Los valientes nunca pierden

El Real Zaragoza iguala con carácter de líder un 4-2 en los últimos cuatro minutos en un partido extraordinario entre los magos de Fernando Torres y la pizarra humana de Ibai Gómez (4-4)

No le puede pedir más a un partido de fútbol. No se le puede pedir más al Atlético de Madrileño y al Real Zaragoza en un encuentro extraordinario que casi golean los rojiblancos y por poco ganan los aragoneses antes de un 4-2 que igualaron con el carácter de un líder, cuando las estrategias de ambos equipos habían ingresado en el bellísimo manicomio de la noche del domingo. A cuatro minutos para el final, la distancia parecía sideral para el conjunto de Ibai Gómez. A una hora de la medianoche, víspera del Pilar, un cabezazo de Iranzo y un penalti de Jardí rescataron un punto. Semejante frenesí y porterías maltratadas no suele gustar a los entrenadores, pero ambos deben estar orgullosos de lo que hicieron sus futbolistas. Por un lado la pandilla de magos geniales en ataques e informales en defensa de Fernando Torres; por otro, un bloque que resurgió desde la madurez competitiva que otorga la confianza en uno mismo aunque medio barco esté bajo el agua en mitad del océano de la derrota. El 4-4 premia a este deporte y a dos rivales que lo dignificaron. El Real Zaragoza se aferró a que los valientes nunca pierden. Con los cinco cambios hechos, sin mirar el marcador, volcado sobre el fuego de la inmolación del área colchonera y sobre su corazón consiguió la hazaña. No hubo vencedor, pero las trompetas de la jornada reciben con honores a los soldados de la tropa aragonesa.

Gran parte de los aficionados que acudieron hasta Alcalá de Henares invadieron el campo poseídos por la catarsis, por el orgullo, con las emociones desatadas por la conmoción de viajar por un tobogán sin freno ni cinturón de seguridad. Aún quedaban segundos, pero uno de ellos, con los ojos ensangrentados, reclamó a los jugadores que redujeran la celebración, que cogieran rápido la pelota porque todavía había tiempo para el triunfo. El árbitro, sin embargo, paró el reloj aunque bien podría haber prolongado esa fiesta unos días más para disfrute del público, sobre todo de los que se sintieron leones por primera vez en décadas. Porque el escenario, un lugar en Primera RFEF, se rindió al espectáculo en mayúsculas sin considerar la categoría. El comportamiento del Real Zaragoza fue el de un campeón. Hizo de sus heridas una razón para la épica mientras el Atlético Madrileño le apuntaba una y otra vez a la sien. Con esa actitud irredenta, una sobredosis de coraje, otra de calidad y la ingenuidad local se hizo merecedor de un empate homérico.

El encuentro ya se anunciaba atractivo. Lo que nadie esperaba es que resultara una obra de arte a la sinrazón que en su desenfreno dio pasos de gigante hacia la lógica. El Atlético Madrileño se puso gallo en la presión e hizo del carril de Pereira una autopista infernal con Romero y Kamate. Todas las previsiones tácticas saltaron por los aires a los siete minutos cuando entre el lateral y el extremo ligaron una jugada que el francés resolvió con el talento de un mundo superior. Esa conexión diabólica puso en alerta a Ibai Gómez, quien de inmediato mandó calentar a la reserva para suturar cuanto antes la sangría. Pero el Real Zaragoza aguantó sobre la columna de Ademo, prodigioso en la recuperación y la corrección, sin perderle la cara al partido, angustiado por el insaciable apetito de su adversario y con la respiración artificial que portaban los movimientos de Ureña para responder a esa asfixia. Un balón le cayó a Espiau y el delantero se lo acomodó para fusilar a Astralaga a la media vuelta. El primer empate y la oportunidad de que Ibai Gómez entrara a corregir su plan inicial como tantas veces ha hecho, en esta ocasión con mucha más amenaza.

