Las personas cambian, evolucionan y vuelven a ser las mismas. Se modifican los comportamientos, pero no siempre las consecuencias. La estructura que fusiona personalidad y aprendizaje es más estable que las vivencias, tan diferentes como cada día que vivimos y cada día que lo hacemos con quienes ya no nos acompañan. Eso es la vida. Los grupos también son organismos vivientes. En ocasiones son tan unicelulares como muchos sujetos y las masas amorfas que censuran la identidad individual. Otras veces la inteligencia colectiva multiplica la suma de la que posee cada uno de sus participantes. El éxito de los equipos se basa en el equilibrio entre lo que aportan sus componentes y lo que necesita el colectivo. Y viceversa. Entre las dificultades del grupo y los esfuerzos particulares de sus miembros. Esa es la re-evolución de octubre que se ha ido consolidando en la mentalidad de un Real Zaragoza que funciona como un conjunto cada vez más junto y menos disjunto, con una creciente intersección entre todos sus componentes.
La Revolución de Octubre cambió un régimen. La evolución de octubre del Real Zaragoza pretende algo bastante más modesto, aunque para nosotros casi igual de trascendental: cambiar de categoría. En el mes que ahora dejamos atrás, nuestro equipo no ha protagonizado ninguna revolución, pero empieza a ofrecer algo quizá más importante: señales de evolución. Y para un Zaragoza que lleva tantos años retrocediendo, evolucionar ya empieza a parecer revolucionario. Primero apareció la necesidad de ganar; después, la capacidad de hacerlo de diferentes maneras. Faltaba por saber el desenlace de un inicio prometedor. La respuesta comenzó frente al Teruel. Nos marcaron primero y acabamos ganando 4-1. Fue una remontada de las que alimentan algo más importante que la clasificación: la percepción de eficacia.
En psicología llamamos autoeficacia a la creencia de que uno dispone de recursos suficientes para afrontar una dificultad. No significa pensar que eres mejor que los demás. Significa saber que, cuando aparecen los problemas, tienes herramientas para resolverlos. El Zaragoza recibió un golpe y no interpretó que aquello fuera una amenaza. Lo entendió como una tarea pendiente.
Una semana después descubrimos que la confianza puede rozar la locura. El Atlético Madrileño y el Zaragoza jugaron un partido de ocho goles que parecía escrito por alguien que había confundido un encuentro de fútbol con una montaña rusa. Cuando el marcador señalaba 4-2 y el reloj empezaba a pedir la hora, el Zaragoza decidió que todavía quedaba tiempo para discutirle la realidad. Hay empates que saben a derrota y otros que construyen equipos. Aquel 4-4 perteneció a los segundos. No porque recibir cuatro goles sea una virtud —conviene no convertir los defectos en poesía— sino porque remontar dos tantos en el descuento transforma la percepción de lo posible. El cerebro aprende también de las experiencias extremas. La próxima vez que un futbolista mire el marcador en una situación límite recordará, aunque no quiera, que una vez parecía imposible y dejó de serlo.
Después llegó Murcia y ocurrió exactamente lo contrario. Cero goles, cero fuegos artificiales y un punto que quizá explique más sobre este Zaragoza que los ocho tantos de Madrid. Contra un rival incómodo y terminando con diez por la expulsión de Ademo, el equipo supo sobrevivir. Eso también es confianza. La seguridad psicológica no consiste en pensar siempre que vas a ganar. Consiste en no descomponerte cuando no puedes hacerlo.
Madrid había sido resistencia emocional. Murcia fue resistencia competitiva. Y todavía quedaba Barcelona. En Can Dragó apareció la paciencia. Durante muchos minutos el Europa consiguió que el Zaragoza jugara el partido que más convenía a los catalanes. Poco espacio, pocas ocasiones y una defensa acumulada alrededor de su área. Hasta Diego González apareció en un saque de esquina para marcar el gol de la victoria.
Y entre tanta Liga apareció la Copa para comprobar si la evolución pertenecía únicamente a los titulares o empezaba a extenderse por el vestuario. Se confirmó que la re-evolución era maravillosamente contagiosa. También en la grada o gracias a ella. Las revoluciones necesitan masas. Las evoluciones necesitan alternativas. Un equipo que pretende ascender no puede depender únicamente de once futbolistas.
