La eutanasia es el derecho individual que todas las personas tenemos para poder morir con dignidad y sin sufrimiento en situaciones irremediables. En España se regula por una ley que aprobó el parlamento en el año 2021. Es un derecho social que hemos conquistado gracias al progreso. Como lo fueron en su momento el divorcio, el derecho al aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo. La eutanasia debe reunir una serie de garantías médicas y jurídicas para que pueda llevarse a cabo. Los psicólogos tenemos un papel muy importante para evaluar si el sufrimiento intolerable, que puede ser físico o psíquico, es persistente y si la persona mantiene la capacidad de decidir libremente. En la eutanasia es un profesional médico quien administra una sustancia que causa la muerte, mientras que en el caso del suicidio asistido es el propio paciente el que realiza el acto final, aunque cuente con ayuda ajena. Las personas que optan por esta solución para terminar sus días no quieren dejar de vivir. Quieren dejar de sufrir.
El Real Zaragoza es una institución en la que la metástasis se ha ido apoderando de toda la estructura orgánica y deportiva. Un deterioro de tantos años acaba por afectar también al único órgano independiente del club: la afición. Pero no somos inmunes a tanto despropósito. Nos cuesta pedir el final sin agonía porque cada minuto que respiramos vivos en el fútbol profesional nos permite buscar moléculas imposibles de vida en un cuerpo que sigue latiendo, pero que refleja un encefalograma plano sobre el terreno de juego. Sólo hay un respirador para cinco equipos con las constantes vitales bajo mínimos. Y la única forma de obtener uno es que el paciente manifieste la intención de seguir vivo. Hasta ahora el nuestro no lo ha hecho. Pero los que nos rodean no terminan de apropiarse de esa máquina de oxigenación.
La deriva del conjunto blanquiazul nos ha hecho ser bipolares. Entramos al estadio con ganas de disfrutar de una despedida de soltería futbolística y salimos con cara de funeral. Así llevamos desde la derrota frente al Mirandés en el modular. Hasta que los resultados de los demás nos alargan una agonía insufrible con una esperanza imposible. Es en ese momento en el que pensamos en la eutanasia futbolística como una solución para dejar de padecer. Nos aplicamos una “futboltanasia”, aunque al mirar de reojo el gotero de los demás, apretamos el nuestro para que no pase la dosis definitiva que nos haga olvidar un pasado que se ha apoderado de nuestro presente. Así hasta la semana que viene. Si todo va mal, como se prevé, el partido frente al Sporting de Gijón podría certificar el descenso al fútbol aficionado. Podría ser que, en ese caso, el último partido de liga profesional en esta ciudad, nosotros ya estuviéramos en otro mundo del balompié y el Málaga se juegue disputar el ascenso. No es difícil imaginarse a la mayoría del estadio animar al conjunto andaluz y silbar a los nuestros si se atrevían a intentar meter el gol que nunca consiguieron hacer antes a los rivales. Tragicómico. Y si lo previsto no se ciñera al guion, el sufrimiento se alargaría hasta la última jornada volviendo a los transistores del siglo pasado. No hay que olvidar que los aficionados que escucharan por internet los partidos de fútbol en el estadio, se enterarían con bastante retraso del resto de resultados y podríamos celebrar a la vez estar dentro y fuera del fútbol profesional. Sería la liga de Schrödinger.
Del encuentro del viernes por la noche ¡qué les voy a contar! Los jugadores optaron por la celebración festiva del Primero de Mayo y no por la reivindicativa. Se apuntaron a la versión contrarrevolucionaria para apoyar a la patronal de los errores en lugar de defender el fútbol mínimo profesional que nos merecíamos los seguidores. Al menos tuvimos la fortuna de no jugar a la misma hora del sábado, porque la tromba que cayó en Zaragoza podía haber causado más bajas que la decepción con los nuestros. Jugamos con luna llena, pero los futbolistas siguen de cuartos menguantes aunque mantengan sus emolumentos. Los protagonistas jugaron sin fe, los espectadores nos fuimos sin esperanza y los que nos preguntaban al salir por la experiencia, decidieron practicar la caridad con los que asistimos a otro cruel asesinato del León. A David Navarro se le ha quedado voz de descendido aunque lance palabras de descreído. Cada vez se parece más al actor Pablo Carbonell, líder del grupo “Los (futbolistas) muertos”. Y con explicaciones similares a las que se daban en el famoso programa infantil: “La bola de cristal” (1984-1988 TVE, Lolo Rico). Me imagino a nuestro míster llegar a casa y verse en la misma duda ética que persigue a Toni Servillo en la magistral película “La Grazia” (Sorrentino, 2026), tras ver lo que queda de aquel histórico caballo correoso del fútbol español y europeo. Quizás también pensó que se merecía un final digno y no un sufrimiento insufrible. El escudo de Navarro ya no tapa las vergüenzas de la propiedad que ha secuestrado a nuestro León. No es comprensible que estando a pocos metros del saque de la última falta no obligue, chillando o saltando al campo si hace falta, que se colgara el balón en el área rival. O no tiene autoridad, o no la impuso o no se la reconocen los futbolistas. La única opción de esta liga hubiera sido disponer de un míster cada cinco o seis partidos, que es lo que dura la intensidad de cada nuevo inquilino del banquillo. Quizás hayamos descubierto en la sorprendente charla de Agada de ayer en la Ciudad Deportiva a un líder tapado que ejerce de revulsivo motivacional para este grupo depresivo y deprimido. Los goles mentales preceden a los físicos. El “Agadismo” ha llegado y sin jugar ha ganado.
En todo caso, las quejas arbitrales del pasado viernes no justifican este asesinato premeditado del club, con un enriquecimiento injusto de sus propietarios: Más, Forcén y Aguilar. Las amistades políticas de estos con Chueca y Azcón, y el regalo del nuevo campo de fútbol pagado por todos, no van a suavizar las responsabilidades de tanto escarnio. Aunque la respuesta no son las pintadas en el domicilio del amigo del ya presidente de Aragón. La compra del campo de fútbol del Huesca, por parte de su gobierno, no sirve para compensar unos errores por otros. Estos cuatro partidos, sin más tapabocas, sin más mártires, sin más excusas, sin Mas…se le van a hacer bola a sus protagonistas. Normal, la afición lleva una úlcera de trece años.
Y volviendo al fútbol, uno sigue a los demás equipos y somos el que menos y el que peor compite. Vimos a la Cultural empatar en el descuento con el cuchillo entre los dientes. Vimos al Huesca irse al descanso con ventaja, sufrir una expulsión injusta, y batallar a la desesperada con uno menos en el área del Racing. Vimos ayer al Mirandés caer en el campo del Almería metiendo cuatro de los seis tantos del encuentro. Marcó dos goles en propia puerta y otros dos en la ajena. Los mismos que ha hecho el equipo blanquiazul en las últimas seis jornadas. Lo que no vimos en Zaragoza es lo que queríamos ver en nuestra casa, nuestro campo y con nuestra gente. De esta liga de los horrores no ha ganado ninguno de los ocho últimos equipos. Lo que hace más trágica la derrota frente al Granada. De seguir jugando unos meses más, este pelotón de los torpes puede que, al hacer la declaración de la renta futbolística, salga negativa con puntos a devolver a la dignidad de la competición. No tenemos solución. O sí, mientras no se vayan los actuales dueños. Una alternativa es la eutanasia futbolística. Pero de los actuales propietarios.

