Lo sencillo es lo opuesto a la simplicidad. La sencillez es un arte, que se consigue con esfuerzo, para lograr recordar, resumir y radicar. Es decir, consolidar un conocimiento para asentar una información, reducirlo para que sea más fácil asimilarlo y enraizarlo para que forme parte de la experiencia aprendida. Estas tres erres son la excelencia de la comunicación eficaz. Lo simple es lo burdo. El simplismo consiste en alimentarse con vaguedad de lo que otros digieren, para evitar pensar con el estómago del cerebro propio.
Los humanos somos seres complejos que nos volvemos complicados porque no queremos esforzarnos con la sencillez. Buscamos recovecos que disimulen nuestra incapacidad. Retorcemos las excusas para justificar que siempre somos no culpables. Pero nunca somos responsables de las decisiones, porque la honestidad es demasiado sencilla, mientras que la perversión es alambicada. Tanto nos gusta lo barroco que somos unos churriguerescos del comportamiento. Lo de la arruga es bella lo puso en valor Adolfo Domínguez como línea de moda. Pero es la vestimenta psicológica que, a diario, nos desnuda a las personas.
El Real Zaragoza hizo un partido sencillo en Santander. Con un planteamiento complejo, nada simple, que se preparó a conciencia y salió como se merecía. Nunca sabremos qué hubiera pasado si la pifia inicial de Andrada hubiera terminado con el rival adelantándose. Tampoco sabemos si el fallo de Kodro en el modular, la pasada semana, hubiera cambiado el destino de los dos partidos consecutivos. Kenan se enredó consigo mismo en casa y al liarse en un embrollo tan enmarañado resolvió con simplicidad sin efectividad. En cambio, la noche del sábado ejecutó con sencillez tres balones mucho más difíciles. Tres goles sencillos con un triple golpeo de malabarista. Nos hubiera alegrado empatar, al menos, contra Las Palmas y nos habríamos conformado con esa misma quiniela en casa del líder. Pero ahora tenemos tres puntos sencillos y en la hipótesis rebuscada hubiéramos sumado dos. Una sencillez natural que nos rescata del furgón de cola de la clasificación para acercarnos a la línea de flotación. Nuestro equipo es un atleta que ha salido el último, pero al que todos los corredores que van en la cola lo ven pegado a sus talones. Los que creen que no les cogerá, saben que les adelantará. Lo simple sería mirar a los demás, lo sencillo seguir por la propia calle. No es problema de lejanía, porque el comienzo en la línea más distante te conduce a la igualada cuando la curva se cierra.
Los equipos modernos juegan en bloques. Uno bajo la portería y otro que busca el fuera de juego de los contrarios. Ambos son una ruleta rusa de resultados. Si se sabe ejecutar de forma sencilla ambas tácticas, el resultado es difícil para el oponente. Pero muchas veces los conjuntos se acostumbran a un sistema que sólo una extraordinaria calidad puede convertir en resultados positivos de regularidad. El Barcelona deja muchos huecos en su patio trasero y el Madrid se encuentra cómodo desde un centro del campo en el que hoy no se reconoce. Los blaugranas atacan sin defensa y los de la capital contratacan sin zona media. El resultado actual es que Florentino, que ejerce de Trump del fútbol, no admite una equivocación que pueda ser suya. A lo que iba. Los equipos comprometidos física y psicológicamente, funcionan más como un acordeón que como una escuadra. Los de Sellés salieron con un planteamiento sencillo que se estiraba y contraía en función del terreno que pisaba el equipo rival y no tanto en función de la zona por la que atravesaba un balón que era acariciado abusivamente por los cántabros. Los mimos se agradecen pero imponen más ternura que amenaza. Y los nuestros respondieron, como un reflejo condicionado, golpeando con firmeza la tierna mirada santanderina que no entendía como se fallaba una ocasión regalada. Cuando los del Sardinero se dieron cuenta de que la flexibilidad del León atenazaba todas sus líneas ya habían sacado dos balones de sus mallas.
