El Real Zaragoza del futuro sin presente ni pasado

Con el equipo matriculado para el descenso pese a la labor de Rubén Sellés, figuras sin credibilidad como Juan Forcén, Fernando López y Txema Indias ‘edifican’ la modernidad de un club expoliado de sus bienes por intereses e incompetencias

A la afición del Real Zaragoza, en ruina desde la época de Alfonso Soláns junior, llevan engañándola décadas. Con un cambio generacional notable y la mudanza de comportamiento que impone el paso del tiempo en toda sociedad, en estos momentos es el único patrimonio cierto aun sin peso decisorio de un club desvestido por completo de toda formalidad y referencias de liderazgo. 14 cursos consecutivos en Segunda con el que viene si no se produce el descenso a Primera RFEF, ahora mismo destino para el que hay billete reservado, la hinchada sigue al pie de un cañón y de una guerra que no es la suya pese a que su corazón la empuje a alistarse una temporada tras otra, una jornada y otra también, entre falsas promesas y mentiras sin velo alguno. Después de los años de la peste de Agapito Iglesias, manipulado a buen precio por la política socialista, y del último descenso, la institución fue a parar a las manos de la Fundación 2032, una torpe consorcio de empresarios aragoneses bajo el paraguas económico de César Alierta con el único objetivo del pelotazo de La Romareda. Agotado el ex de Telefónica de tanto sablista a su alrededor, las acciones se acabaron vendiendo a la actual multipropiedad tras una bochornosa opereta que dirigió Juan Forcén, omnipresente en este tenebroso ciclo y bendecido por sus benefactores barones del PP, con la construcción y explotación de la Nueva Romareda como gran motor de un fondo de inversión infectado de caretas y ramificaciones financieras indetectables para la legalidad.

El Real Zaragoza como entidad deportiva ha terminado desposeído de todos sus bienes, arrinconado en una categoría secundaria que también puede perder como coronamiento a la confluencia de personajes sin ningún tipo de escrúpulo ni arraigo por la historia de este templo del deporte español. El expolio ha sido lento pero firme, con la figura actoral de Jorge Mas, un seductor multimillonario de fotonovela pastel, nombrado presidente e interlocutor de esta comunidad que con quitas, ampliaciones de capital y otras maniobras especuladoras para suavizar la deuda que le permitiera tener los derechos del flamante estadio, ha hecho del equipo un paraíso de la devastación. No hay un plan, ni un proyecto, ni la más pequeña intención de disimular la eventualidad de cada movimiento presuntamente evolutivo. El conjunto aragonés nunca ha estado tan próximo a despedirse del fútbol profesional ni tan cerca del abismo al que se ha llegado con la contratación de directores generales como Raúl Sanllehí y Fernando López, uno caducado de toda motivación y el otro pasado de vueltas en su infantil mediocridad, ambos siervos del dictado de la propiedad, y de directores deportivos con prestigios sobrealimentados o falsificados. El fichaje de Txema Indias, escoltado por Mariano Aguilar y el ya cesado Emilio Cruz, culminó el control de un gasto a la baja en la calidad plantilla cuyos efectos tiene al Real Zaragoza penúltimo y posiblemente inhabilitado por falta de recursos para reforzarse en el mercado de invierno ni como debiera, con contundencia, ni en la mínima expresión. La teoría del 0-0 del ejecutivo hasta que se dé la oportunidad de marcar fue su triste carta de presentación y una declaración de intenciones que ha fracasado con estrépito y que anuncia un nuevo descalabro al ser de nuevo el responsable de la corrección.

Lo único interesante, aunque fuera casual, de esta anarquía por otra parte organizada ha sido la llegada de Rubén Sellés en quien casi nadie, ni el propio consejo de administración, tenía fe. Un entrenador joven sin experiencia en las ligas españolas ni en la élite cuando la gravedad de la situación pedía un técnico maduro en este tipo de contextos de máximo peligro. El valenciano, cabal en la recuperación de un pelotón psicológicamente demolido y tácticamente poseedor de una mirada coherente y argumentada, está realizando un ejercicio de sobresaliente explotación de un vestuario de medianías y deserciones que ha tenido que apuntalar con futbolistas que no figuraban ni de lejos entre los protagonistas, casos de Cuenca, Saidu y el juvenil Gomes. Ajeno al mito de Aracne de alguno de sus predecesores ha trenzado, ausente de orgullo y soberbia, una tela de araña para sostener y relanzar al equipo para que pueda alcanzar la permanencia. Sin embargo, a su habilidad le falta la consistencia de los materiales, técnica y físicamente muy corrientes. Andrada es un buen portero enamorado de sí mismo, cómico y en nada inteligente en sus histriónicas pérdidas de tiempo e indolente que con un excesivo juego de pies que algún día causará una desgracia. Por arriba las coge cuando el vuelo del balón es sencillo y previsible y firma algunas medias salidas trufadas de indecisión, pero por abajo es un humano más. Adrián no es peor, pero sucede como como el resto, no hay la seguridad de una mejora en el intercambio. ¿Radovanovic o Saidu o Tachi o Insua? ¿Sebastián o Gomes en ausencia de Aguirregabiria? ¿Tasende o Pomares? ¿Guti o Paul? ¿Valery o Cuenca? ¿Soberón o Dani Gómez? Sólo Bare, que ya va medio fundido después de dos buenos partidos, el incombustible Francho y un Kodro que ha superado las expectativas tendrían puesto fijo en el once de donde han sido desterrados por diferentes motivos Gómez, Bazdar y Sans. Sellés los va mezclando en función de las lesiones y del rival, de encuentros donde busca el compromiso y la solidez sin esperar el talento inexistente. Lo de Bakis es una licencia que se ha permitido aunque carezca de todo sentido. El mejor escribano echa un borrón, aunque este es gordo.

«La Ciudad Deportiva es un caos, un desastre». Estas son palabras de uno de los principales responsables de la fábrica zaragocista frente a la incompetencia y dejación de sus superiores. Los dueños han corroído al equipo priorizando sus bolsillos y oxidando todas sus estructuras por falta de criterio y por la sobrecarga de difusión de falsedades. Cuatro o cinco fichajes en la ventana invernal, unas instalaciones modernas en la carretera de Valencia, un organigrama de personal adecuado a los tiempos. Si esto te lo cuentan Juan Forcén y Fernando López, con Txema Indias operando sin bisturí y Jorge Mas tostándose al sol del Inter de Miami, es para echarse a temblar. El Real Zaragoza está en la sala de espera del descenso aun con la calurosa y única compañía de Rubén Sellés, que solo con su cualificación no podrá evitar que se abra esa puerta al infierno, y la Ciudad Deportiva es un polvorín. La actualización que se pretende, y que tendría cierto sentido en otro marco bien distinto, va paralela a David Navarro, un entrenador del fútbol regional aragonés que un día dirigió al Real Zaragoza tras la espantada de Víctor Fernández. El coordinador deportivo del Área de Fútbol está preparando un equipo de trabajo de su cuerda, muy complicado por no decir imposible que tenga el grosor profesional y humano de Emilio Larraz, Javier Garcés, Ramón Lozano, Ángel Espinosa, José Luis Arjol o Pedro Suñén. Pero bueno, este es el Real Zaragoza de un futuro sin presente e irrespetuoso con el pasado. Un avance hacia la caverna con vistas a un campo espectacular pagado por los aragoneses.

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