Un tranvía llamado silencio

La depresión tiene varios culpables. Intervienen factores genéticos (en los que la predisposición hereditaria influye), hay un posible desequilibrio en los neurotransmisores cerebrales, tenemos elementos psicológicos que afectan a la personalidad y también importan variables ambientales y sociales que determinan o ayudan a la aparición de esta grave enfermedad. Lo que resulta menos conocido es el mecanismo por el que esta patología se aprende y se adquiere. En 1967, el psicólogo norteamericano Martin Seligman demostró en una serie de experimentos cómo los animales respondían con una conducta pasiva en diversas circunstancias, que se parecía mucho a una depresión. Mi colega sometió a unos pobres perros a unas descargas eléctricas de las que no podían escapar, hicieran lo que hicieran. Más tarde puso a esos mismos canes en otra situación en la que simplemente debían dar un paso para saltar una pequeña valla y evitar así la cruel tortura. No lo hicieron y sufrieron el dolor con pasividad y resignación. Los animales habían “aprendido” la imposibilidad de evitar el castigo y recibían, indefensos, las penalidades de rigor, por mucho que tuvieran a mano huir del tormento. Seligman llamó a este fenómeno “indefensión aprendida”. Más tarde se replicaron estos experimentos en humanos, con menos penalidades físicas, que demostraron la validez de poder inculcar a las personas la experiencia de evitar respuestas de escape, aunque puedan, porque han asimilado que no hay posibilidades o que no merece la pena. En ese momento, la depresión ya se ha instalado en la persona.

No creo que necesite explicar mucho la razón de que traiga a este artículo un concepto psicológico como la indefensión para comprender la respuesta de la afición ante el indigno espectáculo que brindó la panda que salió vestida de blanco en el último encuentro que sufrimos en el estadio modular. No hubo un protagonismo masivo ni en la ausencia de público, ni en su presencia, ni en las protestas iniciales, ni en los billetes que no volaron, ni en las quejas a la salida de los protagonistas, ni en el palco desierto por la vergüenza, ni en una bronca monumental al final que no lanzamos. La nada fue la náusea de la angustia que vivimos. Es difícil evitar hablar de futbolistas cuando se escribe de fútbol. Es complicado hablar de directivos cuando nadie dirige. Y es imposible hablar de propiedad cuando nadie es dueño de nada. Ni siquiera de gestión, cuando no se saben, quieren o pueden tomar decisiones. Ni de culpables políticos porque se han escondido después de ser cómplices de la irresponsabilidad con sus amigos de fiesta. Ayer ni siquiera fuimos afición porque este club ha conseguido deprimirnos hasta en el sentimiento. Los únicos aficionados estaban sobre el césped, porque es la única categoría futbolística en la que merecen jugar. Con permiso de los que juegan de verdad al fútbol aficionado con modestia, pero con dignidad.

Frente (es un decir) al Sporting vimos deambular a un grupo amorfo de cadáveres, cosidos a puñaladas, por demasiados vividores de la muerte. Los zombis son muertos vivientes, pero los cadáveres en descomposición son difuntos irrecuperables. Por eso, este engendro que han diseñado para darle patadas a un balón no tiene vida, aunque esté muerto. Tampoco es un fantasma, porque ni siquiera asusta. Aunque estos espectros con botas dan tanta risa como pena. Podemos llevar en el recuerdo la historia que compartimos, pero no la sentencia de una muerte tan anunciada como provocada por los creadores de este Frankenstein del fútbol. Seguro que hay asesinos que se alegran de su obra. Veremos a porteadores de ataúdes bailando con el féretro zaragocista a hombros. Escucharemos prometer la vida eterna blanquiazul a los mismos predicadores del apocalipsis que lo han provocado, Nos contarán los cambios de acciones de los que nos han matado de inacción. Lanzaran promesas del nuevo templo de una Romareda que pagaremos los de siempre, con nuestro corazón y nuestros impuestos. Natalia Chueca impulsa una ordenanza para multar a los pobres que duermen en la calle. Quizás quiera cubrir con la recaudación de los indigentes las deudas de los indecentes amigos de Azcón. Pero ni el presidente ni la alcaldesa son capaces de hacer que paguen su desaguisado los que se quieren hacer de oro en su beneficio económico, exprimiendo la riqueza de nuestro corazón del León.

Iremos a las islas Canarias a recoger el certificado de defunción, que sólo está pendiente de la firma protocolaria. La autopsia no es posible completarla por el lamentable estado del cuerpo del delito. La incineración de los restos es una posibilidad. Aunque las cenizas no sirven para alumbrar nada nuevo. La pena por alta traición en la edad media era ser colgado, arrastrado y descuartizado, que sería una adaptación al merecido castigo que habría que aplicar hoy. Eso sí, con el desmembramiento, para evitar que se junten los actuales restos y cobren vida después de la muerte. En todo caso la rehabilitación es imposible y más costosa que comenzar de cero. Demasiados culpables para repartir la misma culpa. Pero la autoría no necesita forenses porque se ha hecho con alevosía y premeditación, a plena luz del día, durante años. No habrá paz para los malvados.

El domingo por la noche regresamos a casa sin rencor, sin odio, sin rabia, sin pesar. La vuelta en tranvía parecía organizada por la cofradía de la pena. Sin conversaciones, sin murmullos y sin ruido. Los carriles resonaron con un chirrido, que sonó a queja, al estacionar en la parada junto a lo que queda de nuestra querida Romareda. Miramos las obras con tristeza de lo que parecía más una demolición que una reconstrucción. Y también con vergüenza, sí, porque asumimos la que no tienen en el resto de los estamentos de este club. Al día siguiente, lunes, tenía mi cita habitual con el despertador a las 6.30. Quienes pertenecemos a la afición que madruga, suspirábamos porque su sonido terminara con una pesadilla que lleva demasiados años mordiéndose la cola. Los que tantas veces hemos acudido al campo esta temporada en un tranvía llamado deseo, regresábamos el domingo en un tranvía llamado silencio.

 

 

 

 

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *