Los Sanchos inocentes

La normalidad es extraordinaria. Nos cuesta poner en valor lo ordinario porque nos parece habitual. Pero si tiembla un milímetro de nuestra vida, pedimos auxilio a lo aburrido para que nos ilumine lo socorrido. Buscamos aventuras inverosímiles, en busca de lo entretenido, sin saber que un ameno paseo puede depararnos un nuevo mundo con los propios vecinos. Siempre nos referimos a la salud como ese monocorde estado vital que nos parece vacío cuando está lleno de contenido. Ante las penas, suspiramos por estar como siempre. Pero si no nos atosigan las dificultades, nos volvemos locos por estar como nunca. Es una sensación llamativa, si nos vemos apurados por los agobios de todo tipo, sean personales, laborales o sociales, pero inexistente en la ordinaria normalidad. El día que entendamos que la felicidad consiste en disfrutar de la normalidad, valoraremos la existencia como se merece.

El Real Zaragoza jugó en Cádiz un partido extraordinario con normalidad. Cuando todo a nuestro alrededor es un despropósito, hacer lo lógico parece brillante. No es fácil atreverse a ejecutar lo sencillo cuando la atmósfera que te rodea es tóxica. El mundo se derrumba, y nosotros nos ponemos a jugar. Es una frase que emula a la que le dice Ingrid Bergman a Humphrey Bogart en Casablanca (Michael Curtiz, 1942). El club está institucionalmente en ruinas, bombardeado por sus actuales propietarios. No es casualidad que en plena escalada bélica mundial, con Oriente Medio en llamas, el presidente del Real Zaragoza acudiera a rendir pleitesía a Trump en la otra Casa Blanca. Vimos a Jorge Mas sonriente mientras era recibido por el pirómano sin escrúpulos que, junto a Netanyahu, lanza misiles contra escuelas de niñas asesinando a más de un centenar de inocentes. El líder yanqui utilizó el homenaje al Inter de Miami, para elogiar sus guerras, y amenazar a Cuba, y así devolver el favor a los colegas de la familia Mas. Si se llega a enterar que Don Jorge también preside el club del León en España, quizás sus bravuconadas contra nuestro país hubieran subido de tono y el dolor de cabeza que le está dando la rebeldía de Pedro Sánchez le hubiera llevado directamente a declararnos la guerra. El presidente ficticio del Real Zaragoza apareció rodeado de la plantilla que juega en Florida. Aunque, para cualquier espectador, era difícil saber si los figurantes de la escenografía en la que aparecían Messi, Suárez y demás plantel, eran rehenes o futbolistas.

Lo importante es que los nuestros ganaron, siendo más nosotros que nunca, y el Cádiz perdió porque jugó como le hemos hecho nosotros en tantos partidos. Los amarillos salieron al campo de la misma forma que los blanquiazules comparecieron en Andorra. De paseo y sin ganas. Así que la medida de la normalidad la veremos frente al Almería el próximo sábado. De momento una alineación sensata y unas directrices llenas de sentido común sostuvieron un grupo al que no le sobra calidad. El máximo común divisor del equipo que aplicó Gabi, sumado al desconocimiento de la tabla de multiplicar de Sellés, habían elevado al cubo de la basura las carencias de calidad en la confección de una plantilla con más retales que fútbol. No había que entender mucho de pizarras sobre el césped para saber que las degustaciones que nos había dejado Hugo Pinilla, en las pocas pinceladas que le dejaron plasmar en sus apariciones, merecían algo más que unas gélidas convocatorias sin sentido. David Navarro se ha limitado a tirar una regla de tres para obtener un mínimo común múltiplo con los factores físicos, psicológicos y sentimentales que ha podido agrupar en torno al rancho que le han servido en la prisión de Juan Forcén y demás mandamases. Tras la experiencia del valenciano Rubén, nos quedamos con el recuerdo de su figura inalterable al desaliento. Llegó desde su triste recorrido en el fútbol inglés. Ese perfil serio y riguroso que nos animó tras la victoria en Santander. Y se ha ido con la misma falta de aliento que nos deja este Quijote del fútbol que ha visto más molinos que futbolistas en sus alineaciones y estrategias. No congenió nunca con una afición Dulcinea que estaba a dispuesta a perdonarle todo excepto su desprecio por falta de empuje. Entre los idealistas que se han adueñado del mesón del club, y que lo son porque están más pendientes del portal inmobiliario de ese mismo nombre, que de las ideas para dirigir con dignidad un club, y los que sólo sueñan con convertir el cemento de la Nueva Romareda en ladrillos de oro para sus negocios, seguimos con esa pesadilla llena de terror futbolístico.

Tanto tiempo perdido y tanto esfuerzo sin sentido, para terminar comprendiendo que sólo necesitamos algo de normalidad. Algo que ahora se percibe como extraordinario. Ni Quijotes, ni Lazarillos que se aprovechan de tanto ciego de los negocios. Sólo hacía falta ver la realidad, como lo hacía Sancho Panza, para respirar algo de oxígeno entre tanta atmósfera viciada. Daba gusto ver a David en la banda dirigir el equipo para darse cuenta de que un señor en vaqueros, con el gesto rudo de entrenador regional, es todo un míster de Primera con capacidad de conducir a nuestro equipo camino de una salvación tan insegura como posible. La simpática pareja de Sanchos que forman David y Néstor transmiten cercanía y normalidad. Algo que no hemos visto en toda la temporada, ni en los últimos años. Quizás para desmontar tanto despropósito en el diseño zaragocista no sean necesarios ingenieros especializados sino un par de buenos fontaneros que sepan arreglar tanta chapuza de coste astronómico. En esta película de señoritos del fútbol, ellos son los Sanchos inocentes.

 

 

 

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