Ahí encontramos probablemente la mejor noticia del mes. En octubre el Zaragoza ha ganado goleando y ha ganado sufriendo. Ha empatado marcando cuatro y ha empatado sin marcar ninguno. Ha remontado, ha resistido, ha esperado, ha atacado y hasta ha cambiado prácticamente de equipo para seguir ganando. Los buenos equipos tienen un plan. Los mejores tienen varios. Y quizá esa sea la verdadera revolución.
Durante demasiados años hemos visto al Zaragoza necesitar que el partido sucediera exactamente como había imaginado para tener posibilidades de ganarlo. Si marcaba primero, respirábamos. Si recibía un gol, aparecían fantasmas. Si el contrario cerraba espacios, llegaba la ansiedad. Si el encuentro se ensuciaba, terminábamos manchándonos nosotros. Ahora empieza a producirse el fenómeno contrario: el partido cambia y el Zaragoza intenta cambiar con él. Eso es flexibilidad psicológica.
Nos echaron de casa unos drones que nunca volaron y tras el cambio de hora los que van despegando son nuestros jugadores. El equipo salió de Zaragoza líder y regresó después de recorrer media España sin perder. Pero cuando pensábamos que terminaba el viaje hemos descubierto que el exilio va a durar más de lo prometido. Natalia Chueca ya ha situado la finalización de la Nueva Romareda en torno a finales de 2027. Eso significa que la temporada 2027-2028 comenzará, previsiblemente, con el Zaragoza todavía jugando en el estadio provisional. Al tiempo. Por cierto ¿qué pasará con aquella promesa de reducir la cuota, al volver a la Romareda, de los abonados que hemos acomodado nuestro trasero a los andamios del modular? Debe de ser una nueva modalidad psicológica de habituación: convertir lo provisional en permanente a fuerza
Y así llegamos al último partido de octubre. Un partido de los que hacen afición y que un extraterrestre no hubiera podido adivinar sobre la categoría en la que se jugaba. El Villarreal B llegaba al modular compartiendo la zona más alta de la clasificación con el Zaragoza. Un filial juega para fabricar futbolistas. El Zaragoza juega para dejar de estar aquí. Y durante ochenta y cinco minutos fueron ellos quienes parecieron tener más claro el examen. El filial amarillo se colocó 0-2 y dejó al Zaragoza frente a una situación que habría servido perfectamente para cerrar este artículo hablando de los límites de la evolución.
Pero entonces ocurrió algo que empieza a dejar de ser casualidad. Un empate épico con más corazón que razón. Pero que no sería posible sin una buena cabeza. Aunque sea la de Diego González asistido por las piernas del futuro blanquiazul con nombre de Vadillo y Tobajas.
Martin Seligman popularizó hace décadas el concepto de indefensión aprendida: cuando una persona experimenta repetidamente que haga lo que haga no puede modificar las consecuencias, puede terminar aprendiendo que intentarlo no sirve de nada. El zaragocismo conoce demasiado bien esa sensación. El problema de perder muchas veces no consiste únicamente en perder. Es aprender a perder. Este Zaragoza empieza a recorrer el camino contrario. Podríamos llamarlo resistencia aprendida.
No como concepto académico equivalente, sino como metáfora de lo que empieza a ocurrir sobre el césped: si varias experiencias consecutivas demuestran que insistir sirve, que un marcador puede levantarse y que un partido puede cambiar incluso cuando parece condenado, el cerebro también aprende. Aprende que merece la pena continuar. La resistencia aprendida no consiste en acostumbrarse a recibir golpes. Consiste en aprender que después de recibirlos todavía puedes hacer algo.
El Zaragoza termina octubre invicto en Liga, ha superado con autoridad su eliminatoria de Copa y, sobre todo, empieza a adquirir una personalidad reconocible. Puede jugar mejor o peor. Dominar o sufrir. Marcar cuatro goles o ninguno. Ponerse por delante o empezar perdiendo. Lo que casi nunca hace es marcharse del partido. Eso también se aprende. Y eso también es evolución. La Revolución de Octubre pretendía cambiarlo todo de golpe. En este club todo avanza mucho más despacio. Después de tantos años retrocediendo, quizá la verdadera revolución de este Zaragoza consista precisamente en eso: haber empezado, por fin, a evolucionar. Ahora queda comprobar si noviembre nos devuelve algo todavía más difícil de aprender: la costumbre de creer. La Nueva Romareda se hace de rogar y se oscurece al pagar. Pero el Zaragoza ya no espera a nadie. Es su re-evolución.

