Pío, pío, qué frío

El complejo de inferioridad está muy sobrevalorado. Sirve como excusa que nos ponemos antes de recibir la herida. Es fácil sentirse inferiores. Lo difícil es comportarse con dignidad, sabiendo que lo somos. Es muy habitual que quienes se muestran como superiores, oculten su incapacidad haciendo ostentación de lo que carecen. Entre la falsa timidez y la mentirosa altanería, nos comportamos como una letanía. Buscamos compasión para nuestras miserias, pero en realidad queremos disculpas para nuestras pocas ganas de implicarnos en la vida. Nos obligan a superar las dificultades pero, en realidad, nos condenan a no disfrutar de nuestras limitaciones. No hay personas mejores que otras, sino con conductas más honestas o con habilidades que los demás no tenemos. La ética es difícil de aprender. No es imposible pero, normalmente, se deteriora con los años, la riqueza o con el poder. En cambio, sí que podemos adquirir conocimientos con el esfuerzo, la perseverancia y el entrenamiento. Los profesionales lo son porque lo valen, no porque los etiqueten. Son muchos años de aprendizaje y renuncias que son una inversión aunque para muchos supongan un desgaste. En el deporte de élite no fichas jugadores. Contratas habilidades adquiridas con el juego, riesgos de lesiones por la dedicación empleada, cambios de vida y adaptación a diferentes ciudades y países, experiencia y un plan de pensiones que nutra el futuro económico y personal de quienes difícilmente tendrán otras opciones en el camino de su jubilación. El riesgo de una vida placentera imprudente puede hacer que los millonarios de hoy puedan ser los pobres del mañana. La sensatez en el fútbol profesional es un valor que se lleva mal con una liga de estrellas más contagiosa en los defectos que en las virtudes.

Comenzaba el año nuestro Real Zaragoza frente a un equipo de Primera, en un estadio que aloja a un club que está fuera del fútbol profesional. Los que vamos cumpliendo decenas de años como socios, seguimos añorando los encuentros en domingo. Un aliciente que ayudaba a enfrentarnos a una jornada gélida, que sólo se caldeaba por la temperatura del infierno de carbonilla que nos amenaza y que sigue, un piso más abajo, al que soportamos con las actuales brasas. Se notaron las fechas y los grados en los termómetros de los tornos. Una vez que el cielo nos respetaba en el descubierto, nos perdimos una bella estampa de nieve pero, en su ausencia, nos fuimos en blanco. La carpa servía de acogedora tienda de campaña para ese refugio que sirve de techo en la espera. El club se marcó lo que pretendía ser una simpática estampa mágica, pero acabó siendo una casposa imitación sin gusto. Un supuesto paje, tan real como el zaragocismo de los dueños del equipo, se sentaba para las fotos de rigor, rodeado de dos “azafatas” que protagonizaban esa viejuna estampa en la que se utiliza la mujer de adorno. Ni sentido, ni igualdad, ni gracia. Lástima que el buzón para las cartas de los deseos fuera tan falso como la voluntad de ascenso que nos recuerdan al inicio de cada temporada, porque se hubiera merecido una reclamación a sus majestades de la “machirulada” futbolística. Llegábamos de despedir 2025 y caímos en la cuenta de que llevamos más años en segunda que uvas nos tomamos al final del año. No está mal. Se atragantan más los partidos y las temporadas que las deliciosas frutas.

En la primera parte vimos a un equipo que un experto manejaba con el mando de la “Play”, mientras los nuestros corrían por detrás de una pelota y diez camisetas amarillas. Los canarios salieron al césped tapados con chándal y ya nos sentíamos ganadores con el general invierno de aliado. Pero la música del DJ Lagarto sintonizó en la Fan Zone a Shakira y consiguió hacer creer a los forasteros que jugaban de locales, al escuchar desde el vestuario “porque esto es África…”. Error musical que acompañó al horror deportivo en el inicio del encuentro. El grupo de malabaristas canarios jugó con más arte que eficacia. Eso sí, consiguió engañar a nuestro portero que, en un juego de manos, hizo desaparecer un balón blando bajo sus brazos en el interior de las mallas. Nada por aquí, nada por allá y la pelota que dentro estaba ya. Esta vez el androide de Andrada ejerció más bien R2-D2, incapaz de hacer frente por sí sólo a la potente estrella de la muerte futbolística.

