El pasado viernes disfruté en Can Dragó de una experiencia que jamás había vivido: situarme tras la portería, en la zona reservada para la afición zaragocista, junto a más de setecientos de los tres mil asistentes que poblaban el campo barcelonés. Hace ya unos años acudí al estadio de Cornellà para presenciar un RCD Espanyol – Real Zaragoza como aficionado, pero en una localidad muy diferente a las que suelen ocupar los seguidores blanquillos.
Esta vez sentí de cerca la emoción de la gente que me rodeaba: el entusiasmo por ver salir al equipo al terreno de juego y los cánticos que entonaban las diferentes peñas antes del pitido inicial. Por supuesto, todos permanecían de pie sobre los asientos, con las bufandas al viento desde media hora antes de comenzar el encuentro. Quienes me rodeaban eran mucho más jóvenes que yo y, afortunadamente, no me conocían; aun así, se sorprendieron al ver a un señor mayor con una libreta apuntando las incidencias del partido. A la salida me encontré a una anciana envuelta en la bandera del Real Zaragoza; parecía rondar los ochenta años, pero se movía con un garbo envidiable.
Creo que solo cuatro o cinco seguidores blanquillos me superaban en edad. Al verlos, recordé en blanco y negro mis primeros partidos en La Romareda: hombres con sombrero que fumaban puros en las gradas, el «Marcador Simultáneo Dardo», los empleados del club cambiando a mano los carteles cuando se producía un gol, el vendedor ambulante y aquellas cabinas de radio —cuatro, por aquel entonces— donde apenas cabían el locutor y su técnico.
Como es lógico, yo no llevaba camiseta, bandera ni bufanda. Mi cometido era grabar, editar y subir la crónica al canal de YouTube de Minuto 32 en cuanto las gradas quedasen vacías. Nunca he sido de llevar distintivos; mi sentimiento zaragocista siempre se ha canalizado a través del oficio: cubrir la hora previa en cada retransmisión, narrar el desarrollo del juego, ofrecer las conclusiones y acercar al entrenador y a los jugadores in illo tempore a nuestro micrófono. Mi trabajo consistía en contar lo que ocurría, lo que el oyente debía saber en cada momento, y reflexionar con mis comentaristas sobre lo que pasaba en el terreno de juego. No era lugar para comportarse como un forofo más, aunque respeto que otros comunicadores logren atraer audiencia disfrazados. Por otra parte, es verdad que en algunos campos me tocó radiar partidos rodeado por una afición local que solía ser bastante molesta, pero aquello formaba parte del oficio y ya estaba acostumbrado.
La gente a mi lado pasaba en un suspiro de las ganas de gritar e insultar al árbitro —e incluso a los jugadores del Real Zaragoza— a animar con fascinación a los futbolistas blanquillos ante un ataque bien concebido. Y qué decir de cuando marcó Diego González en el minuto 80, con la colaboración indeseada de la espalda de un defensa del Europa. Fue una auténtica locura.
Nos encontramos en el comienzo de una nueva era, similar a la que se vivió en la temporada 1946/47 tras otro indigno descenso y la mortificación de una categoría en la que se disputaron dos temporadas más antes de regresar a Segunda División, cuando la idea de construir un nuevo estadio ya planeaba en la mente de los políticos.
Ahora todo se da por bueno después de un arranque inédito en las últimas veinte temporadas: seis victorias, dos empates y una sola derrota —además de seguir adelante en la Copa del Rey tras golear al Tudelano— y con la vista puesta en el ascenso directo. Solo importa seguir sumando puntos y convertir el estadio Modular en una instalación donde el rival sea fulminado. Todo ello ocurre mientras la gente apenas empieza a conocer a los nuevos jugadores y se deja atraer por el lenguaje y la expresividad de Ibai Gómez. El técnico sigue en proceso de aprendizaje y ofrece un perfil muy diferente al de David Navarro, quien aceptó dirigir al club a sabiendas de que a la propiedad le interesaba el descenso por motivos económicos; o al de Rubén Sellés, que encadenó malos resultados, careció de capacidad de reacción cuando los partidos se ponían en contra y mostró una actitud vanidosa ante los medios. También atrás quedan Emilio Larraz, que solo estuvo una jornada en el banquillo, y Gabi Fernández, que salvó al equipo del descenso in extremis pero continuó únicamente porque no se encontró una opción más favorable. Gabi solo ganó cinco partidos de veinte disputados, sumando apenas seis puntos en nueve jornadas al inicio del curso anterior con una carencia de gol insoportable.
La ciudad desea olvidar. Su gente, que vive el fútbol como si de una religión se tratase, ensombrece el pasado reciente para no recordar la agonía que casi cuesta la vida al club. Apelan al «cambio» para comenzar una nueva era con la construcción del nuevo estadio —aunque se haya retrasado su inauguración— y el sueño de albergar algún partido del Mundial 2030. Sin embargo, ante la deriva geopolítica actual, la seguridad de Mohamed VI en sus pretensiones sobre Melilla y Canarias, y la situación de Ceuta, esa fecha en el calendario todavía se vislumbra muy lejana en el horizonte.

