fieles durante décadas en 1681.
No creo que la Virgen del Pilar se ocupe de la permanencia del Real Zaragoza, tampoco que la animación antes y después de los partidos en la Romareda marque los goles que faciliten los puntos necesarios para no bajar. Soy agnóstico y la esperanza como la fe no mueven montañas, por mucho que figure en los Evangelios. Será la actitud, la lucha, la intensidad y el deseo de los futbolistas para ganar lo que podría significar el dudoso éxito de aguantar en Segunda. Pero, como he dicho antes, ni aún así está asegurado mantener la categoría.