La segunda parte del encuentro fue reveladora. Calidad canaria frente a voluntad maña. A veces da resultados. Sobre todo cuando no cierras los partidos por muy superior que te veas sobre el campo. Pero, en esta ocasión, la eficacia se echó de menos en los blanquiazules para intentar, al menos un empate, que no te sacaba de pobre pero templaba el cuerpo de los presentes y los ausentes seguidores. Kodro quiso definir como si estuviera en un equipo de Primera y Guti intento pasar como si el rival no lo fuera. Fin de la ilusión de una noche de deseos que trajo por adelantado el merecido carbón que han contratado en la sala de máquinas del club. Lo bueno de los últimos cuarenta y cinco minutos, es que sabemos por qué está cada equipo en su sitio. Hemos recuperado pulso pero la calidad no se recupera tras una primera vuelta. Nunca estuvo aunque nos hicieron creer que sí. En el fútbol la calidad ni se crea ni se destruye, se adquiere. Vale dinero, cuesta trabajo y responde a los objetivos que se fija cada equipo. La que hay llevamos viéndola y sufriéndola desde agosto. La intentamos revitalizar y reanimar. Pero sin constantes vitales es muy difícil conseguir reanimar un cuerpo. La afición cuida el alma. Pero el fútbol es un mundo de ateos y sólo existe lo que se tiene. Los infiernos están empedrados de buenas intenciones que se condenaron por carecer de razones.

Los dueños del León han abonado su aportación como disculpa propia, sin que se pueda definir como legítima defensa. Juan Forcén, el amigo de Azcón, se encastilla de hombre fuerte en un club tan débil. La prisa del presidente por adelantar las elecciones, se comprende tras cada nueva derrota del equipo que le socarra junto a sus amistades peligrosas. Si el mercado de enero no aporta las soluciones que necesitamos, mejor votar antes de botar.

La cosa no se pone negra, porque ya estaba, pero se ve más porque el celofán de diciembre ya ha envuelto todos los regalos. La afición piensa en el descenso pero no cree en él. Es una situación en el que la incredulidad choca con la realidad y los datos colisionan con los corazones. Una derrota en Santander abriría una huella con la ilusión. Y el mercado invernal está más frío que el climatológico. Luis García, el entrenador rival, se encontró cómodo frente a los maños. Como jugador, nos metió dos de los cuatro goles que nos endosó el Español en la final de la Copa del Rey del 2006. No es difícil dirigir a los amarillos con ese plantel. No disfrutó en su estancia en la plantilla maña y algo de venganza lejana tenía el sabor de su victoria.

Salimos del campo de la misma forma que llegamos. Helados pero no congelados. La hipotermia se mantiene mientras esperamos que Sellés evite la amputación del club. Ayer nos recordaba Alfonso Hernández, en este mismo blog, que la salvación no suele estar en el mercado de invierno sino en el compromiso constante. Hoy tenemos miembros que ya no responden. Paul y Bazdar, ni cogieron nunca temperatura ni se les quiso arropar. Otros se perdieron en la ruta helada, como Pau Sans, y se les busca salida tras no encontrar nunca la entrada. De los lesionados, se suspira por Martín. De los que están, desespera Valery. Y de los nuestros, Guti no se encuentra y Francho vuelve a la celda de castigo del lateral. Bakis levantó pasiones en sus escasos minutos, porque vemos en cada punto estrellado en el firmamento, el sol que necesitamos. Demasiados boquetes en un barco que no está para navegar entre tanto iceberg de Primera. Echamos de menos ese fútbol brillante con el que nos obsequiaron en el inicio los visitantes, y echamos de más una derrota inmerecida. Porque la pasión necesita alguna buena noticia frente a tanto talonario de lujo canario sobre el modular. Soñamos que ese equipo de palmeros llegó a parecerse a uno de los que vimos, vestidos de blanco y azul en La Romarteda, en tiempos pasados. Mientras, desde la humildad llena de realidad, abandonamos el campo subiendo una cuesta resbaladiza que parecía la de enero. La calidez del rival nos hizo resaltar la frialdad de los nuestros. Nos fuimos, eso sí, pensando: pío, pío, qué frío.

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