Una famosa cita nos dice que hay dos clases de personas. Quienes clasifican a las personas en dos grupos y quienes no lo hacen. Una tipología muy habitual que solemos hacer, con tanta facilidad como falsedad, nos lleva a dividir a los optimistas de los pesimistas. Pero la botella medio llena y medio vacía se parecen solo en que ambas contienen la mitad de su contenido. Lo curioso es que nos fijamos en el recipiente y no en el líquido. Como nosotros somos muy nuestros, y equidistantes, nos apuntamos al realismo para distanciarnos tanto de los que se vienen arriba con cualquier excusa, como de los cenizos que caminan siempre con nubarrones en su cabeza. Así que entre optimistas, pesimistas y realistas transcurrimos los humanos por las experiencias vitales. Eso sí, la responsabilidad es del tipo de gafas con el que observamos el mundo, y no del dibujo que plasmamos con nuestro comportamiento.
La perspectiva optimista y positiva tiene buena prensa y la negativa bastante mala. Pero ambas comparten un criterio. Lo peor no es ver todo negro. Lo grave es no tener un horizonte definido. Aquí vemos otro grupo de personas que son los “casimistas”. Son esos sujetos que viven del casi. En mi niñez, un sacerdote se aprovechó de la ingenuidad de la edad (en esta ocasión no piensen mal) y nos explicó con sencillez la teología. ¿Qué es mejor? Nos decía. Casi salvarse o casi condenarse. Unos cuántos años después, vuelve el debate del “casi”, aplicado a la situación futbolística de nuestro Real Zaragoza. Porque el “casi” es perturbador. El éxito y el fracaso tienen un punto inicial y, sobre todo, un final que permite su valoración. Pero el “casi” lleva a la frustración reiterada porque revive permanentemente la ansiedad de lo que pudo haber ocurrido sin ese “casi”. Vivimos obsesionados con lo que pasó. Pero, sobre todo con lo que no pasó. Son experiencias más duraderas y dolorosas porque aceptamos los desenlaces, por muy crueles que sean. Pero el cerebro no tolera los finales abiertos. Nos persiguen una y otra vez, sin descanso, porque las neuronas repiten las escenas del pasado para intentar reconstruir otro resultado diferente del que ya ocurrió. El bucle nos atrapa y se vuelve más endemoniado cuanto más cerca estuvo de suceder ese otro final. Nuestra ansiedad es mayor al aproximarnos a un premio que no llegamos a alcanzar. En psicología sucede a menudo. Y en el deporte, cada fin de semana lo viven los jugadores, las familias, los cuerpos técnicos, la afición. Todas y todos revisamos ese otro final que hubiéramos deseado. Técnicamente lo llamamos pensamiento contrafactual, y se refiere a la capacidad de imaginar escenarios alternativos. En neurociencia se observa que en aquellas situaciones en las que el objetivo ha estado muy cerca, se activan los mismos circuitos que se relacionan con las recompensas. Por eso nos duele más lo que imaginamos que lo que sucedió realmente. Porque vamos construyendo realidades paralelas que adornamos con falsos recuerdos. Y sufrimos más con esta elaboración artificial que con la realidad natural. No todos los “casi” son negativos. Si son útiles para el aprendizaje, nos sirven como experiencia para acercarnos al objetivo. Es decir si el “casi” nos ofrece información es útil, pero si se convierte en nuestra identidad, nos lleva a un pensamiento rumiante que nos atrapa en la parálisis del ensimismamiento.
El partido del sábado fue un encuentro de “casis”. Casi ganamos por tercera vez, casi empatamos y casi avanzamos un puesto más en la clasificación. La realidad es que “casi” jugamos como contra el Almería y “casi” nos sale una segunda parte redonda. Aunque “casi” nos derrumbamos en los primeros cuarenta y cinco minutos. Y “casi” nos salva el VAR como lo hizo en nuestro estadio en la jornada anterior. “Casi” pudimos alcanzar al Leganés y “casi” es alcanzable el Valladolid. Quedan once jornadas y nuestro problema no son los puntos, es el tiempo. Por eso el control mental de este tramo final debe ir vinculado a convertir los “casis” en oportunidades y trocear las metas para hacerlas accesibles. Es la única forma de conseguir que no se nos coma el reloj y jugar con la relatividad de una clasificación que nos ofrecerá la oportunidad de depender de nosotros mismos (otra cima que escalar cuando llegue). Ganar las jornadas pares, permitiéndonos respirar en las impares, con opciones de empate. Es una opción. Pero otra forma de trabajar con el cerebro es hacer ligas de tres partidos en los que nos podemos permitir siempre un fallo que no agobie la cabeza. Ganar dos encuentros de las jornadas 32,33 y 34 y así, sucesivamente, otros dos de las 35,36 y 37. Dos de las jornadas 38,39 y 40 Y uno de las dos últimas, la 41 y la 42. Total: 51 puntos. Esta perspectiva nos permite olvidar los “casis” negativos para construir “casis” de oportunidad. No es fácil, pero convierte los “casis” en posibilidades. Y es el primer peldaño para que lleguen a ser probabilidades que se transformen en objetivos reales.
El sábado nuestro equipo jugó contra un adversario bien equipado y mejor construido. En Riazor vimos calidad, cantidad y dinero invertido para hacer un proyecto de ascenso. Cosa que ni por asomo hemos olfateado a orillas del Ebro, donde sólo han venido mariscadores del negocio privado para enriquecerse en aguas ajenas a su interés. A lo que iba, nuestro comando blanquiazul es más bien un grupo guerrillero que, con ardor, hace daño pero no siempre vence a un ejército robusto como es el Depor (lo era el Almería y lo son los cántabros). Quizás por eso, en el descanso, los locales cometieron el error de poner por megafonía una versión actualizada de la “Bella Ciao”, esa canción que fue adoptada como himno de la resistencia antifascista italiana. Toda una señal de la derrota de Meloni en las urnas. Así, los del León salieron espoleados tras una primera parte en la que pudieron salir caldeados. Y sí, “casi”. Los que no tienen “casi” son los energúmenos habituales que berrearon sus cánticos de odio con la intención de que el “casi” nos elevara al cubo el malestar. De hecho se quedó durante más tiempo en nuestras cabezas ese amargor final que la dulzura tras la victoria ante el Almería. Normal. Pero si caemos en el error de esperar con el “casi” al Racing de Santander, la nostalgia nos llevará de cabeza al fracaso gracias a la melancolía.
Otro debate más profundo debería responder a las razones por las que llevamos demasiados años jugando con los “casis” del descenso. Pero ahora se trata de salvar a nuestro enfermo, porque sus dueños no han sabido ni querido hacerlo en los últimos tiempos. Porque preferimos seguir vivos en el infierno de Segunda, a pesar de “casi” condenarnos a la Primera REF, que “casi” salvarnos de caer fuera del fútbol profesional. Casi sí.

