El ‘ventilhedor’

Las emociones son las habitaciones de nuestra personalidad. Por eso conviene airearlas de forma habitual si no queremos que nuestro comportamiento huela a rancio. El problema es que los humanos somos más de esconderlas bajo el felpudo de la apariencia o las acumulamos con las pelusillas junto a las cajas que nos acompañan en el suelo que esconde la cama. Entre la frustración permanente de reprimir las emociones, que nos conduce al agobio de rebosar suciedad psicológica, y la expulsión inmediata de emociones contra el resto del mundo, hay un término medio. Se trata de gestionar una limpieza cotidiana. De esta forma nos evitamos acudir a profesionales de la higiene mental y nosotros evitamos ser unos Diógenes de la represión emocional. La clave es que encontremos un hueco en la vida diaria para saber lo que pensamos y lo que sentimos. Si somos capaces de captar la diferencia entre estos dos procesos, tenemos mucho ganado. Normalmente asociamos la razón y la emoción, lo que nos lleva a creer que pensamos lo que sentimos y sentimos lo que pensamos. Y no es así. Al menos necesariamente. Si hoy no es nuestro mejor día, conviene saber lo que ha salido mal y, al mismo tiempo, ser consciente de la rabia que conlleva esa situación. Dejemos salir el enfado y sentirlo como tal. Sin asociarlo a un motivo. Sólo experimentarlo. Lo mismo si estamos ante un elemento positivo. Nos pueden bastar de cinco a diez minutos para esforzarnos en notar la diferencia. Los demás lo agradecerán y nuestro equilibrio también. Lo importante no es valorar si son buenas o malas emociones. No existe esa clasificación desde el punto de vista de la utilidad. Lo fundamental es captar su expresión y notarlas internamente sin que deban estar unidas al éxito o al fracaso. Les adelanto que estos consejos tan sencillos y eficaces son los más difíciles de realizar. Ánimo, merece la pena.

El partido que disputó nuestro equipo contra el Ceuta se centró en la ventilación. Fuimos con protección solar y gorra capilar, para disfrutar de una tarde de verano en este mes de abril. Pero lo que necesitábamos era un buen ventilador. Porque el tufo que vimos sobre el césped era tan bochornoso como la tarde. De este modo el equipo del continente africano estaba en su casa y los nuestros salieron con la camiseta de tirantes sudada, en plena siesta. Los de Tribuna Este nos refugiamos, hasta última hora, bajo la escasa sombra de los andamios. Pero luego entramos, y enseguida notamos un calor asfixiante en nuestro trasero personal y en el futbolístico. Menos mal que ya estamos curados de espanto y sabemos que cada vez que este equipo necesita ganar, prefiere mantener la emoción. Ni saben ni pueden. El debate está en dar con los que, al menos, quieren. Da igual que hablemos de los dueños, del cuerpo técnico o de los jugadores.

El ventilador que puso en funcionamiento David Navarro es muy humano y también muy mediterráneo. Porque entendemos la ventilación como un proceso de ensuciar a los demás y no de airearnos todos con aire fresco. Es un término que se ha utilizado a menudo en política para hablar de corrupción. La respuesta ante una acusación de esta índole no es que nos refresquemos con honradez sino que todos nos embarremos de porquería. Hay declaraciones que echan a perder una personalidad. Y hay decisiones que echan a perder un colectivo. Porque el míster forma parte de un grupo. No está por encima ni al margen. No está para escapar ni para inmolarse. Está para gestionar un grupo de profesionales difíciles. Y si Navarro pasa de ser uno de los nuestros para ejercer como uno más, contra otros, se equivoca. Como aficionado comprendo la decisión del triple cambio en el minuto 43. Como psicólogo deportivo no. La reafirmación no se puede hacer contra el grupo al que perteneces. Porque pierdes confianza y autoridad. Este equipo sólo se puede salvar de dentro hacia afuera. Y no señalando desde el exterior a los de dentro. Y mi indignación con el discurso del partido crecía cada minuto hasta decir basta con los cambios. ¿Pero de verdad cree Navarro que los tres jugadores que manda a la ducha a tres minutos de finalizar el partido, para que fueran señalados por su mirada, van a rendir en lo poco que queda como si no hubiera sucedido eso? Difícil. Aunque le podrían devolver a él (y a la afición) su propio ventilador reivindicándose con su profesionalidad. Esperemos que las disculpas de Keidi fueran acompañadas de las de David. El mejor arrepentimiento del equipo sería exponerlo en el Alcoraz. ¡Ojalá!

David Navarro impulsó una renovación del equipo que comenzó a dar sus frutos y que se ha ido apagando por puro desgaste de la situación (y deficiencias de gestión como la del pasado fin de semana). Uno de sus errores fue no aprovechar su llegada para renovar la pieza que marca una tendencia. Me refiero a la portería. Andrada puede ser un cancerbero útil en situaciones de normalidad, pero peligroso en situaciones de riesgo. Veremos cómo afronta la próxima alienación tras los terremotos en los cambios y los temblores bajo palos.

El míster se puso a hablar de mierda en el espejo de un ventilador. Mal asunto y huele peor. Navarro acaba de inventar el “ventilhedor” del fútbol. Los que lo queremos, le podemos escribir lo que pensamos para que no mezcle sus emociones, que surgen, con sus razones, que las tiene. Al fin y al cabo, los purines de la propiedad que ha secuestrado nuestro corazón zaragocista son los que han enfangado una atmósfera que sólo querían respirar los titulares de esta Sociedad Anónima Deportiva en beneficio de sus negocios. Porque son anónimos, pero huelen como cochinos.

Anoche perdió el Mirandés. Por cierto, en un encuentro que deberían ver obligatoriamente los nuestros. Eso es intensidad. A cinco minutos del final, perdiendo tres a uno, ahogaron a los gallegos con un balón al larguero y fallando un penalti que detuvo el meta del Depor. Pero es que antes, el árbitro perdonó la expulsión con roja al portero local. Si nos hacen ese arbitraje a nosotros, nuestra lengua hubiera funcionado como un ventilador de improperios.

En resumen, que salimos derrotados el sábado con un empate. Y ayer lunes acabamos siendo el único equipo de ¡los nueve últimos! que puntuó en esta jornada. A este paso las probabilidades de mantener la categoría deben contemplar la tesis de que podríamos salvarnos sin ganar un solo partido. Este ritmo de los rivales, perseguidores y perseguidos, es peor que el nuestro, así que llegaremos a 41 puntos con seis empates. El Cádiz, haciendo lo mismo que en sus últimas seis jornadas, nos lo pone en bandeja. Total, si los resultados de la realidad hacen tonterías con las ilusiones, yo puedo escribir absurdeces con aires de verosimilitud. Así ya me he ventilado la salvación.

 

 

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