Ha muerto una estrella

El Real Zaragoza firma en Las Palmas un inmoral descenso a Primera RFEF y una penitencia fuera del fútbol profesional sin razones sólidas para creer que acabará en una temporada

Un escudo, un himno, una bandera, una afición… Este Real Zaragoza que ha confirmado hoy con un empate en Las Palmas su descenso a Primera RFEF comparte esos símbolos con el Real Zaragoza que permanece rebosante de integridad en la memoria y en la historia, pero no es el mismo ni por lo más remoto. Hace dos décadas, antes incluso, comenzó desacoplarse de la modernización de las estructuras deportivas y profesionales que demandaba el fútbol ya no sólo como espectáculo de masas, sino como un proyecto de negocio que exigía profesionales cualificados en todas las áreas. Después de ganar la venerada Recopa de 1995, y pese a conseguir dos Copas más y una Supercopa, se fue apagando poco a poco fruto de una gestión antediluviana que combinó con fatales dosis de intervencionismo oligárquico y político. La Primera División se convirtió en un lugar inhóspito, tanto que después de varios intentos se despeñó hacia una Segunda División que ya había visitado en un par de ocasiones de forma fugaz. Durante 13 años ha ido extinguiendo su brillo hasta producirse la escisión de la luz del pasado y el reinado de las sombras que le han devorado durante este siglo de detestables propiedades. Ha muerto una estrella y no hay razón alguna para creer que la penitencia del impostor que lleva su nombre y pretende reactivar el regenerador de una nueva etapa catártica vaya a acabarse en una sola temporada ajena al profesionalismo. El futuro sigue en las mismas manos empresariales y el movimiento que se está generando en el club para este terrible viaje busca más el ruido que ensordezca las protestas y el desencanto que una auténtica y sincera metamorfosis.

En Paris se vivió una noche mágica, colofón de un equipo de maravillosos hechiceros, dignos de la idiosincrasia e identidad que se había generado con generaciones como la de los Cinco Magníficos, los Zaraguayos y otras camadas de porte elegante, matriz de una forma de entender este deporte desde la valentía, el buen gusto, el divertimento y la bendición de una hinchada que cada fin de semana recibía en su paladar ese elixir. También en Paris se inició un declive imperceptible por los efluvios de esa bellísima conquista coronada con el gol de Nayim. Quizás esa misma noche en el hotel Concorde Lafayette, donde pernoctaron los héroes sin que nadie hubiese organizado festejo alguno mientras Zaragoza ardía de felicidad y media España gritaba desde los balcones la victoria ante el Arsenal. Hubo un tímido descorche de champán en un frío salón y los futbolistas tuvieron que salir a cenar cada uno por su cuenta, perdidos por las calles de la capital francesa como personajes de Midnight in Paris de Woody Allen. Era un club familiar, casero, descuidado en las formas pero con aroma a puro zaragocismo. La derrota en Canarias ha carecido de todos aquellos defectos y valores. Por su puesto de las raíces del éxito ocasionado por el instinto y la perspicacia, herramientas indispensables en aquella época cuando la tecnología más puntera consistía en la libreta del secretario técnico y la picaresca para adelantarse o acertar en operaciones y fichajes. De aquel fulgor a este eclipse total lleva un grueso manto de lágrimas y de decepciones, de gobiernos y gobernantes codiciosos o desapegados, incultos e insensibles hacia una institución que ha pasado por manos cada vez más sucias. La actual propiedad, un fondo de inversión con garras de buitre y ganadora final de la puja por una nueva Romareda que otros depredadores vieron pasar de largo, ha culminado esa perfecta y se diría que estudiada obra de derribo.

La cronología de este magnicidio podría ocupar por completo la biblioteca de Alejandría. Se pudo ganar la Liga con Txetxu Rojo que estás en los cielos rodeado de centrales y el apañado y sufridor equipo de Luis Costa bailó en La Cartuja al atractivo Celta de Víctor Fernández. Con Víctor Muñoz se coronó Montjuic en el derrocamiento de los Galácticos del Madrid en el título más cotizado de los nueve que figuran en las vitrinas, rematado con la Supercopa arrebatada al Valencia. Entre los fuegos artificiales ya empezaban a sonar las alarmas. La primera la desconectó el áspero Paco Flores devolviendo al Real Zaragoza a la élite que había perdido en El Madrigal. La segunda la neutralizó el naciente nutricionista Marcelino García Toral. Pero la mortífera conexión entre el favorito del socialismo Agapito Iglesias, heredero de las acciones de un Alfonso Soláns júnior que tenía el club por condena y entregó una deuda próxima a los 70 millones de euros, y un Víctor Fernández caprichoso en su regreso al banquillo del conjunto aragonés incendiaron las arcas y el vestuario. Una miserable clasificación para la Copa de la UEFA acabó al año siguiente con el Real Zaragoza reventado, con la plantilla trufada de vedettes enfrentadas y fichajes calamitosos con la firma de Pedro Herrera. Las consecuencias de esa triple alianza de personajes que en los años noventa habían adquirido un gran prestigio popular, entrenador y secretario técnico, se está pagando hoy en día. La sucesión de amagos por la supervivencia en Primera resultó un calvario con juicio incluido por una presunta compra del partido de Levante que evitó el descenso. Los jugadores y directivos implicados fueron finalmente absueltos…

