El ave fénix atrapada en sus cenizas

La lumbalgia que sufre Ander Herrera y que le aparta del equipo reafirma que el jugador lucha en vano contra las lesiones continuadas que niegan su enésimo renacimiento y su aportación diferencial

El pasado 14 de agosto Ander Herrera cumplió 37 años. Antes había sido reclutado por Lalo Arantegui e Ibai Gómez como estandarte del proyecto en Primera RFEF y futura figura de la institución en puestos de relevancia. ¿Cómo dudar de su calidad en una categoría de tan baja cuna? ¿Cómo dar la espalda a la oportunidad de inocular su personalidad y su experiencia en una plantilla recién construida, en un vestuario donde aportaría liderazgo a manos llenas? Jefe en el campo y en el banquillo casi como segundo o primero del técnico. Lo ideal tiene siempre una cara oculta, y en este caso saltaba a la vista una cuestión que casi todo el mundo obvió por cuestiones que sólo la propiedad y las protagonistas gestionan desde una vinculación que más allá de lo deportivo. El centrocampista ha entrado en la enfermería en la tercera jornada, después de abandonar el partido de Torremolinos por una molestias que hasta hoy se han mantenido como secreto de sumario. Sufre una lumbalgia persistente. Seguirá «tratamientos específicos para controlar su dolor y la evolución que presente marcará su disponibilidad para reincorporarse al grupo», explica el club en una nota.

Herrera se ha perdido el encuentro frente al Cartagena y podría quedarse fuera de los cuatro próximos, ya seguro mañana ante el Ibiza. Su cuerpo ha superado muchos límites en los últimos años. Las lesiones le acompañan desde su etapa en el PSG después de dos exitosas experiencias en el Athletic y el Manchester United. Pasó de nuevo por San Mamés y las dolencias fueron su hogar. Cumplió el sueño de ingresar en Boca Juniors y sufrió siete lesiones diferentes: cuatro desgarros y otras tres roturas musculares menores durante 18 meses. Esta vez la espalda. Seguramente se había valorado esta posibilidad, que el ave fénix volviera a caer sobre sus cenizas; no tanto que no pudiera renacer de ellas. Por el momento es una incógnita el tiempo que permanecerá convaleciente, pero para la ciencia su baja no es ninguna sorpresa. La cuestión es cómo afectará al Real Zaragoza su ausencia después de que en las tres primeros jornadas haya sido titular indiscutible en un lugar cómodo, exento de grandes esfuerzos y condicionando el ritmo de juego a sus limitaciones. El domingo ofreció una respuesta a esa pregunta: el conjunto aragonés, con Rubén Díez a los mandos por detrás de los tres puntas y con Terrer y Ademo en el soporte de contención, realizó los mejores minutos de la temporada. El balón, sin pasar por decreto por los pies de Ander, corrió más vertical, con menos plomo y un mayor nivel de dinamismo colectivo.

La defensa a ultranza de que Herrera está muy por encima de la Primera RFEF se sostiene en argumentos pretéritos, de un caché que no se corresponde con su presente. Que haya donado sus ganancias a la Fundación, que juegue gratis, es un bonito gesto. Esa gratuidad, sin embargo, no es un despilfarro de generosidad, sino un guión perfectamente redactado por una tinta sin duda tan emocional como interesada. No ha sido diferencial en el equipo y posiblemente no lo sea en el año que tiene de contrato. Sobre todo si las lesiones le viene a visitar para quedarse como ha sucedido en el sufrido ocaso de su carrera. La versión de icono que se le ha adjudicado chirría como una puerta de bisagras ficticias. El Real Zaragoza ha jugado hasta ahora con un punto de lumbalgia, atrapado en las cenizas de un ave fénix no obstante con las alas desplegadas para vuelos más altos en su proyecto personal.

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