Un Real Zaragoza presidido sin zaragocismo

La campaña de contratar personal aragonés a granel para maquillar la más que factible caída del club al mayor abismo de su historia no camufla que la razón del desastre reside en la falta de afinidad de las últimas cúpulas hacia la entidad

La capacidad y cualificación del profesional debe estar por encima de su procedencia o lugar de nacimiento. Hablamos de empresas donde la productividad se cuantifica exclusivamente en relación a los beneficios materiales. El fútbol lleva tiempo en esa dinámica de macrocompañías que priorizan el capital, lo que económicamente es lógico, lícito y saludable en un mundo que ha consumido y consume muy por encima de sus posibilidades reales. La magnitud y el especial tejido de este deporte, sin embargo, marcan todavía un contorno diferencial con respecto a la industria tradicional. Aunque se ha despersonalizado desde el nacimiento de las SAD y la línea editorial ya no la redactan los socios sino los propietarios, en su mayoría especuladores, la figura del aficionado se conserva como guardián emocional de unos valores que distinguen su esencia. Aun desplazada de la mesa de decisiones, la hinchada asume una implicación y responsabilidad que cotizan en el corazón, casi nunca atendido, como es el caso de un desfigurado Real Zaragoza que en las últimas décadas se ha caracterizado por la falta de afinidad de sus cúpulas hacia la entidad como referente histórico de esta tierra.

El resultado de ese progresivo deterioro va camino de traducirse en la caída de la institución al mayor de los abismos de sus 94 años de vida. El fondo de inversión que desde 2022 administra el destino del club resume fielmente el camino a la perdición, acentuado por un par de perniciosas y torpes intromisiones políticas. Jorge Mas, un multimillonario estadounidense, ostenta la presidencia sin apego alguno desde Miami; el accionariado se dispersa entre las sombras de una gestión cuyo epicentro se localiza en el Atlético de Madrid y sus ramificaciones en el consejo de administración, y Juan Forcén, quien ha hecho de sus intereses personales bandera desde que apareció en esta escena con los comisionistas, se ha erigido en líder de un hipócrita y oportunista aragonesismo de la estructura deportiva para maquillar el desastre de su implicación en este bochornoso contexto. De la directiva, es el único con raíces locales además de Guzmán Pérez-Ayo, abogado que trabaja para el empresario. Un par de falsos eslabones al servicio de una revolución en plena involución, nada menos que con Luis Carlos Cuartero como asesor…

Las contrataciones de Lalo Arantegui y su grupo de trabajo, David, Navarro y Néstor Pérez se han ejecutado con una urgencia extrema. Presentados como referentes del zaragocismo de cuna y de ideales reconstructores de un club que conocen a la perfección, de lo primero no hay argumentos para dudar, pero sí de lo segundo, ya que salvo el director deportivo, el resto ha tenido un paso fugaz o nulo por el Real Zaragoza. Sí disponen de información contrastada del fútbol regional y pueden ser útiles para esa función. Incluso, por qué no, para forjarse un lugar donde nunca o apenas han estado, porque a veces, en este cosmos tan particular, los méritos se adquieren con dos o tres buenos resultados que luego hay que ratificar con otros que se produzcan por la valía del implicado. La experiencia de ambos en el lienzo de las categorías aragonesas se enmarca en el futuro, como mucho y no es poco, para la revitalización de la Ciudad Deportiva. Arantegui sigue otra ruta aunque parezca la misma. Maneja dos escenarios pero poco a poco, impulsado por la realidad, se descanta por el de Primera RFEF y el gasto contenido que va exigir esa categoría. Son los soldados de Forcén y de quienes representa, una trama a la que le preocupa lo más mínimo si se desciende o no.

La intención, buceando hasta lo más profundo de la ingenuidad, puede ser buena por la pincelada regional que se está dando el club, muy importante en proyectos anteriores con una diferencia sustancial: por poner algunos ejemplos entre todas las figuras destacadas que han dado esplendor al club desde sus entrañas estaban Tomás Arnanz, Rosendo Hernández, Avelino Chaves, Rosendo Cabezas, Luis Costa, Víctor Muñoz o Pedro Herrera, ninguno de ellos aragonés pero sí exjugadores notables salvo Cabezas. Y cómo no, el entrañable Manolo Villanova, zaragozano y zaragocista hasta la médula. La proximidad con el terreno ayuda, pero mucho más la cercanía con la idiosincrasia de lo que se representa. La clave del éxito o del trabajo bien hecho, no obstante, reside en los responsables de la elección de los profesionales que ocuparán esos cargos. Y en este sentido, la historia es infalible y esclarecedora cuando no se la tiene en cuenta. De los 33 presidentes, apenas tres no son originarios de la Comunidad, entre ellos Jorge Mas. Con nombres que a su manera pero con un enorme compromiso personal han engrandecido la institución con el zaragocismo y la afición de la mano. José María Gayarre, Cesáreo Alierta, Faustino Ferrer, Waldo Marco, Alfonso Usón, José Ángel Zalba, Armado Sisqués, Ángel Aznar, Miguel Beltrán, Alfonso Soláns Serrano…

Este Real Zaragoza lleva presidido sin zaragocismo desde 2006 (si es que Alfonso Soláns junior lo era), justo desde al aterrizaje de Agapito Iglesias, un satélite del socialismo que se intercambio el puesto con Eduardo Bandrés. Desde ese kilómetro, el empresario soriano fue prestando el sillón a efímeros presidentes hasta que la Fundación 2032 eligió a Christian Lapetra, hijo del mítico futbolista Carlos Lapetra, como su cabeza visible y títere del grupo. Con César Alierta de rescatador económico y Fernando de Yarza como eje del pelotazo que pretendía dar la oligarquía de esta ciudad con La Romareda, el club sobrevivió de la cantera hasta que el expresidente de Telefónica se agotó de pagar las rondas y aceptó la propuesta americana de Forcén, vínculo directo en la operación y de nuevo superviviente en el nuevo consejo, para vender sus acciones. Veinte años en los que ha habido directores deportivos del calado de Antonio Prieto, Miguel Torrecilla, Juan Carlos Cordero y Txema Indias. Directores generales como Gerhard Poschner, Jesús García Pitarch, Raúl Sanllehí y el vigente Fernando López… Mientras el Real Zaragoza sea pilotado como un vehículo de egoísmos o una subcontrata, los funcionarios estarán bajo sospecha sean de donde sean, sepan lo que sepan. El zaragocismo es hoy en día exclusivo de los aficionados pese a que no mezan la cuna de la que se siente hijos.

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