Los casi 25.000

El sábado se abrirán las puertas de la todavía vieja Romareda para recibir al Levante en el primer partido en casa de la temporada. Con el mes de agosto rindiendo aún cuentas al calor y a su espíritu vacacional, es muy posible que la entrada no sea llamativa. Aun así, el club apunta a alcanzar los 25.000 abonados, una cifra estratosférica para esta categoría, una cantidad de feligreses que estaría en el top ten de Primera. Después de diez campañas consecutivas en Segunda de un par de propiedades que han intentado dinamitar la ilusión de la gente con el vil dispendio de Agapito Iglesias y con el desapego y la distancia que desprendía la incultura futbolística de la Fundación; de soportar la distancia física de los rigores de la pandemia; de perder tres opciones de ascenso en los playoffs y vivir el resto del tiempo sobre el abismo del descenso, y de observar cómo el equipo sufría numerosas humillaciones y era expuesto a todo tipo de subastas, la afición se mantiene firme aun con cicatrices profundas.

La nueva era con el cambio accionarial que ha traído un presidente extranjero, capital internacional y promesas de gloria ya escuchadas, ha ejercido su influencia para reanimar la llama de las emociones, un fuego avivado por otra forma de hacer las cosas, más planificadas, y con la redes sociales como vehículo principal de comunicación y generador de expectación. Sin embargo, ese relevo en la administración del club no ha sido fundamental para que la hinchada se mantenga al pie del cañón y sume más soldados a la causa. El fondo de inversión ha apuntalado la economía inmediata, pero no ha podido o querido traducirla en una plantilla con suficiente consistencia como para aspirar a estar entre los seis primeros. Viene con unos tiempos y unos gastos marcados, una falta de transparencia en cuanto a sus objetivos y cuál es la escalera jerárquica, cuyos escalones bajan y suben algunos personajes non gratos del antiguo régimen. En este sentido, Twitter está siendo su escaparate, una herramienta tan directa como virtual.

La auténtica energía del aficionado zaragocista, con quien se agiganta día a día la distancia, procede de otros focos. El principal, la tradición y la pasión sin explicación racional. La generación actual, con un alto porcentaje de seguidores sin más referencia de la esencia legendaria de la institución que los relatos de los más veteranos o las visitas a las vitrinas, ha cambiado su fisonomía, en parte a remolque de una sociedad y un deporte que evoluciona (o involuciona) hacia posturas menos viscerales. Ya no es aquel incondicional que todo lo que condicionaba al espectáculo, una multitud exigente, crítica hasta el tuétano y capaz de decapitar entrenadores y directivos con sus sentencias sumarísimas. Las SAD fueron el principio del fin de esa estirpe de jueces autorizados, desplazados por dueños que monopolizaron todas las decisiones en su propio beneficio.

Ahora, el Real Zaragoza ya no es requerido para grandes hazañas ni partidos memorables. La satisfacción se concentra en el resultado, en la victoria, para conseguir ascender, con un sentimiento de pertenencia ajeno al lugar de la competición, mucho más condescendiente y abrigado por un corazón donde el latido volcánico ha sido sustituido por el del cariño y la perseverancia de quien quiere salir del eterno infierno de la mano de su equipo. Los mayoría de los casi 25.000 es heredera de aquella pira hoy en día testimonial, pero conserva el fulgor de la pujanza de una masa social ejemplar en todos los episodios de su historia. El sábado volverá para estar al lado de unos jugadores que la necesitan más que nunca una vez más, porque aunque haya modificado su comportamiento, sigue siendo el agua que mueve el molino.

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