El entrenador reordenó todas las fichas con la entrada de Barrachina por el amonestado Ureña para formar con tres centrales y Sangalli y Pereira liberados para la aventura. La idea era que Diego González cayera a la izquierda para taponar a la doble flecha que tensaba un Romero deslumbrante. Insuficiente. Domenech, quien dispuso de oportunidades para llevarse el balón a casa, firmó una dulce asistencia del lateral sin que Ademo pudiera alcanzar su zancada hacia el fondo. De nuevo a remolque en un viaje de ida y vuelta pilotado en gran parte de su trayecto por el descontrol, por las individualidades, por golpes de fantasías y chisteras con cien conejos saliendo de ellas. Diego González uno de ellos, de extremo, para pasar a Rubén Díez y que fuera zancadilleado dentro del área. Aquello era el caos y en la anarquía Astralaga voló para detener el lanzamiento de Jamelli desde los once metros. Lo resolvió Espiau, que en la primera parte había atacado sin puntería un balón con la frente en una posición inmejorable para materializar su segundo tanto. Sí lo hizo cuando fue el encargado de asistir a Iranzo con un centro puntual y preciso, una dulce entrega que el central estampó en la red. Sin pies ni cabeza pero un lujo para los sentidos, la adrenalina siguió su camino de rebeldía incontrolable. Torres e Ibai asistían ajenos al intercambio de golpes: eran dos extraños en la noche, a años luz de las previsiones y de intervencionismo alguno. Los chicos se habían salido del guion e iban por su cuenta. En un córner, Miguel Llorente se elevó por encima de Ademo y puso el 3-2 que dio pasó al 4-2 de David Muñoz posiblemente precedido de fuera de juego.

Parecía la sentencia para el Real Zaragoza con Pau Sans, Delgado, Saidu y Cuenca en un segundo batallón donde Jardí se posicionó de delantero, mediapunta, organizador… De todo. ¿Qué demonios hacía allí Iranzo? Peinar el 4-3 en el minuto 98 para su doblete de la ira, del rescate. En el bote salvavidas y con el agua al cuello, Cuenca recibió la mano salvadora de Zanzi, que puso su pierna en la trayectoria del extremo. Otra pena máxima que Jardí hizo suya con la respiración contenida y su zurda de oro brillando como nunca. Era eso o nada y fue el todo al marcar el 4-4, un punto magnificado por cómo se logró, un punto que grita victoria. Ibai Gómez entonó el mea culpa por no poder contener al Atlético Madrileño ni tampoco al Real Zaragoza, que se le fue de las manos. De vez en cuando hay que dejar que la criatura, que es muy suya incluso en partidos de este desapego por lo colectivo y el orden, camine sola. Sus jugadores llegaron a la orilla por la valentía que él les ha transmitido. Algo sí hubo de Ibai en esta ceremonia adorable para los adoradores del fútbol. Lo heroico de lo humano.

Atlético Madrileño, 4: Astralaga; Romeo, Yaakobishvili (Lis, m.53), Miguel Gil, Arnau Solà; David García, Thiago Helguera (Justo, m.72), Edgar Alcañiz (Kiko Mota, m.78), Kamate (David Muñoz, m.78), Marc Doménech (Taufik, m.78), Cubo.

Real Zaragoza, 4: Westerveld; Sangalli, Rubo Iranzo, Diego González, Pereira (Saidu, m.82) ; Lucas Terrer (Marcos Cuenca, m.82), Peter Ademo, Rubén Díez (Pau Sans, m.68); Jaume Jardí, Ureña (Barra, m.46), Edu Espiau (Joaquín Delgado, m.68).

Goles 1-0, m.7: Kamate. 1-1, m.23: Edu Espiau. 2-1, m.55: Marc Domènech. 2-2, m.67: Rubo Iranzo. 3-2, m.75: Miguel Gil. 4.2, m.87: David Muñoz. 4-3, m.98: Rubo Irazo. 4-4, m.102: Jaume Jardí, de penalti

Árbitro: José María Aranda (C. Andaluz). Amarillas a Edgar Alcañiz (m.30), David Muñiz (80), Taufik (98) por el Atlético Madrileño y a Ureña (38) por el Zaragoza, además de al técnico, Ibai Gómez.

Incidencias: Partido disputado en el Centro Deportivo de Alcalá de Henares.

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