‘Septihambre’

Las plantillas se construyen y los equipos se ensamblan. Los individuos se agrupan y los colectivos se organizan. Los conjuntos se adaptan y los objetivos se adoptan. Son comportamientos que analizamos desde la psicología de las organizaciones y que aplicamos en la psicología deportiva en las disciplinas competitivas que unen a varios jugadores y suman a diferentes personas en torno a una meta.

Comenzamos la temporada con un tropezón de aperitivo, pero llegamos al otoño como líderes de la categoría. El equipo venía famélico de sus recuerdos, aunque ha recuperado el hambre para olvidar la hambruna del pasado. El hambre tiene mala prensa cuando hay nevera y magnífica reputación cuando hay vestuario. Nadie quiere un delantero saciado, un centrocampista inapetente ni un defensa que haya decidido empezar la digestión antes del minuto noventa. En el fútbol, tener hambre no consiste en correr detrás de un bocadillo, sino en sentir que todavía falta algo. La motivación nace de esa distancia entre lo que tenemos y lo que deseamos. Cuando una necesidad adquiere suficiente importancia, nuestro cerebro afina la atención, selecciona objetivos y moviliza recursos para alcanzarlos. De repente, un balón dividido deja de estar indeciso, una segunda jugada merece una tercera carrera y el minuto noventa deja de ser la hora de recoger para convertirse en una posibilidad. En psicología deportiva, cuando una necesidad se percibe como urgente, aumenta la activación, focaliza la atención y hace que determinados estímulos —un balón dividido, una segunda jugada, un gol en contra— adquieran mucho más valor. El peligro llega cuando el hambre se convierte en saciedad: empezar a pensar que ganar es lo normal.

El hambre surgió con paciencia en el encuentro frente al Antequera. Todavía era hambre de supervivencia. Aquello no era MasterChef, sino supervivientes. En Torremolinos descubrimos que el Zaragoza tenía hambre, pero también que todavía no sabía levantarse de la mesa. Con 1-4 pidió la cuenta y casi acaba fregando los platos. Vino el Cartagena y aprendimos que los goles, como el jamón bueno, tampoco hace falta cortarlos demasiado gruesos. En Ibiza, Ureña salió del banquillo con tanta hambre que en cuatro minutos se comió la isla sin necesidad de reservar mesa. Frente al Teruel comenzamos perdiendo. Pero Sergio Moreno despertó el rugido de tripas caseras tras eructar, sin educación, antes de levantarse de la mesa. Consiguió que se les cortara la digestión a los turolenses.

Durante demasiado tiempo el Zaragoza jugó con miedo a perder. El temor y las ganas de comer se parecen porque ambos producen nervios, pero empujan en direcciones distintas. El miedo invita a proteger lo que tenemos; el hambre obliga a salir a buscar lo que falta. Uno mira hacia atrás. El otro huele la portería. Quizá ahí esté uno de los cambios de este septiembre que dejamos atrás. El equipo no parece esperar que ocurra algo malo para reaccionar, sino que empieza a comportarse para que suceda algo bueno. Y esa diferencia, que no aparece en las estadísticas, se nota en las disputas del medio campo. La intensidad se impone a la paciencia para ganar calidad y capacidad ofensiva. Algo que ha puesto de manifiesto la ausencia de Ander Herrera. Hoy por hoy, Ademo y Terrer son el estómago del Real Zaragoza. El cerebro está más cerca de Jaume Jardí, aunque el pensamiento venga de la cabeza de Ibai. Los pulmones y el sentido de la oportunidad acompañan a Ureña, Pereira y Sangalli que se sostienen en la musculatura de Rubo y Diego en la defensa. Hace un mes el Zaragoza necesitaba ganar para empezar a creer; ahora empieza a creer antes de ganar.

Las últimas cinco victorias tienen un efecto curioso: dan de comer y, durante un tiempo, abren todavía más el apetito. Lo más importante es que el Zaragoza no solo ha ganado cinco veces; ha aprendido cinco maneras distintas de ganar. Cada triunfo confirma que el esfuerzo merece la pena. Se corre, se gana; se gana, se cree; se cree y se vuelve a correr. Es el círculo virtuoso de la confianza, justo el reverso de aquellas épocas en las que se fallaba, se dudaba y se volvía a errar. El peligro podría llegar si confundimos confianza con saciedad. Porque el futbolista hambriento quiere el siguiente balón; el satisfecho empieza a mirar el marcador. Y seguramente la diferencia entre competir por algo importante y volver a las viejas costumbres esté precisamente ahí: en seguir teniendo apetito cuando ya se ha empezado a comer. La clasificación es un restaurante peligroso porque si miramos demasiado el menú nos olvidamos de seguir cocinando.

Nuestro cerebro no valora tanto dónde estamos como la diferencia respecto a donde creíamos que íbamos a estar. Es lo que llamamos en psicología “punto de referencia”. Después del descenso, el Zaragoza estaba psicológicamente en el sótano; cinco victorias han cambiado el punto de referencia. La desgracia ya no sería estar en Primera Federación, sino dejar de ser líder. Quizá el mayor peligro de estas victorias consecutivas no sea que el Zaragoza se crea demasiado bueno. Es que nosotros volvamos a creernos demasiado pronto que ser felices es lo normal. El mejor síntoma del Zaragoza no es que haya aprendido a ganar. Es que el domingo empezó perdiendo y pareció haber olvidado cómo se perdía. Porque septiembre ha sido septihambre. Y ahora el Zaragoza tiene que demostrar que todavía no ha llegado el postre.

Los próximos encuentros describen la escena temporal de una evolución. Si septiembre ha sido el mes del hambre de los maños, octubre puede ser la recuperación de la confianza. En noviembre, será la hora de comprobar si esa confianza es verdadera o euforia. Con eso, debemos llegar a diciembre para fortalecer la cohesión. Comenzar el nuevo año renovando metas y, a partir de febrero, ir aumentando progresivamente la presión psicológica conforme el ascenso deje de ser una esperanza y se convierta en obligación.

Ahora afrontamos tres salidas consecutivas. Nadalia Chueca nos expulsó de nuestro campo porque daba prioridad a un misterioso espectáculo de drones en plenas fiestas del Pilar. Se pidió la alteración del calendario a la Federación que accedió al cambio. Posteriormente se canceló dicha actuación y han utilizado de excusa una petición de cambio de césped. No cuela. Eso sí, el domingo las alcaldesas de Teruel y Zaragoza se dejaron ver (y entrevistar para su televisión) por el estadio modular. Parece que ahora los dirigentes del PP ya no tienen miedo a los silbidos de los que huyó la temporada pasada cuando el equipo descendió de la mano de sus amigos, Forcén y Azcón, y nadie del gobierno quería aparecer por allí. En fin, que nuestro Real Zaragoza se va ahora tres semanas de viaje porque Harry Potter iba a llenar de drones el estadio modular. Los drones desaparecieron por arte de magia, pero el calendario, que tiene menos poderes que Hogwarts, se quedó como estaba. Si nos tomamos estos viajes como una experiencia gastronómica, podremos disfrutar de un gran país para comérselo y de unos estadios para golear y ganar.

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