Las personas somos proactivas o reactivas. Aunque tenemos una tendencia a formar parte de una de estas dos categorías, no se trata de una clasificación estable y permanente. Los proactivos gozan de la benevolencia de una palabra que ya en su definición es más positiva. Se trata de personas que suelen tomar la iniciativa, intentan solucionar las dificultades, aunque no tengan todas las herramientas para hacerlo, son más organizados y planifican mejor. Los reactivos esperan que sucedan cosas para responder, no intentan nada que no sepan afrontar y se organizan sólo cuando ocurre algo. Hay un tercer tipo de sujetos, a los que llamamos impulsivos, que mezclan algunas características de los dos anteriores. Son personas que tienen iniciativa desorganizada, intentan buscar alternativas, aunque no controlen las soluciones y sólo se organizan después de hacerlo.
El Real Zaragoza es un equipo reactivo. Puede que no lo hayan hecho así, a idea, pero es el resultado del conjunto que alumbró la dirección deportiva con el consentimiento, presupuesto e indicaciones (o irresponsabilidades) de la actual propiedad. Al menos, desde que Sellés ha llegado de entrenador, el conjunto blanquiazul tiene una identidad. Porque lo peor que te puede ocurrir es que no seas ninguna de las tres opciones sobre el césped. Con Gabi el equipo nunca tuvo iniciativa, no reaccionaba y carecía de pulso competitivo. Ahora sabemos que el equipo del León se mueve entre lo impulsivo y lo reactivo. No hay nada malo en ser así, pero hay que saber jugar con ese traje psicológico. A los nuestros les cuesta tomar el liderazgo de los encuentros, pero saben encajar los golpes y responder con peligro. En Santander fueron tres ganchos sorpresivos de izquierda que derribaron a un rival superior. Y el pasado sábado, una respuesta impulsiva consiguió igualar a los puntos un combate que por superioridad se llevaban lo donostiarras.
Es lo bueno que tienen las personas, las organizaciones y los equipos reactivos. Que te pueden sorprender cuando la proactividad ya se había hecho con las riendas de una situación que pensaban controlada. La reactividad está llena de rapidez y eficacia inmediata, optimiza lo que tiene, sabe gestionar mejor las crisis y necesitan una menor inversión inicial. La suma de impulsividad y reactividad puede dejar fuera de combate a cualquier proactivo, más si va subidito de superioridad.
El fallo de Rubén fue querer ser proactivo en su reactividad. Por definición, lo reactivo se centra en la respuesta. Y dispuso un equipo, una táctica y una alineación, repetida de Cantabria, que no estaba hecha para reiterar una forma de jugar, en modo respondón, saliendo a liderar la ofensiva. Se salvó el mobiliario de los puntos, gracias a la impulsividad, pero se pudo perder la casa al jugar como no somos, ni sabemos.
Los espectadores que acudimos al encuentro lo hicimos con dos convicciones fundadas. Que nos íbamos a mojar y que íbamos a vencer. Ni nos calamos ni ganamos. En esta ocasión la previsión de la Agencia Meteorológica acertó de pleno. Nos daba un respiro en las desguarecidas tribunas a los asistentes justo en el tramo del partido. La precisión pluviométrica fue quirúrgica y apenas unas gotas nos acariciaron el rostro mientras llegábamos al estadio. La carpa de la Fan Zone servía de refugio que, esta vez, había acorazado los laterales para evitar que se colara el agua que amenazaba al resto de líquidos que se consumían. Algunas avispadas seguidoras se ponían, allí mismo, ropa de nieve por lo que pudiera pasar a techo descubierto. Y es que la inteligencia no está reñida con la pasión. Los demás entramos encomendados a la Virgen de la Cueva. Nos hizo caso, pero más para evitar que saliéramos a chipiarnos fuera del descenso que a mojarnos en el interior del modular.
