Los merecimientos son reconocimientos sin alimento. Son las chuches del ánimo, que dan palmadas de azúcar en las nubes de algodón de los deseos. Tienen fundamento, pero no sacan del empobrecimiento. Al fin y al cabo, son los otros los que nos dan nuestro merecido y también nos lo reconocen. Nos lo dan porque nos lo hemos ganado como castigo, y la venganza es la pena. En cambio, si damos pena nos regalan unas merecidas loas para enjuagarnos las lágrimas de dolor que se mezclan con el sudor del esfuerzo. Una de yeso sin cal y otra de arena sin grava.
Nuestro equipo ha jugado dos partidos que no ha merecido perder y ha obtenido un resultado que se merecía por su temporada y su planificación directiva. La lucha entre la ilusión y el dolor se muestra en las tablas de la decepción. Volvimos de Madrid con más juego que resultado y salimos este domingo del modular con más ocasiones que botas blanquiazules coincidían en el césped. Por cierto, un terreno de juego que mostraba una alopecia preocupante a pesar de la juventud de su pelaje. Dos noches de fútbol y tres decenas de pesadillas en forma de oportunidades. Casi da para una canción de Sabina. En el caso del Real Zaragoza, es la pesadilla que se muerde una cola de la que se resiste a salir. De momento, también nos podemos preguntar ¿quién nos ha robado el mes de abril? La respuesta amigo mío, como diría Bob Dylan, está flotando en el viento sin velas de los dueños del club.
Lo bueno es que la mejoría permite la frustración, donde antes sólo había abandono y depresión. Lo malo es que la ansiedad habita en la hambruna de la confianza y ya no sabemos si enfadarnos o animarnos. La brújula de la afición está desmagnetizada y se divide entre aplaudir a los suyos o silbar a los de fuera que se sientan en el palco. Vivimos un minuto 32 bipolar en el que los labios pitaban a los dueños y las manos empujaban a los jugadores. La noche comenzó preciosa. Nos costó llegar en tranvía. Más que salir. La alcaldesa se gastó el exceso de refuerzos de movilidad con la Semana Santa, y no se observó la misma fluidez con el fútbol laico. Ella es más de procesiones, aunque los penitentes seamos los aficionados. Chueca sigue haciendo cosas, como nos relata esa maravillosa cuenta de Instagram. A lo que iba, el atardecer que se veía desde la tribuna que oteaba el oeste mereció la pena. Aunque hubiéramos cambiado la puesta de sol tardana por una victoria temprana. Y conforme el sol se ocultaba, nos sorprendió Venus con una belleza que no tenía nada que envidiar a la diosa de Milo. Pero pasar de la poesía celestial a la prosa terrenal nos llevó al disgusto. Un gol para adelantar y una derrota para retrasar. De los números que echamos en cada cumbre de tres jornadas, hemos obtenido cuatro puntos de los seis propuestos. La posible derrota en Leganés se compensó con un empate que no ha solucionado el traspiés con el Mirandés. Lo que nos obliga a mantener el objetivo propuesto con un par de empates, al menos, en las jornadas restantes. Dos victorias inapelables en los dos encuentros que disputan los nuestros en tierras aragonesas, y compensar en Córdoba lo posible para recuperar el tiempo perdido.
Navarro quiso empezar de cero frente al conjunto castellano, aunque hubiera sido más productivo enlazarlas de seguido. Las jornadas frenéticas conviene verlas, física y mentalmente, con continuidad competitiva. Y los que acabaron tan bien en Leganés son los que merecían comenzar el encuentro del pasado domingo. Tienes así un horizonte de sucesos con más lógica y mejor coherencia. Pero David es un Goliat del fútbol al que le han puesto una china con pocas aristas. Es un problema que no ha provocado ni él ni nosotros. Pero la solución nos incumbe a todos. Y ahora es el momento de convertir un grupo cohesionado, en un chicle con sabor que permita coger sustancia para exhibir una pompa que nos mantenga en el fútbol profesional, a pesar de que el producto no tenga suficiente goma en sus botas.
Este equipo se recuperó tras su regreso de A Coruña y sigue vivo tras una semana con más pasión que gloria. No hemos avanzado y no hemos retrocedido. Seguir en el mismo sitio, en el peor de los casos, es una opción. Siempre que progreses construyendo nuevas ocasiones. Hubiéramos cambiado la pasada derrota por victorias en Valladolid y Huesca. Que así sea. Total, si apenas hemos disfrutado en un estadio que, al menos, ya se ha convertido en nuestro hogar, nos prepararemos para volver a celebrar alegrías en casas ajenas. Si vemos estos dos partidos como una tormenta, no nos ha partido un rayo jugando como un trueno. Pero la eficacia depende de la luz y no del ruido que provocas. La suerte suele tiene que ver mucho con los merecimientos. Son dos palabras que se aman o se odian. No tienen término medio. Los centímetros del azar que separaban los cuerpos de los visitantes de los disparos de los nuestros darían para una clase de álgebra espacio temporal. Ya lo decía el escritor Víctor Hugo: “mezquina cosa es la buena suerte. Su falso parecido con el verdadero mérito engaña a los hombres”.
Para meritar de verdad hay que ganar con y sin merecerlo. Porque hemos hecho tanto esfuerzo en ganarnos a pulso lo que no nos merecemos, que deberíamos salvarnos, aunque no lo merezcamos. Vamos, lo que hemos hecho tantas veces en los últimos años.
