Existen dos tipos de dependencia: las que nos imponen los demás y las que nos creamos nosotros. El poder se basa en infundir miedo para evitar que seamos autónomos. Por eso nos sentimos tan dependientes. Lo somos en el trabajo y en las relaciones sociales. En la pareja, el machismo se fundamenta en crear dependencia de la mujer hacia el hombre. Sobre todo en lo económico, para evitar que pueda ser independiente. Confundimos el amor con la dependencia. El enamoramiento es interdependiente para una convivencia pactada entre iguales. Nos necesitamos, hasta que la muerte nos separe, porque ni siquiera deberíamos depender del final para seguir juntos en el recuerdo. Sin que esto suponga exclusividad imperecedera. Las pandillas fomentan la dependencia al líder a cambio de integración con la mara. Las religiones y las sectas piden obediencia y dependencia en la Tierra para tener el favor divino en un supuesto más allá. Por otro lado, la sensación de depender de otros nos evita responsabilidad y culpa. Es tranquilizador saber que estamos en manos ajenas para no tener que esforzarnos por nuestros medios. La cesión de derechos nos lleva a quedarnos sin ellos. Nos ofrecen deberes que debemos cumplir si queremos seguir viviendo de rentas externas. Todo tiene un precio. El de la dependencia es un coste elevado para vivir muy cómodo.
En las competiciones deportivas de equipo, la dependencia se confunde con el liderazgo. Si falta ese compañero al que hemos nombrado imprescindible, la consecuencia es que los demás somos innecesarios. Nos debilitamos sólo con pensar en la soledad de nuestra responsabilidad. Los objetivos no se alcanzan por la ausencia de los que consideramos fundamentales. No porque no hayamos aportado lo mejor de los demás. Es preciso que los grupos funcionen de forma cohesionada y horizontal. Por desgracia, cada vez se impone más la verticalidad en la toma de decisiones, que va desde los jugadores a los responsables técnicos y gestores. Este tipo de dependencia se fomenta, y se crea, porque buscamos más estrellas que referentes. A los ídolos los reverenciamos siempre y en cualquier caso. En cambio, los referentes funcionan como señales que ayudan en el camino y que permiten a cada cual tomar el suyo. Lo vemos en el fútbol base y en el deporte profesional. Nos cuesta mucho más formar equipos que subir de vez en cuando a hombros a pequeñas estrellas que se difuminarán con los años en los terrenos de juego.
El Real Zaragoza salió perdiendo a disputar su encuentro con el Córdoba porque dependía de lo que no tenía. El referente de este equipo, en sus coletazos por no desaparecer del fútbol profesional, había sido Rober. Los fogonazos de Francho, Keidi y Kodro habían estado presentes de forma intermitente. Pero el jugador extremeño había sido nominado como imprescindible. Una verdad contundente que deja una orfandad estridente sin su presencia en una convocatoria. En este sentido, lo que hizo Navarro fue transmitir el mensaje de que los puntos de Córdoba eran buenos, pero no merecían la pena arriesgar las extremidades lastimadas de sus jugadores de referencia en la aventura de la salvación. La disposición táctica hizo el resto. Y los que salieron al césped asumieron ese papel de figurantes sin un papel que desempeñar. Nuestros “Sanchos inocentes” hicieron suya la descripción que tan bien reflejó Cervantes para definirlos como once Caballeros de Tristes Figuras. Esta vez en tierras andaluzas y no manchegas. Esa “Roberdependencia” tiene más cosas buenas que malas, tal y como se ha configurado este “finstro” de temporada desde todos los estamentos. Pero es necesario equilibrar un rendimiento porque los blanquiazules están famélicos de autoestima. Y no necesitan que estén todos sus compañeros, ni los más importantes, para rendir con algo más de intensidad. Tras ver los dos últimos partidos, da la impresión que, al margen de las ausencias de este sábado, la alineación frente al Mirandés era la lógica contra los andaluces y viceversa. Veremos la solución para enfrentarnos al equipo del continente africano en la próxima jornada.
El resto de rivales nos siguen regalando oportunidades, a pesar de que nosotros desaprovechemos las nuestras. De los últimos nueve clasificados en la tabla, sólo ganó el Leganés. Hasta el Valladolid prefirió anoche acompañarnos en este sentimiento de sinvivir. Aunque el favor de la jornada se lo debemos al Cádiz. O al Andorra de un Piqué que, con su pasado zaragocista, se apiadó de nuestras penurias. El caso es que los aficionados del club del León nos pusimos la camiseta tricolor del Principado, ya fuera para animar al rival de los andaluces o para celebrar por anticipado los noventa y cinco años que hoy conmemoramos con la proclamación de la República en 1931. El caso es que nos acostamos el sábado, con la pesadilla de vernos esta semana a siete puntos de la salvación y estamos igual que cuando comenzó el fin de semana. Los mensajes en las redes sociales, el domingo noche, hablaban de esperanza. Y ya no sabía si era por la derrota de la ultraderecha de Orbán en Hungría. O por el favor que nos llegaba desde la Tacita de Plata, con un Andorra que le pasó por encima a unos gaditanos cada vez más “desgaditanos”. Nos estamos acostumbrando a ver con más emoción a los rivales que debemos alcanzar, para salvarnos, que a los nuestros. Porque en el partido frente a los andaluces sólo nos dio alegrías el VAR, empeñado en que sostuviéramos el ánimo hasta el pitido final por si sonaba la flauta, dada la inanición de tiros a puerta de los nuestros. La pena es que nos mantuvimos en el encuentro gracias a las hombradas milimétricas del rival, en el video arbitraje, y no a las nuestras. Pudimos recibir tres goles y nos marcaron uno casi de regalo. La media salida de Andrada no equilibró un par de buenas paradas. Tenemos un portero que para con seguridad, y pasa con acierto los balones lejanos, pero que transmite inseguridad. Más difícil todavía.
David Navarro se mostró noqueado en la rueda de prensa. Salió al terreno como si hubiera dormido mal y acudió a los micrófonos como si estuviera relatando una pesadilla que ya había anticipado. Sólo mueve la mano izquierda y la voz arrastra la resaca de todo el partido. Parece que el tiempo le agobia. Estuvo dirigiendo todo el partido con su abrigo, mientras que el míster local lo hizo en manga corta. Se nota quién pasa frío, por mucho que venga de la ciudad del cierzo. Esperemos que este sábado, frente al Ceuta, los jugadores rivales respondan con flojera de piernas al enfrentamiento que mantienen con su presidente a cuenta de los viajes que organizan en sus desplazamientos.
Si resguardar a tus únicas balas, hasta tener a tiro a los rivales, es una estrategia que puede tener sentido como inversión, no lo es como solución. Porque en realidad sólo hay un disparo para tumbar, con victorias, los bolos que juegas en casa más el que disputaremos en tierras oscenses. Lo demás serían puntos de respiración. Ahora, si nos complicamos la vida en el modular, los puntos van a ser de sutura. Y para esa recta final, necesitamos más colaboración que dependencia. Porque si salimos al campo a lamentarnos, podemos convertir una bella canción de apoyo mutuo en un lamento de nostalgia por los que no están. Ya lo decía Amaral: sin ti no soy nada. Se trata de sumar en un grupo para que cada protagonista aporte a lo que hay, y multiplique por si no lo hay, para mantener el equilibrio de un colectivo. Pero, con Rober o sin Rober, o somos un equipo o no seremos nada.

