¿Tiene algo que celebrar el Real Zaragoza?

La aparatosidad con que se festeja cada victoria y su impacto desenfoca la realidad de un equipo que sólo pude ser primero al final y presenta un grupo feliz que debería contener esa pompa por respeto a sí mismo

Cada victoria del Real Zaragoza, ya van cuatro consecutivas que han situado al equipo en al segunda plaza del campeonato, se celebra como las saturnalia, las fiestas que ponían patas arriba Roma mientras Séneca, por ejemplo, resaltaba los peligros de dejarse llevar por las masas y Plinio el Joven, por su parte, se encerraba en una habitación para continuar con sus estudios y no ser molestado por sus allegados. Y si por una parte se comprende la exaltación general de los triunfos y el crecimiento deportivo, por otra produce cierto bochorno la pompa con que protagonistas y medios de comunicación se expresan o reparten elogios hacia los vigentes representantes de un club que fue senador del imperio del fútbol español y ahora es esclavo de los mediocres, los ruines, los ineptos y una aristocracia de mercaderes sin apego emocional alguno a la institución –por cierto, mañana se espera que el A.GAIN de Bobby Aitkenhead dé por cerrada una compra que se ha dilatado por supuestos controles internos–. Desde algunos foros menos impresionables se recomienda no lanzar las campanas al vuelo, pero ¿qué campanas?, o tener los pies en la tierra, pero ¿qué tierra?

La caída a Primera RFEF después de 13 años en Segunda provocó una conmoción enorme en la sociedad zaragozana y aragonesa, ya no tanto a nivel nacional por la prolongada ausencia de la élite y sus informativos, y causó una dolorosa herida en el zaragocismo. Unos pocos meses después del cataclismo, se ha aceptado el nuevo ecosistema como peaje de pago de un proceso que no conviene dramatizar en exceso. La propiedad y sus caballos de Troya se han encargado de elaborar un mensaje sicotrópico a precios populares que tuvo una considerable acogida: esto va para largo, no se apuren. Se hizo una buena plantilla con evidentes y profundas lagunas, se contrató un joven entrenador de tonalidades hippies que ha resultado un estupendo gestor y en la quinta jornada, cada encuentro ganado se honra con vueltas al ruedo para fusionarse con el público en un espectáculo comprensible en el marco de personajes que ni en sus sueños más húmedos imaginaron jugar o estar en el Real Zaragoza que aun conserva el aura de sus días de grandeza, principalmente en el volumen de su masa social.

Dentro de esa desfiguración de la entidad y sus viejos valores hay multitud de ejemplos que atestiguan la ordinariez de la situación deportiva y administrativa. La continuidad de Jorge Mas y Juan Forcén en el organigrama y el ascenso ejecutivo del segundo, rodeado de colaboradores y consejeros malhechores de la moral y benefactores de sus intereses, hace saltar la banca de cualquier credibilidad; las constantes felaciones políticas al fondo de turno para allanarle el camino de sus bolsillos y sus deudas no despiertan el menor de los escándalos en la ciudadanía, gran ubre de esta confabulación; las reconstrucción de una Ciudad Deportiva cada día más apocalíptica se solapa con contrataciones amigas y con falsas promesas inmobiliarias, y la cercanía del CEO y su equipo de trabajo se expone como un logro fabuloso. Hay un pequeño detalle que no lo es tanto y que ensambla en parte el piso de arriba con el de abajo: la grotesca inclusión de Ander Herrera en el guateque de Ibiza al término del partido, vestido de calle y con la canción del billete del viaje pagado de su cuenta sonando a todo volumen en las principales cadenas de promoción de su figura icónica en no se sabe muy bien qué museo zaragocista. Fue un gesto de nobleza y valor que otros compañeros, cuando no sean convocados por lesión o sanción, no querrán o podrán hacer y que les dejará a la altura del rodapié en relación al compromiso del gran capitán, segundo entrenador, simpatizante de Forcén y eslabón con Aitkenhead. De sus vigentes virtudes futbolísticas, mejor correr un tupido velo con Ademo y Rubén Díez.

De vuelta a la competición, el Real Zaragoza sigue en tercera división, una aclaración necesaria antes de que, en caso de derrotar al Teruel, los juglares de este supurante reino medieval se pongan a componer coplas sobre héroes defensivos y atacantes, paladines mediocampistas, entrenador visionario o canteranos estratosféricos. El contexto exige un reajuste para que el vestuario, que contiene a duras penas su entusiasmo, mantenga la sensatez en todo momento. Porque su misión consiste en recoger la cosecha cada fin de semana, pero sobre todo en que el granero esté completamente lleno para afrontar, además de éste, los innumerables inviernos que todavía restan por venir. Nástic, Antequera, Torremolinos, Cartagena, Ibiza… El calendario deja atrás un septiembre rico para un pobre si sólo concentra su ambición en estos resultados, producto casi todos de triunfos por la mínima y toboganes de rendimiento; de cambios de planes, estrategias, jugadores y sistemas forzados por la búsqueda, y hallazgos, de una alta competitividad. Porque este Real Zaragoza, para ser primero al final como única meta negociable, no tiene nada que celebrar, y si lo hace que sea en la mayor intimidad posible al margen de que el entorno se licue en el éxtasis. Como Séneca y Plinio el Joven, que evite las saturnalia y se ponga a estudiar para respetarse a sí mismo en el lugar que le corresponde, sin complejos pero con la modestia y la sabiduría de su calidad de peldaño bajo de la escalera que conduce al auténtico Real Zaragoza, al que en un día gobernó en Roma. Y hasta conquistó Paris.

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