El tratado de ‘Versellés’

Los humanos admitimos los errores. Pero somos mejores buscando excusas que los justifiquen. Como bien se sabe, una excusa es una mentira elaborada con premeditación. Las equivocaciones llevan a los remordimientos y estos al malestar. Nos manipulamos a nosotros mismos para despistar a los demás. Nos engañamos, a sabiendas, para que los demás piensen que les decimos la verdad. Ahora bien, sólo hay una forma de evitar la culpa sin pedir perdón: explicar que lo que hemos hecho se ajusta a un plan premeditado. De este modo trasladamos que un beneficio mayor justifica un mal menor. Uno de los debates por excelencia de la filosofía, se da de bruces contra nuestra realidad ¿el fin justifica los medios? No pero sí. Aunque aplicamos el sí, pero no. El poder se sustenta en mantenerse por todos los medios con la excusa de mantener nuestro bien. La Iglesia Católica dice en su Catecismo, con claridad, que el fin no justifica los medios. La ética islámica también va por el mismo camino. Parece que, para las religiones, lo de matar infieles no atenta contra ese precepto. A lo que iba. Se busca la aceptación del error, informando de que no es una metedura de pata sino una iniciativa provocadora. Es una táctica a la que los estrategas del marketing suelen acudir en casos de crisis de reputación. Permite evitar el desgaste del protagonista, al mismo tiempo que le dota de liderazgo y le da apariencia de control de una situación que se ha desmadrado por la propia torpeza. Esta técnica se utiliza más en el mundo de la empresa que en el del deporte. Pero funciona igual de bien o peor.

Nos preparamos el sábado para ver la disputa de dos leones heridos y terminamos bostezando con dos mininos compungidos. Es difícil aburrirse mientas ves a tu equipo jugarse la vida. Pero este grupo es capaz de eso y mucho más. Vimos una primera parte infumable y una segunda interminable con un resultado impresentable. Un penalti que atenta a la lógica de la gravedad estuvo a punto de dejarnos sin la miseria del punto. Si el balón da en el cuerpo de Francho no es posible la inmovilidad del resto de su organismo, que simplemente acompaña a sus piernas, sin intervenir directamente en evitar el centro del rival. En fin, lo mejor fue la parada de Andrada que se movió más rápido en su estirada que el conjunto de todos sus compañeros. Poco más que reseñar. Un ni quiero ni puedo de inicio y un quiero pero no puedo de cierre. Un Zaragoza tan plano como horizontal y tan liso como carente de ideas. El fútbol es algo más que un juego estático de futbolín. Y los pases horizontales, sin profundidad y sin rapidez, retratan la temporada de los nuestros.

Una pancarta tras la portería reflejaba la identidad de los dos equipos. Decía “orgullo cazurro”. No sabía si era un mensaje amable a la tozudez maña o la curada contundencia de la cecina de León. Me vino a la cabeza uno de mis pocos recuerdos positivos de mi estancia en esa tierra en la que hice la primera parte de aquel viejuno servicio militar en aviación. El primero, y más importante, estaba relacionado con el famoso Barrio Húmedo, en el que en mi inocencia de recluta juvenil pensaba que iba a aprender las artes del kamasutra leonés, y luego resultó ser un chisposo lugar de confraternización alcohólica. También me quedó un poso de su catedral, que debió quedar difuminado por las más divertidas rutas de bares. El caso es que cazurro define lo tosco, lo zafio, lo grosero, lo burdo y lo zopenco, entre otras magníficas definiciones de nuestro diccionario. Pero no me imaginaba que un lema tan contundente reflejara, en dos palabras, a dos conjuntos vestidos de futbolistas.

La afición local comenzó el partido mostrando su protesta en forma de cartulinas rojas. Nos sentimos identificados porque nos llevamos la palma de sanciones y expulsiones. Pero ni aun así nos dimos por aludidos. De hecho la disputa en León hubiera sido sospechosa si ambos equipos hubieran necesitado el empate para beneficio mutuo. Ni siquiera el árbitro consiguió inaugurar el marcador. Ves en la televisión cualquier otro partido, de cualquier categoría inferior y se disfruta de más fútbol que el que sufrimos frente a la Cultural. Y esta ha sido la norma en la práctica totalidad de la competición transcurrida. Sólo en Santander disfrutamos, con miedo al final, de un partido que nos sacó la sonrisa.

Algo no funciona si en una situación de emergencia tu equipo no responde y el entrenador hace un reproche tanto a la afición que se desplaza, como a los que vamos al campo modular arriesgando la salud y a quienes nos solidarizamos con los que viajan desde la comodidad de nuestro sofá. No sé si el apoyo del club a sufragar parte del próximo desplazamiento a Andorra viene con ticket regalo para su devolución si los decibelios de apoyo no se valoran lo suficiente desde las oficinas de Eduardo Ibarra.

El míster no pierde los papeles porque dice lo que piensa. Aunque luego matice que ha pensado previamente lo que dice para nuestro bien. El técnico busca una reacción, nos cuenta. Pero Sellés obvia la tercera ley de Newton. Esa que dice que por cada fuerza de acción que se ejerce sobre un cuerpo, este realiza una fuerza de reacción igual en magnitud e intensidad. Si el que llegó a ser Sellestein, con su genialidad en Cantabria, comienza a ejercer repetidamente de monstruo que descose los retales que le han dejado los dueños de este club y su dirección deportiva, lo tenemos mal o es que lo ve crudo. O las dos cosas. Después de trece años sin acción, y esta temporada de deserción, nos piden reacción. Bastante reacción ha sido la paciencia de esta afición frente a estos Forcenes, Aguilares, López, Indias y demás tropa, protagonistas mancomunados de esta tragedia griega que nos están sacando los ojos zaragocistas del fútbol.

No cuela amigo Rubén. Su discurso de ver la situación como Sellés, es en realidad un tratado de VerSellés en el que parece haber firmado una rendición con apariencia de acuerdo de paz. No queremos el reposo del León, al que nos invitan tantos para que descanse en paz, sino la recuperación de un rugido al que siempre ha acompañado y seguirá apoyando esta afición maltratada, usada y abusada como decoración de un negocio ajeno. Quiten sus sucias manos del Real Zaragoza, callen sus bocas amordazadas por la promesa de un beneficio con forma de Nueva Romareda y, sencillamente, intenten jugar al fútbol con el compromiso, la dignidad y la intensidad que merecemos las y los aficionados.

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