En Getafe, también al límite en la última jornada, se esquivó con Manolo Jiménez la caída a Segunda, lo que no se pudo evitar un curso después, el 1 de junio de 2013 frente al Atlético. La descomposición deportiva y económica era absoluta y un millar de aficionados se congregaron frente al estadio para mostrar su rechazo al máximo accionista y exigir su salida inmediata. El soriano estuvo un curso más, ocho en total, hasta que la familia Alierta, la familia Yarza, Carlos Iribarren y Juan Forcén, la Fundación 2032, se personaron como salvadores con el pelotazo de La Romareda como principal motivación. Vendiendo canteranos para sobrevivir y con Alierta e Iribarren en solitario a la hora de poner capital, el Real Zaragoza disputó tres playoffs de ascenso, frustrados en la final con el Las Palmas y en la primera eliminatoria contra Numancia y Elche. Con el escándalo aún sin aclarar de la Llagostera de por medio. El resto estuvo presidido por las intrigas internas, el desasosiego, promesas incumplidas, luchas angustiosas por la salvación, entrenadores a granel y en su mayor parte futbolistas que no conseguían formar un equipo competitivo, con hechuras suficientes para postularse por la vuelta a Primera. Entonces, en 2022, apareció caminando sobre las aguas del Ebro Jorge Mas, un cubano de fotonovela, multimillonario propietario del Inter de Miami con un suave e hipnotizador acento al que Jorge Azcón y su proyecto de La Romareda no se resistieron. Otra vez la política y otra vez el imbatible Juan Forcén de interlocutor de un fondo de inversión que le eligió de embajador en la capital aragonesa. Se había vendido el alma al diablo como ha demostrado el tiempo.

La maraña accionarial con el Atlético en primera línea garantizaron sinergias para la «joya de la corona», como definió Mas al Real Zaragoza, un ascenso «ayer» y el regreso a Europa. También una Academia (la Ciudad Deportiva) dotada de infraestructuras que serían la envidia de los clubes de formación. En cuatro temporadas han barrido con todo, desvinculándose financiera y emocionalmente del proyecto faraónico que presentaron. Descendido el Deportivo Aragón, herido el juvenil de División de Honor, sin capacidad para evitar la fuga de talentos, acumulando impagos en el nuevo campo y en el Ibercaja Estadio, con las instalaciones de la carretera de Valencia hechas una pocilga, desaparecido Jorge Mas y siempre sobre el alambre de la Primera RFEF, han desfilado de nuevo directores generales y deportivos incapaces; asesores rojiblancos de medio pelo; técnicos sin fuste ni experiencia o pasados de vueltas y jugadores sin calidad física ni técnica. Con todo desmantelado y abandonado a su suerte, con Lalo Arantegui solo ante el peligro pero santificado por una legión de fieles que quieren ver en su figura al arquitecto de la resurrección y el admirable Javier Garcés al frente de la cantera después de la salida de sus ilustrísimas Ramón Lozano, José Luis Arjol y Emilio Larraz, el descenso del primer equipo se ha sumado a la fiesta de los horrores, un descenso categórico, sin excusas, un agujero negro que ha engullido la estrella del Real Zaragoza que deslumbraba para dar a luz este engendro al que la afición se siente emparentada pese a todo por una errónea percepción de la realidad. Este Real Zaragoza no les pertenecerá jamás por mucho cariño que inviertan y menos con la continuidad de Juan Forcén y sus socios y amigos sujetando las riendas o asomando la nariz. Que luzca el mismo escudo, himno y bandera debería ser denunciable. Como que, con su informalidad pagadora y desinterés deportivo, los dueños de la SAD tengan derecho a la explotación de la nueva Romareda durante 75 años con el beneplácito de una clase política esclavizada por sus caprichos mundialistas, pensando que se los iban a patrocinar.

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