Mordor no muerde

El miedo escénico es el temor interno que sentimos los humanos y que justificamos con lo que está fuera de nosotros. Es una respuesta de pánico que anticipa un fracaso, lo que termina por provocarlo. Una paradoja de la frustración que funciona de la misma manera que las profecías auto cumplidas. Tenemos tanto miedo de que ocurra algo, que esa ansiedad provoca el fatal desenlace que temíamos. Acusamos al entorno de un fracaso que nos corresponde en exclusiva. Como no podemos controlar el escenario, los nervios nos desbordan a nosotros mismos, que somos los únicos que podemos autorregularnos. El vértigo ante situaciones de fuerte exposición pública es natural. Lo sufre uno de cada diez adultos, aunque casi un tercio de la población lo ha sufrido en alguna ocasión. Conviene diferenciar el miedo escénico, de lo que llamamos en psicología, fobia social. Hablamos de escena en contextos de públicos que rodean cualquier tipo de exposición ante un nutrido grupo de personas. En cambio, la  fobia social implica un miedo persistente y generalizado a ser juzgado o evaluado negativamente en diferentes situaciones sociales, no solo en contextos de exposición pública. El miedo escénico muestra síntomas fisiológicos, como las palpitaciones, sudoración o temblores. Respuestas que se relacionan con la preparación para la huida. También observamos síntomas cognitivos. El sujeto tiene pensamientos catastrofistas, se valora con muy baja autoestima y sobrevalora las supuestas críticas del entorno. Y por últimos, vemos síntomas conductuales. Las personas se bloquean, se aceleran e intentan escapar de la situación.

Se ha hablado y escrito mucho en el fútbol sobre el pánico escénico que provocan los grandes estadios y la presión del público sobre los rivales que visitan a estos coliseos del balompié. “La Bombonera” de Boca Juniors es uno de los campos de fútbol con mayor presión psicológica y real. No sólo para los visitantes, sino para sus propietarios. Es un término que ha popularizado Valdano. Pero al que, según sus propias palabras, se refiere de este modo: “Al miedo escénico se refirió García Márquez en un artículo periodístico que tenía por tema el pánico que él sentía cuando se veía obligado a hablar en público. Mucho tiempo después rescaté aquella frase de mi mala memoria relacionándola con un miedo que tiene la misma raíz y es común a todos los futbolistas cada vez que tenemos que dar nuestra propia disertación corporal, ágil, veloz y llena de obstáculos, ante un público difícil de contentar. Y cuando digo público me refiero también a los periodistas, que multiplican el número de espectadores y en consecuencia son en sí mismos una importante fuente engendradora de miedos.”

El miedo escénico del Real Zaragoza, tiene un componente muy particular. No es un caso único. Pero se reitera a menudo en nuestro equipo. Nos referimos al miedo escénico de los protagonistas ante su propia interpretación, y no tanto a su valoración por el público asistente. La inseguridad de los de Sellés no viene de la presión que sufren los jugadores por medio de una parroquia más que amable, sino de la falta de confianza en sus capacidades e interpretación del libreto futbolístico. La ansiedad de los blanquiazules no viene de lo que perciben, sino de lo que les cuesta emitir. En este sentido, el bloqueo de sus piernas y decisiones es previo a la consecuencia y valoración de sus acciones por sus examinadores, seamos la afición, los medios de comunicación o el cuadro técnico del conjunto maño. Sólo así se explica la incapacidad de acción, o la ausencia de reacción, ante el escenario de una clasificación en puestos de descenso.