Estos partidos se sienten con el corazón en las gradas pero se ven como un partido de tenis desde el televisor. La estrategia de acompañamiento por los extremos, la rapidez en el despliegue y la oportunidad en la culminación fueron los tres tantos que se reflejaron en el marcador. Al menos los que se llevó José Alberto, al que se le quedó cara de actor de tele novela tras no entender el reparto por mucho nombre artístico que exhibiera. Su falta de confianza la mostraba sin rubor con un cartel en la trasera del inmaduro abrigo con el nombre de su equipo que se divisaba desde la cercana playa. Miraba el partido desde la banda como si lo entendiera y su gesto simple reflejaba que era uno de los protagonistas perdidos en la serie de ese mismo nombre (Lost, 2004). Cada cambio en el banquillo simplificaba la propuesta inicial. Cada minuto que avanzaba, el fútbol se retardaba. En su ayuda, la expulsión de Soberón y alguna que otra rebelión muscular dieron un poco de esperanza a los locales y mucho de terror a los que esperábamos que esa obra de arte no la arruinara un tachón inoportuno. Los aficionados necesitábamos un final feliz tras tanto comienzo desgraciado. ¡Qué menos!
Rubén fue más Sellestein que nunca. Y los jugadores ejercían de lo que son. Nunca antes nadie hizo tanto con tan poco. Pero el resultado fue más de pico que de pala. Y la obra salió de carretilla. Nos quedamos con la duda de un Bakis que hizo más de Sinan que de Conan. Jugó con la navaja de sus faltas cerca del área grande blanquiazul en el tiempo de cierre y nos la puso en el cuello sudoroso de esos minutos finales. Su posición se encogió en lo defensivo y sus valores pierden fuelle respecto a sus prestaciones como delantero. Saidú y Gomes, son capaces de rendir en cualquier posición. Y Tasende ha ganado confianza con esos chicos de guardaespaldas juveniles. Cuenca ha llegado para quedarse y Francho para no cansarse. Con alas, Kodro vuela. Porque hasta ahora hemos planeado demasiado en vuelo acrobático, pero no nos hemos dejado llevar por la sencillez del cierzo maño.
El delantero vasco bosnio, salió al campo y jugó de padre y muy señor mío. Sobre todo porque Meho, su progenitor, ya le había enseñado a marcar de dos en dos, por triplete y a la cuarta potencia. Lo que le llevó a ser en 1995 el segundo goleador de la Primera División, tras el famoso Zamorano. Para vengarse de quien le hurtó el “Pichichi”, les endosó a los madrileños un triplete con la camiseta del Barça. Eso está en sus genes. El liderazgo de su hijo tiene mucho en común con otro figura del fútbol. Cada uno en su tiempo y categoría. Hay hombres que han dejado huella con sus nombres. Uno fue Ricardo dos Santos, al que se le llamó cariñosamente Kaká. Un apelativo brasileño para los Ricardos. Un gran jugador que retumba mucho más, por una sonoridad que ensalza la calidad de este media punta de gran talento. Pero Kenon Kodro (Kekó) también se presta a darle una acústica que esté a juego con su talento. Dos grandes jugadores, Kaká y Kekó. Si nuestro delantero de referencia sigue marcando los goles de forma tridimensional todavía será mejor que si son en estéreo. De momento ya estamos a un partido de la ¿meta? No, en todo caso, de empezar a recuperar algo de la dignidad que nos han robado desde esta propiedad tan simple. Pero gracias a una afición tan sencilla podemos mantener las constantes vitales. El caso es que la cuesta de enero podría ser para los maños la escapada del descenso. Dos partidos en casa para celebrar San Valero con un roscón en el que cambiemos el nueve de la celebración por un seis y nos comamos un dulce de 26 puntos.

