Lo que sé de la afición del Real Zaragoza

Permítanme que escriba desde dentro, desde el más profundo conocimiento de la afición del Real Zaragoza tras compartir, desde vertientes distintas pero coincidentes con esos seguidores, la vida del club durante más de 30 años. Las palabras de Juan Ignacio Martínez calificando la atmósfera de hostil a raíz de las protestas de La Romareda contra la gestión de la propiedad muestran a un profesional víctima de la alta tensión que está sufriendo y en la que se ha sumergido como responsable del área deportiva. No es la primera vez ni la última que los entrenadores, sin respuestas a sus preguntas por la falta de resultados o recursos propios, apuntan a la grada. Incluso JIM, un técnico de una prudencia extrema que esta vez ha medido muy mal sus declaraciones. Porque los gestos que están protagonizando los legítimos dueños morales de la institución se originan desde el vínculo perpetuo y no pasajero hacia un equipo al que quieren. Han salido en su defensa, nada más y nada menos, y lo han hecho, aun con la dureza que exige el momento, con el respeto que jamás han recibido de los actuales accionistas. Si esa pañolada o ese ambiente afectan a sus futbolistas es que ninguno merece vestir esta camiseta, porque lo primero que deberían hacer es informarse del porqué de esas quejas, y entonces quizás empatizarían con el sentimiento y las razones que les ha conducido a manifestarse antes o en pleno partido. Porque el conocimiento es motivo de estimulación y antídoto contra el encogimiento competitivo. El problema es que el conjunto aragonés, y afecta a la mayoría de los clubes españoles, se ha transformado en una estación de efímeros pasajeros, sin apenas contacto con la piel y el corazón de la masa social.

No voy a recordar los grandes instantes y la respuesta de la hinchada zaragocista en los días previos a la gloria, pues es un camino sencillo de relatar sin palabras. Prefiero recorrer la dirección contraria de esta extraordinaria experiencia profesional para explicar lo que sé de esta afición. Porque en las dificultades y en la capacidad de tolerancia en situaciones como la vigente, a punto de cumplir una innoble década en Segunda, es donde se reconoce con exactitud su grandeza. Desde que nos conocemos, a principios de los 90, se han dado también circunstancias peligrosas y muy dolorosas. Desde el partido de la promoción de 1991 contra el Murcia hasta el trance del primer encuentro de la segunda vuelta en Las Gaunas en 1997. Cómo hervía el estadio para salvar al equipo del descenso con esa última bala, cómo bailaban de alegría los vagones de los trenes a Logroño para iniciar un milagro de la mano de Luis Costa. Los viajes con la esperanza medio rota y la ilusión entera a los infiernos de Villarreal (2002) y Mallorca (2008) para llorar en multitud los descensos. Los más de 12.000 que se desplazaron a Valencia (2011) y Getafe (2012) en las últimas jornadas para hacer del Ciudad de Valencia y el Coliseum Alfonso Pérez una macrofiesta zaragocista y regatear, esta vez sí, el destierro de la élite que se consumó sin retorno un año después.

Hijos de Los Magníficos, de los Zaraguayos, de la Quinta de París y de los héroes de Montjuïc. Testigos directos de partidos memorables y del reconocimiento internacional se han lanzado con las nuevas generaciones por carreteras secundarias y manifestaciones de disconformidad para acompañar y proteger al Real Zaragoza sin la necesidad de que nadie se lo reclame. Sólo escuchando esa voz interior que la SAD ha intentado acallar y amansar sin éxito en estos tiempos de servidumbre en otros frentes. En cada una de esas aventuras sin más trofeo que la satisfacción de la lucha y el apoyo, vi a miles de personas exigentes, como debe ser, nobles y gigantes. Un millón de gracias por haberme permitido describir ese mar enfurecido y hermoso de emociones más allá de la victoria y de la derrota, donde sólo alcanza el brazo acorazado de la fidelidad.

 

Foto: Ángel de Castro (el Periódico de Aragón)

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