El partido del domingo fue una repetición del disputado ante los donostiarras. Sólo que la calidad del rival era más elevada. Vimos frente a los nuestros el equipo que deseamos, en cambio teníamos que animar al que queríamos. Una pena de contradicción. Sin disparar, sin combinar y sin velocidad. También en este partido quien corría para sacar y buscar los balones en el tramo final del encuentro eran los del Castellón. Antes incluso de la expulsión de Cuenca. Gastamos la disposición táctica de la primera parte en frenar en la segunda, con cinco defensas, los agujeros de los cuarenta y cinco primeros minutos. Sellés se empeña en encontrarse con una identidad que no tiene el equipo. El reflejo que lució en Santander no es el de una personalidad sino el de una fotografía brillante. Y la película sigue, sin dar tiempo a encontrar un guion que no responde a una señal propia sino a una conjunción de respuestas que brillaron en el Sardinero, pero que no son capaces de coincidir en una línea de continuidad. Rubén en la rueda de prensa comienza a tocarse la cara. Mala señal. Fue sólo una vez, pero con su frialdad habitual pareció un terremoto. Estaría pensando si mereció la pena guardar a Cuenca frente a un Valery insustancial. O no dar entrada al nuevo fichaje para ampliar recorrido. O jugar de una vez por todas con Pinilla que de tanto conservarlo va a perder la frescura con la que siempre nos ha deleitado. O quizás no dar continuidad a Paul ahora que se reenganchaba. Vino Rober para crecer y llega Agada ¿para tener una delantera más desahogada? Demasiadas dudas para tan pocas respuestas. El tiempo se acaba y empatando es la nada.

Los aficionados llegamos al estadio con pánico escénico. El que dibujaban las nubes de Mordor que se agitaban con furia sobre la capital del Ebro. Los negros nubarrones del reino de la oscuridad se desataron con el inicio del encuentro. Sauron soltó una lluvia mágica que, en vez de caer del cielo, nos azotaba de forma lateral o frontal en función de la ubicación. Los vientos del Monte del Destino presagiaban una noche de furia. Pero los zaragocistas tememos más a los resultados del fútbol que a los del tiempo. Y allí estábamos, una vez más, dispuestos a luchar contra los Orcos del descenso. Resistimos las inclemencias meteorológicas y futbolísticas que recibimos antes del descanso. Desde mi tribuna al otro lado del palco vimos volar algo blanco que no parecía ser un buen presagio. Caímos en la cuenta de la provisionalidad en la que nos sentamos y la peligrosidad de la clasificación en la que nos asentamos. Un aficionado sufrió un buen susto y los demás comenzamos a sujetar con fuerza nuestros asientos en busca de un casco o cinturón de seguridad que nos diera más confianza que el inexistente peligro de nuestros jugadores.

Así todo el encuentro. Nos obligan a estar contentos por no perder. Y nos rebelamos porque queremos y necesitamos ganar para disfrutar. La Fan Zone echaba humo de discoteca y los aficionados de pataleta. En el descanso no hay nada cálido con lo que templar el cuerpo en los prefabricados que venden comida fría y cara, acompañada de bebida helada. Salimos buscando el calor del hogar porque en nuestra casa del fútbol nadie nos da lumbre de fútbol. Un mes más de estreno para el nuevo encuentro en casa. Una jornada menos para saber si nuestro prefabricado seguirá teniendo un techo en el mundo profesional del fútbol. Hoy, Aragón se quedaría sin representación y se uniría a La Rioja, Murcia y Extremadura en el mundo de la Primera REF. Eso sí, lejos del campo provisional las obras siguen en La Nueva Romareda. Fuera hay unas elecciones autonómicas en las que se votará el 8 de febrero. Con una diferencia, en estos comicios no veremos al señor Azcón hacerse fotos como en el pasado sobre el césped del fútbol, como hizo en su anterior campaña con Lapetra y demás “compis”. El candidato del PP no se atreve a compartir imagen con su íntimo amigo Juan Forcén, en estos tiempos de miserias futbolísticas que protagonizan sus amistades de partido. Para Azcón los actuales dirigentes y dueños, que tienen secuestrado a nuestro León, son esos señores de los que usted me habla. Así nos va.

Una semana más, los aficionados seguiremos animando para destruir el anillo futbolístico del descenso. Si no tuvimos miedo para hacer frente al Mordor que nos amedrentó en el partido del domingo, que nadie crea que tendremos pánico para seguir defendiendo a nuestro equipo de tantas criaturas oscuras que se intentan aprovechar de la historia y la dignidad zaragocista. Porque el león muerde mucho más que las amenazas de Mordor.

 

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