El encuentro comenzó mal y terminó peor. Hasta el lunes por la noche no captamos que el punto no era pésimo y que la ocasión no pudo haber sido mejor, de haber ganado. Nos alejamos dos puntos del último, nos acercamos uno a la Cultural. Recortamos otro punto al Huesca. Y mantenemos distancia con el filial vasco, Granada y Eibar. Contradicciones de una afición que silbó con razón durante los pases atascados de los nuestros y que tembló con justicia en cada acometida de los vascos. Tras el agónico empate, no sabíamos si la humedad de los estrechos asientos provenía del plástico hacia nosotros o bajaba de nuestro interior a los andamios. Los cinco minutos de descuento fueron trescientos segundos de desesperación. Desde las gradas pedíamos más tiempo y desde el campo nos lo devolvían con encogimiento de brazos y piernas. El filial parecía tener más ganas y motivos para buscar el segundo tanto que nosotros la remontada. Con eso lo vimos todo.
Debemos reconocer que el rival tuvo más ocasiones. Un equipo que jugo de cine. Como el prestigioso festival que acoge Donosti. Quizás por eso aparecía Amenabar de patrocinador en su camiseta… El caso es que el resultado dejó peor sabor de boca deportivo a los forasteros que a los nuestros. La colegida estuvo correcta y se agradece que la igualdad llegue a una zona hostil como es el fútbol. El debate sobre la falta sacada con precipitación, que terminó en el fondo de las redes, no es argumento para invalidar un arbitraje más que correcto. Por desgracia la homofobia sigue muy presente en este mundillo en sectores que conservan la misma caspa que Julio Iglesias. Las muestras de solidaridad y apoyo de la afición céltica a nuestro Borja Iglesias hubieran merecido el respaldo del club maño. Las uñas pintadas de celeste bien pudieran ser también de un azul zaragocista que nos representara a una gran mayoría.
El Zaragoza comenzó perdiendo y la reactividad se activó, como dice el obligado manual, con el marcador en contra provocó que la impulsividad llevara un remate al palo de Kodro y el gol de Paul. Las celebraciones dicen mucho del ánimo. Recordamos goles en los que sus protagonistas mandaban callar a una grada resultona (por mucha razón que tuviera la afición). Esa venganza dejaba más heridas que las críticas hacia los jugadores. En otras ocasiones, la alegría se dirigía a una persona en concreto, del vestuario o equipo técnico, que había sido el único apoyo que sintió el frustrado goleador. Aquí hay remisión y recuperación. Pero en el gol de Akouokou vimos naturalidad. Si analizamos los fotogramas del tanto, el jugador mira con una mezcla de sorpresa e interrogación porque se sabe al límite del fuera de juego. Quizás su memoria no recordaba el último de sus goles en competición oficial. El gesto de su bota es perfecto. Nada que ver con la caricia de su mano para lesionar el monitor. Sin duda un jugador de contundencia manual y arte pedio. Tras la ratificación por la colegiada, la alegría por el tanto se desborda en la mirada y sale ese gran centrocampista con llegada que pudo ser y que quiere ser, pero que él mismo no se deja ser. Veremos si es el sueño de una noche húmeda de invierno o una realidad efectiva hacia la primavera de la clasificación.
Por lo demás, este equipo debe adaptarse a lo que es y no jugar a lo que se le pide. Ser reactivo no significa que siempre haya que ir detrás del marcador, sino que las herramientas y la disposición de los jugadores se definen con ese planteamiento base. Da igual que juguemos en casa o fuera. Porque si no hay iniciativa, el escenario para tenerla es contraproducente. Al menos mientras no se apañen las líneas con incorporaciones que se hacen rogar. Cada partido que seguimos vivos, a pesar de los tropezones, es una oportunidad de enderezar las carencias para tener más prestaciones. Mientras, seguiremos defendiendo a nuestro equipo con uñas de fiereza, y también de solidaridad, como las de Borja Iglesias. Y con dientes, como los colmillos del León blanquiazul.

