La propiedad del Real Zaragoza, ahora dentro en un burbuja consentida, exprime el corazón del aficionado, en realidad tratado como cliente de segunda, para sostener lo que es una inversión sin pulso emocional alguno
La multipropiedad se ha mudado a una sofisticada burbuja para huir de la peste y pasar lo más desapercibida posible frente al descenso, a la espera de que amaine la tormenta y se produzca una salvación sin importarle la dignidad del proceso. Le es indiferente que sea porque el Cádiz fallezca de inanición o por un último golpe de orgullo del equipo que gestiona a años luz de cualquier tipo de implicación emocional. Lo ha conseguido porque ha sabido servirse precisamente de la implicación de un aficionado al que trata como un cliente de segunda y del que reclama, una vez cobrado el abono o el carnet, su imperecedero combustible sentimental, un valor que no le pertenece pero al que recurre como un mercader sin escrúpulos. Lo que está ocurriendo en el Real Zaragoza durante 13 temporadas de una serie de ignominias de todos los colores, es la aplicación de un nuevo y sofisticado modelo feudal. En este contexto se ha tejido, con la mayor de las artes sibilinas, una red de seguridad que consiste en trasladar la responsabilidad a la hinchada, a la que ha elevado a categoría de ejército fundamental de una guerra, la de los constantes fracasos de los administradores, que no le pertenece.
El ‘Sí se puede’ que se cantaba en las gradas de la vieja Romareda y ahora del Ibercaja Estadio es una estrategia de negocio. La mayoría de las voces que lo interpretan nacen de la sinceridad y de la propia iniciativa, pero después de tantos años se ha convertido en marca de una manipulación incesante. En cualquier otro espectáculo, semejantes bazofias serían inadmisibles por el público por muy fiel que fuera al arista, pero el fútbol se rige por códigos muy distintos. Se puede ser admirador de Shakespeare, de Chopin o de Picasso, pero con este universo, con el Real Zaragoza en concreto, hay un vínculo familiar que consiente mucho más de lo razonable. La búsqueda de la belleza por sí misma no es una condición sine qua non ya que lleva implícito cierto compromiso patriótico que antepone la victoria a cuestiones estéticas. Ahora bien, todo tiene o debería tener un límite. Este club no es que haya abandonado por completo su tradicional querencia por el buen gusto, sino que además pierde o no gana, no pocas veces humillado por la progresiva desnaturalización de sus raíces (artificiales en estos momentos) y de la calidad de sus profesionales en todas las áreas.
La vejación es sideral. Pero siempre queda el aficionado como signo de pureza. Su influencia, sin embargo, va perdiendo fuerza por el exceso de toxicidad, de contaminación y de unos resultados en nada casuales que superan la buena voluntad y el compromiso. La tendencia actual, a la que se ha entregado también la prensa con su habitual y antojadizo oportunismo, es de apoyo incondicional a la causa por muy compleja que sea. Mientras hay vida hay esperanza; mientras las matemáticas no digan lo contrario: Zaragoza nunca se rinde… Esa llama tan alta y noble se va apagando sin embargo. El protagonismo en la salvación que se quiere tener en el estadio o en las redacciones está en manos del Cádiz o del Mirandés. Quizás del Huesca o la Cultural. La campaña de acompañar al equipo desde todos los frentes es la correcta, pero al mismo tiempo sería de obligado cumplimiento, por respeto a la institución y a ese auxilio general y generoso de la ciudad, exponer a diario y con la dureza que corresponde a los responsables de lo que puede ser un siniestro provocado por su avaricia. Que al menos el ‘Sí se puede’ no sea parte de su infame negocio de beneficios personales y escapismo. Que no queden impunes ahora, ni en la salvación o en la condena.

